martes, 27 de enero de 2026

Hombres de Negro: la secuela real


En el artículo anterior analizamos la aparente retirada de los Hombres de Negro. En esta ocasión veremos cómo el "software" obsoleto que utilizan permite que a veces sean engañados, cómo los casos son producidos por ellos para sembrar ruido en la estadística y cómo el propósito no es —o no era, en realidad — despistar a los investigadores sino ocultarse de una amenaza mucho más peligrosa que el ser humano.


La saga de Hollywood ha introducido la noción de que los Hombres de Negro son agentes que protegen a la humanidad de una amenaza extraterrestre. Exactamente lo contrario de lo que, durante más de siete décadas, ha documentado la casuística ufológica, donde aparecen para amenazar a testigos que, o bien han visto una luz extraña en el cielo, o investigan un caso relacionado con el fenómeno ovni —hoy UAP—.

Tras el análisis de esta casuística, resulta evidente que, si el propósito era desviar la atención, los HDN a menudo logran el efecto contrario: visibilizan casos en los que el testigo ni siquiera tenía pensado hablar.

Esto admite dos lecturas: o bien son completamente inútiles para el fin que fueron diseñados o, muy por el contrario, “fabrican” deliberadamente los casos con un objetivo que sólo sus creadores conocen.

Agentes especializados… o auténticos idiotas

A continuación, dos casos en los que se los ve actuar como agentes altamente especializados o como auténticos incompetentes.

En Thule, Groenlandia, tras un avistamiento masivo de ovnis en la década de 1960, personal civil reportó la llegada de hombres que no pertenecían ni a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos ni a las autoridades danesas. Aparecían en medio de tormentas de nieve en las que ningún avión o helicóptero podía aterrizar. Vestían ropa de abrigo negra sin etiquetas de marca ni rastros de nieve o hielo, a pesar de caminar por la tundra. Su función era confiscar las cintas de radar que habían registrado velocidades imposibles para los objetos detectados.

Podría decirse que en Groenlandia fueron extremadamente eficientes, sorteando sistemas de máxima seguridad. Pero ¿cómo explicar que se dejaran engañar por un aficionado a la fotografía de Rosario, Argentina?

En 1980, el testigo captó una serie de luces realizando maniobras sobre el Monumento a la Bandera. Presintiendo que “alguien” podría ir a buscarlo —ya conocía los rumores sobre los HDN—, hizo un duplicado rudimentario de los negativos y escondió los originales dentro de una vieja radio a transistores, en el compartimento de las pilas. En el sobre rotulado como “fotos” dejó imágenes de un paisaje familiar.

Cuando dos hombres de traje oscuro se presentaron en su puerta —sin que él hubiera reportado aún el caso—, le exigieron “el material del Monumento”. El testigo, fingiendo un miedo extremo (que en parte era real), les entregó el sobre con las fotos falsas. Los HDN lo tomaron sin siquiera abrirlo y se marcharon.

El límite del programa

La “viveza criolla” no parece suficiente para explicar este episodio. Un caso ocurrido en Lavalleja, Uruguay, puede darnos una pista.

Un peón de campo, hombre de pocas palabras y nulo conocimiento del fenómeno, tuvo un encuentro cercano. Un HDN lo interceptó mientras arreaba ganado, hablándole de manera autoritaria sobre “el peligro de lo que había visto” y la necesidad de “guardar el secreto para evitar problemas legales”. El peón, que no comprendía los términos técnicos ni se sentía intimidado por alguien ajeno al lenguaje del campo, simplemente lo ignoró.

—No sé de qué me habla, señor. Yo tengo que llevar las vacas al corral antes de que llueva.

Según el testigo, el hombre de traje quedó en silencio, sus movimientos se volvieron erráticos y, tras un momento de confusión, dio media vuelta y se fue.

Estos casos en los que los HDN fueron burlados sugieren que actúan en base a un programa obsoleto —como ya analizamos en otro artículo de esta serie—, incapaz de procesar variables inesperadas.

No dejan huellas

Podría decirse que el único talento real de estos sujetos es no dejar huellas de su existencia.

