Para quienes se adentran en el mundo de la ufología a través de la reciente desclasificación UAP, las declaraciones de Hal Puthoff —existen al menos cuatro especies alienígenas— y de Eric Davis —reptilianos e insectoides integran ese cuarteto— pueden sonar estrafalarias. Sin embargo, de ningún modo justifican la airada reacción en los foros dedicados al tema. Ocurre que una tripulación de grises, mantis, reptilianos y humanoides no es en absoluto una novedad. Aparece como una taxonomía consolidada en la casuística de la década de 1990 e incluso es el resultado de una encuesta realizada en 2018 a través de internet por la organización FREE, fundada por el exastronauta Edgar Mitchell. En consecuencia, para muchos, las declaraciones de Puthoff y Davis suenan como un refrito del folklore ufológico a guisa de revelación. En otras palabras, una tomadura de pelo.
Lejos de ser una invención reciente de la era de las abducciones, cada miembro del cuarteto tiene profundas raíces en mitos antiguos, informes del siglo XIX y una evolución cultural que se acelera en las últimas décadas. Lejos de ser “nuevo”, es sorprendentemente antiguo.
La oleada de dirigibles misteriosos de 1897
Mucho antes de Roswell, Estados Unidos ya vivía su propia fiebre de “naves misteriosas”. Entre 1896 y 1897, miles de testigos reportaron dirigibles con luces, hélices y ocupantes de aspecto claramente humano. Demasiado humano quizás. No eran esbeltos ni advertían sobre los peligros de la energía atómica que aún estaba por partir al mundo en dos y tampoco traían mensajes ecológicos o de hermandad universal.
Los ocupantes bajaban a tierra, pedían herramientas para “reparar el motor”, agua o aceite, y en algunos casos pagaban con monedas (a veces dudosas). Hablaban en inglés, sin necesidad de telepatía ni traductor universal; en algún caso se presentaban como habitantes del planeta Marte y en otros se identificaban como inventores excéntricos. No hay que olvidar que esta oleada coincide con el inicio de la aviación, y la idea de que muchos inventores competían secretamente en el desarrollo de una tecnología avanzada era una teoría popular. El primer contacto masivo con “no humanos” en la era moderna discurría casi alegremente, sin los traumas que sobrevendrían décadas después. De hecho, uno de los pocos casos de abducción reportados —una mujer atada a una silla dentro de la nave y torturada por el piloto mientras otra la aliviaba arrojándole agua— parece un rudimentario boceto cómico de la crueldad que luego se atribuiría a los grises, cuya tecnología, si bien supera a la terrestre en miles de años, prescinde de un insumo tan básico como la anestesia.
La prensa de la época, lejos de tomarlo en serio, lo trató con una mezcla de sensacionalismo y escepticismo: publicaban los testimonios, pero no dudaban en atribuirlos a un estado avanzado de ebriedad.
Esta oleada tuvo un desenlace extraordinario, premonitorio y cinematográfico, como un trailer de lo que vendría exactamente cincuenta años después. El 17 de abril de 1897 en Aurora, Texas, una nave en forma de cigarro —un “Tic Tac”, diríamos hoy— chocó contra el molino del juez Proctor. Los vecinos encontraron los restos carbonizados de un piloto “marciano” de cuerpo pequeño y cabeza grande y le dieron sepultura cristiana en el cementerio local, un hecho que el Dallas Morning News del 19 de abril recogió con una pasmosa naturalidad.
Esta oleada demuestra que los motivos centrales —estrellamientos, recuperación de cuerpos, ocupantes humanoides— ya existían medio siglo antes de Roswell. Se olvidaron y resurgieron; un patrón que se repetirá sistemáticamente.
Los arquetipos que no mueren
Mucho antes de los platillos voladores, estos seres ya habitaban los mitos fundacionales de la humanidad.
La mantis es quizá el caso más fascinante. Para los San de África meridional, Kaggen (la Mantis) es un demiurgo que puede cambiar de forma y adoptar la de cualquier animal, trae el fuego y es sabio y tonto a la vez. En la antigua Grecia era considerado profeta o vidente —como indica la etimología de la palabra mantis—, y capaz de guiar a los viajeros extraviados. Esta representación resuena con los relatos de abducción modernos, donde el alienígena mantis, frecuentemente ataviado con túnicas y collares de piedras preciosas, preside el proceso, inmoviliza al testigo instantáneamente con solo mirarlo e induce visiones.
A diferencia de lo que podría pensarse, en la casuística ufológica la mantis aparece progresivamente, con escasos episodios de avistamientos a partir de la década de 1950. Resulta llamativo constatar que, en los primeros reportes, el alien mantis tenía tan solo 90 centímetros de altura, una escala muy distante de los imponentes tres metros que alcanzará al llegar la década de 1990. El psiquiatra de Harvard John Mack, intrigado por la tipología mantis en los relatos de sus pacientes, llegó a la conclusión de que el arquetipo insectoide era la respuesta de la mente inconsciente a un estímulo de terror profundo y ancestral. El mecanismo biológico que intenta proteger a los humanos del peligro que representan los insectos crea la representación. Sea correcta o no la interpretación de Mack, lo cierto es que muchas culturas antiguas personifican en los insectos a sus demonios: Belcebú (que significa “el señor de las moscas” o “el príncipe de los insectos”) es un claro ejemplo.