En la Unión Soviética, tras el famoso aterrizaje en un parque de Voronezh (1989), varios niños y testigos adultos recibieron visitas. Los hombres se presentaban con documentos que parecían credenciales oficiales de la KGB, pero contenían errores tipográficos absurdos o sellos de departamentos inexistentes.

Un científico soviético reportó que uno de estos “agentes” intentó confiscar muestras de suelo; cuando el científico solicitó una orden escrita, el individuo simplemente atravesó caminando una estructura metálica cerrada, dejando al testigo en estado de shock.

En Uruguay las huellas también se desvanecen, pero en la credencial. Investigadores como el coronel (R) Ariel Sánchez, ex jefe de CRIDOVNI, han mencionado que, en la casuística de su país, a veces estos seres entregan documentación o tarjetas personales.

Se han reportado casos en los que el HDN entrega una tarjeta o un documento con instrucciones. Cuando el testigo lo guarda y vuelve a mirarlo minutos después, el papel está completamente en blanco o el texto ha desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Incluso la textura del material cambia, asemejándose más a un plástico o a una fibra desconocida.

Los HDN como productores del fenómeno

Como ya hemos señalado, los HDN hacen todo lo contrario a silenciar los casos: más bien los amplifican. ¿Parece esta una idea gratuita? No tanto si recordamos lo ocurrido en Gales en 2002, donde la “base de datos” del Hombre de Negro sufrió un fallo de sincronización monumental, dejando expuesto el mecanismo.

Un investigador de la zona del llamado Triángulo de Broad Haven reportó que un HDN le exigió documentos de un caso que aún no había ocurrido. Esto refuerza la sospecha de que los episodios en los que intervienen los HDN están previamente programados.

Si los HDN producían los casos, es muy probable que la intención fuera contaminar la estadística: sembrar señuelos que luego los investigadores seguirían, conduciendo inevitablemente a un punto muerto.

Sin embargo, creer que estas pistas falsas estaban destinadas a despistar a los investigadores humanos sería caer, una vez más, en la emboscada antropocéntrica. Resulta mucho más probable que su objetivo fuese engañar a un enemigo tecnológicamente superior al terrícola. Operadores capaces de crear artilugios como automóviles imposibles o robots biológicos que atraviesan paredes difícilmente considerarían a nuestra civilización como una amenaza real.

Y si la casuística está contaminada de este modo, surge una pregunta incómoda: ¿son las llamadas “zonas calientes” del fenómeno —muchas de ellas convertidas hoy en destinos turísticos— una trampa adicional?

Si el fenómeno ovni sigue siendo un enigma después de ochenta años, no es por falta de datos, sino porque alguien —o algo— se ocupó de que esos datos fueran inservibles.

En esa tarea, los Hombres de Negro no son los villanos principales. Son apenas los operarios visibles de una maquinaria más antigua… y posiblemente abandonada.

Los HDN repiten una coreografía de intimidación porque es lo único que saben hacer. Somos testigos de una maquinaria de censura que continúa funcionando por inercia en un mundo que ya aprendió a reírse de sus trajes negros. La pregunta ya no es quiénes son ellos, sino quién se olvidó de apagarlos.

Como veremos en el próximo artículo, desempolvar viejos libros en los que a los UAP aún se los llamaba —aunque con cierta sorna— platos voladores nos proporcionará datos valiosos para intentar comprender qué significa el proceso de degradación de los Hombres de Negro y qué papel juega el ser humano en esta confrontación dramática que se nos quiere vender como “mitología”.

miércoles, 21 de enero de 2026

La retirada de los Hombres de Negro

En un artículo anterior sobre los Hombres de Negro  vimos algunas características sorprendentes de este fenómeno. Aquí veremos cómo lidiaron las autoridades con un "mito" y cómo esa solución derivó en lo que hoy se llama "desclasificación".


La retirada

2012 no fue un año más para los Hombres de Negro. Mientras Hollywood proponía por tercera vez su propia versión de la historia, los auténticos HDN hacían su última aparición pública en un hotel de Canadá y, al mismo tiempo, desaparecían para siempre de las estadísticas.

El momento elegido para la retirada no fue casual. Después de sesenta y cinco años de amedrentar testigos y escapar —siempre con éxito— de quienes intentaron echarles el guante, salían de escena con un timing preciso, justo cuando comenzaba el proceso extraoficial de “desclasificación” ovni en Rusia.

En diciembre de 2012, cinco años antes de la publicación del artículo del New York Times que inició la desclasificación en Occidente, el primer ministro ruso Dimitry Medvedev soltó una declaración explosiva cuando el micrófono quedó abierto tras una entrevista.

Dijo que al presidente se le entregaba, junto con los códigos nucleares, una carpeta con información acerca de los “alienígenas que visitaron nuestro planeta”. Y agregó, sin ruborizarse: “Información más detallada sobre este tema se puede obtener a partir de una película muy conocida llamada Hombres de Negro… No voy a decir cuántos de ellos están entre nosotros, ya que puede causar pánico”.

Sea cual fuere la razón detrás de esta aparente filtración, empezó a flotar la idea de que la era del silencio había terminado. Y como los Hombres de Negro no volvieron a aparecer después de 2012, para algunos esto significó el fin del misterio: habían sido agentes humanos encubiertos y ya no hacían falta. Para los ufólogos de la vieja escuela, en cambio, se extinguía un enigma antes de que pudiera resolverse. En cualquier caso, fue una salida limpia, airosa, como si nunca hubieran existido.

Una década después, ya nadie preguntaría por ellos, ni siquiera en las audiencias. Una verdadera lástima, porque si un informante llega tan lejos como afirmar que su gobierno posee naves y restos biológicos no humanos, tal vez también sepa por qué nunca pudieron atrapar a un Hombre de Negro, desarmarlo y practicarle ingeniería inversa.

Antes de que el cine abordara el tema, a principios de los noventa, se suponía que los HDN aparecían para silenciar a testigos que habían visto algo que no debían ver —un ovni, por ejemplo— o que estaban en posesión de algo que no deberían tener —restos de un estrellamiento—. Pero si retrocedemos un poco más en el tiempo, entre los años cincuenta y setenta, los Hombres de Negro parecían manifestarse cuando alguien se acercaba peligrosamente a la verdad.

¿Estaba demasiado cerca de la verdad el investigador brasileño Alberto do Carmo cuando en 1976 fue visitado por dos extraños sujetos, aparentemente interesados en sus estudios sobre los efectos electromagnéticos provocados por los ovnis? Los hombres, que parecían gemelos de piel cadavérica, se movían de un modo rígido y mecánico, con un leve retraso sincrónico: si uno cruzaba una pierna o se rascaba la barbilla, el otro hacía lo mismo segundos después. Mientras el investigador se preguntaba si no estaría frente a dos buenos actores, sus dudas se disiparon cuando uno de los HDN respondió en voz alta una pregunta que él había formulado solo en su mente. Le aconsejaron abandonar su investigación porque “podía perjudicar su salud” y se marcharon en un gran auto negro, tipo sedán, que flotaba unos centímetros sobre los adoquines y desapareció al doblar por una calle sin salida.

Esa extraña costumbre de desaparecer al doblar la esquina —con o sin vehículo—, sumada a la de presentarse para intimidar a testigos que aún no habían hecho pública su experiencia —como cuando interceptaron a un ufólogo del grupo Galenot de Bahía Blanca, recitándole las notas de la libreta que guardaba en su maletín cerrado—, o al hábito de caminar por el barro sin ensuciarse los zapatos —como ocurrió en Victoria, Entre Ríos—, o a la demencial irresponsabilidad de no usar lentes en la base Novolazarevskaya de la Antártida sin quedar ciegos, o a la curiosa capacidad de no sudar bajo el clima africano mientras sus trajes repelían el polvo rojo levantado por el viento tras el avistamiento masivo de la escuela Ariel, todas estas rarezas parecían dividir a los HDN en dos grandes categorías: los humanos y los que de ningún modo podían serlo. Esta última categoría es la que nos interesa y de la que nos vamos a ocupar.