Los alienígenas de aspecto humano, a menudo encasillados bajo el sesgo de “nórdicos”, recuerdan de inmediato a los guías celestiales y dioses descendidos de las mitologías clásicas. Aunque en su versión actual este grupo se presenta idealizado y se dice que no participa en los secuestros, Valiant Thor pasa varios años infiltrado en el Pentágono y el comandante Banjú interviene activamente en los conflictos bilaterales entre Perú y Ecuador. Estos humanoides parecen heredar el papel de los antiguos dioses y mensajeros celestiales, que descendían a la Tierra para orientar, castigar o intervenir directamente en los asuntos humanos, como ocurre en el relato bíblico de Sodoma y Gomorra.
Los grises, con su mentalidad de colmena y su papel de guías no solicitados, parecen el espejo invertido de los Hombres Hormiga de la mitología hopi, que, tras catástrofes globales, conducen a la humanidad a refugios subterráneos para protegerla y enseñarle a sobrevivir. En la versión moderna, los grises trasladan a los abducidos a naves o bases subterráneas, advierten sobre una inminente catástrofe y extraen material genético para asegurar su propia supervivencia mediante la hibridación. Los antiguos salvadores ahora regresan para ser salvados.
Los reptilianos tienen claros ecos en las leyendas de dioses serpiente y hombres lagarto, pero como veremos fueron los últimos en integrarse.
La evolución moderna
En 1987, Whitley Strieber publica Comunión, un relato de no ficción sobre sus propias experiencias donde presenta la figura de los 'visitantes' grises (altos y bajos) y de aspecto humano. Esta misma tipología, a la que se suma la mantis gigante en su papel de jerarquía máxima, se consolida en las obras fundamentales de David Jacobs (Vida secreta, 1992) y de John Mack (Abduction, 1994). Una mantis gigante aparece también en Majestic! de Whitley Strieber, una ficción que gira alrededor del estrellamiento de Roswell, publicada en 1992.
Curiosamente, lo que no aparece en estas primeras obras es la figura del reptiliano. Puesto que el libro de David Icke, The Biggest Secret, es de 1999, esta ausencia parece coincidir con la falta de popularidad del tropo reptil en la ufología clínica de la época. Sin embargo, la transición ya germinaba: en La Amenaza (1998), Jacobs apunta que 'aún no hemos delineado el rol de los reptilianos', y en Pasaporte al cosmos (1999), Mack rescata la figura del reptil a través de sus conversaciones con chamanes como Credo Mutwa. Esto demuestra que la tipología reptil comenzó a institucionalizarse en el folklore ufológico a finales de la década de 1990 de forma paralela e incluso anterior a la masificación conspirativa de Icke. Coincidentemente, los reptiloides fueron la categoría menos reportadas en la encuesta de 2018, con un porcentaje del 10 por ciento.
Conclusión: Un espejo que sigue reflejando
Cuando Puthoff y Davis hablan hoy del cuarteto, no están inventando nada. Recogen —o reflejan— un folklore que lleva décadas madurando. Ya se trate de información real filtrada desde despachos oficiales o de una profunda contaminación cultural, el resultado es el mismo: el mito antiguo se viste de alta tecnología y entra de lleno en el discurso oficial.
El cuarteto no es nuevo. Es la versión contemporánea de arquetipos ancestrales que nos acompañan desde hace milenios. Mantis, grises, reptilianos y humanoides nos hablan persistentemente de guía, catástrofe, control y salvación. Estudiarlos no se reduce a la pregunta binaria de si “son reales”, sino a comprender cómo la mente humana procesa lo desconocido en cada era. No estamos viendo una proliferación de especies alienígenas, sino una reducción progresiva de la diversidad del folclore hasta cuatro figuras dominantes.
La pregunta ya no es solo si están aquí, sino qué nos dicen, en el fondo, de nosotros mismos. Y, quizás lo más importante: ¿qué pasó con los que quedaron fuera del cuarteto? Los monstruos peludos tipo Yeti, los alienígenas de un solo ojo, los robóticos, en fin, toda la variedad de seres que los testigos afirman haber visto fuera o dentro de sus naves. También quedaron afuera los seres luminosos, como esferas o figuras translúcidas, que en la encuesta FREE aparecen como la categoría más reportada con un 52% por sobre el 45% de los grises. Es cierto que algunos ufólogos y contactados cuentan a las razas alienígenas por docenas. Sin embargo, la mente humana no puede procesar un zoológico cósmico infinito: necesita recortar, ordenar y domesticar la otra realidad. Este cuarteto bien delimitado parece un número demasiado conveniente; una estructura finita y simétrica que la psique moderna puede —o alguien decidió que puede— tolerar.