Un programa abandonado

A comienzos de la década de 1990, algunos investigadores —que no creían que el fenómeno fuera solo un mito, pero tampoco aceptaban que pudiera explicarse únicamente por la acción de agentes humanos— comenzaron a identificar un patrón inquietante. En 1992, el número 39 de The Unexplained publicó el artículo “Agents of Dark”, donde se señalaba un rasgo común a la mayoría de los casos:


"Pero hay una característica común a prácticamente todos los informes de los Hombres de Negro, y que quizás contenga la clave del problema. Se trata de la posesión, por parte de los Hombres de Negro, de información que no deberían haber podido obtener: información restringida, no divulgada a la prensa, conocida quizás por algunos investigadores y funcionarios, pero no por el público, y a veces ni siquiera por ellos. Quien sí posee ese conocimiento es siempre la persona visitada. En otras palabras, los Hombres de Negro y sus víctimas comparten un conocimiento que quizás nadie más posee. [...] Se deduce que existe algún tipo de vínculo paranormal entre los Hombres de Negro y las personas que visitan”.

La observación encajaba perfectamente con la casuística si entendemos por “vínculo paranormal” la capacidad del Hombre de Negro de acceder a la mente del testigo. Sin embargo, su naturaleza no podía ser exclusivamente paranormal. Los HDN interactuaban —a menudo de manera torpe, pero innegable— con el mundo físico. Algo no cerraba.

Había, además, un rasgo que casi nadie parecía dispuesto a mirar de frente. Los Hombres de Negro se comportaban como un sistema congelado en el tiempo. Mientras el mundo cambiaba —la moda, el arte, la tecnología, incluso la forma de reportar avistamientos—, ellos permanecían idénticos: el mismo vestuario, los mismos modales forzados, las mismas técnicas rudimentarias de intimidación. No aprendían. No se adaptaban.

Los HDN actuaban como un programa obsoleto. Como si quienes lo habían diseñado y mantenido se hubieran visto obligados a abandonarlo de manera abrupta. Ya fuera porque los operadores se retiraron precipitadamente o porque fueron eliminados, estaba claro que algo había salido mal. Y esos HDN, a la deriva, ejecutando líneas de un código antiguo y desactualizado, eran la prueba más visible del fracaso de sus autores.

Un callejón sin salida

En la ufología moderna, la idea de que los grises sean robots biológicos no es nueva y está bastante difundida. Sin embargo, rara vez se aplica ese razonamiento a los Hombres de Negro, quizá porque los grises no se presentan ante los testigos con una apariencia humana. Pero trasladar esa hipótesis a los HDN conduce a un problema singular. La dificultad no reside en aceptar que sean entidades biológicas artificiales, sino en asumir que hacen cosas imposibles de replicar, comprender y, sobre todo, tolerar.

La noción de una máquina biológica dotada de telepatía resulta incómoda pero asumible. Mucho menos tolerable es aceptar que estas entidades puedan desaparecer al doblar una esquina, atravesar el espacio sin dejar rastro o simplemente esfumarse. En 1998, sin embargo, un ufólogo argentino —de identidad reservada, posiblemente vinculado a la FAO de Bahía Blanca— se topó con ese límite cuando decidió, casi sin darse cuenta, perseguir al perseguidor.

Estaba investigando un caso de huellas de aterrizaje en la zona de Ezeiza cuando advirtió que un vehículo oscuro, similar a un Ford Falcon impecable y sin insignias, lo seguía desde hacía tres días. El color negro era tan profundo que parecía absorber la luz.

En lugar de dirigirse a su casa, decidió conducir hacia la Avenida General Paz, buscando un entorno con tránsito denso donde el auto no pudiera desaparecer con facilidad. Aceleró bruscamente y comenzó a zigzaguear entre el tráfico pesado de la tarde. El vehículo negro lo seguía con una precisión matemática; no parecía haber un conductor humano al volante, sino que el auto se desplazaba como si estuviera atado al parachoques del investigador por un hilo invisible.

El testigo relató que, pese a la velocidad —cerca de 110 km/h— y a las irregularidades del asfalto, el auto negro no rebotaba ni se inclinaba en las curvas. Parecía deslizarse sobre una superficie perfectamente lisa.

En un embotellamiento cercano a la salida de la avenida Constituyentes, el investigador logró quedar a la par del vehículo. Bajó la ventanilla e intentó mirar hacia el interior. Los vidrios eran tan oscuros que no reflejaban nada, ni siquiera la luz del sol de frente.

Finalmente, el auto negro tomó una salida lateral hacia una calle colectora que terminaba en un callejón sin salida, flanqueado por los altos muros de una fábrica. El investigador lo siguió y bloqueó la única vía de escape con su propio vehículo, convencido de haber acorralado a su perseguidor.

Al bajar del auto, el callejón estaba vacío. No había puertas laterales, garajes ni espacio físico para que un vehículo de ese tamaño pudiera girar. El auto negro simplemente se había desvanecido en los pocos segundos que el investigador tardó en frenar y descender.

La solución 

Este episodio sugiere algo inquietante: aquello que un investigador civil pudo comprobar de manera fortuita seguramente había sido constatado, desde mucho tiempo atrás, por cualquier servicio de inteligencia interesado en seguirle la pista a los HDN.

Y también permite esbozar la actitud de los gobiernos frente a este problema. Si los Hombres de Negro eran una tecnología imposible de replicar, pero funcional, y si esa tecnología había sido abandonada, entonces su destino era previsible. Toda máquina depende de una fuente de energía, de mantenimiento y de algún tipo de supervisión. Sin eso, se degrada. Se vuelve errática. Finalmente, se apaga.

La decisión fue pragmática: no podían hacer nada, salvo esperar. Y mientras el público creyera que todo se trataba de un mito, mejor. El cine, como de costumbre, sería de gran ayuda.

Así, 2012 no marca solo una retirada, sino un colapso. Y es precisamente a partir de ese momento cuando los discursos oficiales, aún en voz baja, empiezan a cambiar. Cuando los políticos comienzan a decir cosas que antes eran impensables. No porque el misterio se haya resuelto, sino porque uno de los mecanismos de control más eficaces —que ni siquiera era nuestro— había dejado de funcionar. 

Sin embargo, los sistemas abandonados rara vez desaparecen de inmediato. A veces continúan funcionando durante un tiempo, de manera fragmentaria, ejecutando rutinas residuales. No como antes. No del todo. Pero lo suficiente como para recordar que algo, en algún punto, no terminó de apagarse.

Es cuando comieron la "secuela" real.


lunes, 5 de enero de 2026

Hombres de Negro: el borde de la realidad


En Realidades descartables, analizamos cómo los saltos temporales ocurren en escenarios no controlados. Los Hombres de Negro parecen operar en el borde de la realidad, custodiando un territorio infranqueable.


Desaparecen al doblar la esqouina. Visten de negro impecable pero a veces rompen la regla que los nombra. Si uno te pide la moneda que está en tu bolsillo, y se la das, esta puede derretirse en su mano. De la misma forma —te advierte— se derretirá tu corazón de insistir en investigar cosas prohibidas. Este blog es un claro ejemplo de lo que deberías evitar, ya que podrías estar haciendo algo útil. Eso lo digo yo, no ellos. Saben más de lo debido y nunca explican de dónde vienen ni hacia dónde van, mucho menos qué quieren, salvo el silencio del testigo.
Al menos, eso es lo que cuentan quienes tuvieron el dudoso privilegio de ser visitados, hostigados e inciluso silenciados por ellos.

La primera visita

A esta altura todos sabemos que los Hombres de Negro son un terreno minado. Casos repetidos, anécdotas recicladas, sospecha permanente de exageración o fraude. Y, sin embargo, algo persiste. Algo que no termina de encajar ni siquiera cuando se lo intenta reducir a folclore.
Se ha procurado rastrear su origen en la mitología, del mismo modo que Jacques Vallée relaciona el fenómeno ovni con hadas y elfos, o Jung con arquetipos ancestrales. Puede haber algún fundamento en ello, aunque dudo que les importe. Lo cierto es que aparecen, en la crónica del siglo XX, casi al mismo tiempo y ante el mismo testigo que inaugura la era moderna de la ufología.

Tres días antes de que Kenneth Arnold avistara nueve objetos voladores no identificados sobre el monte Rainier, el 24 de junio de 1947, los Hombres de Negro se presentaron ante Harold Dahl, testigo de otro episodio anómalo, en la isla de Mauri. Arnold fue convocado por Ray Palmer —editor de Fate Magazine y figura clave del primer circuito ufológico— para entrevistar a Dahl, quien confirmó la visita de un hombre vestido de negro que le exigió silencio.
El caso suele considerarse una falsificación. Sin embargo, los dos oficiales contratados por Arnold para investigar el episodio murieron al estrellarse el avión en el que supuestamente transportaban fragmentos expulsados por el objeto. Desde el inicio, el “mito” queda asociado no sólo al encubrimiento, sino a un costo difícil de explicar.

HDNs versión 1.0

Durante décadas, una descripción se repite con obstinación. Aunque no se les puede adjudicar un grupo étnico determinado, se dice que tienen rasgos orientales, piel aceitunada, extrañamente pálida o bronceada en exceso; carecen de vello facial y cejas, el cabello escaso o una peluca mal disimulada. Son de baja estatura y sus movimientos son rígidos, casi robóticos, al igual que su manera de hablar. Jamás pestañean.
No saben utilizar cubiertos, aunque insisten en sentarse en restaurantes y pedir comida. No se los ha visto fumar, ni sonreír, ni cantar, pero sí intentar beber mientras el líquido cae a borbotones por la comisura de sus labios.

No parecen extranjeros. Y desde su irrupción pública en la década de 1950, estaba claro para quien quisiera verlo que no eran completamente humanos, sino una mala imitación. Como si hubieran salido de la casa matriz antes de tiempo, en una versión de prueba lanzada al mercado por alguna urgencia inexplicable.
Esta caracterización alcanza su punto más alto hacia fines de los años sesenta, especialmente en los relatos recopilados por John Keel durante el período del Mothman. Luego, algo cambia.
Más de cincuenta años después, nuestra tecnología logró construir androides sofisticados. Son capaces de movimientos precisos, se utilizan en cirugías complejas, hablan con voces indistinguibles de la humana y mantienen conversaciones fluidas mediante inteligencia artificial. Solo hay una cosa que no pueden hacer mejor —ni peor— que aquella burda primera generación de Hombres de Negro: desaparecer sin dejar rastro.

El cambio de máscara

La descripción se modifica cuando, en 1968, Timothy Green Beckley fotografía uno en Nueva York. El HDN es alto, de porte normal. El segundo registro fotográfico lo obtiene Allen Greenfield al año siguiente, durante un encuentro sobre ovnis celebrado en Virginia Occidental.
Al ver que un hombre vestido de negro con gafas oscuras parecía vigilar al grupo cerca de la puerta, Greenfield decidió confrontarlo. Se puso de pie y le exigió explicaciones. El hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse con movimientos rígidos, robóticos. Greenfield lo siguió y, ya lejos de la multitud, lo enfrentó nuevamente.
—¿Quién es usted?
—Soy un Hombre de Negro en etapa de entrenamiento.
Greenfield le respondió que entonces no le importaría ser fotografiado y accionó la cámara. Lo que ocurrió después fue tan insólito que decidió guardar en secreto la imagen durante años. Según le relató a Nick Redfern, el hombre dobló una esquina y, cuando él hizo lo mismo apenas dos segundos después, había desaparecido. No había puertas, pasajes ni salidas posibles.

El caso del hotel

En 2012, un video registra a dos hombres corpulentos, vestidos de negro, ingresando a un hotel con maletines. Nada en ellos es torpe ni caricaturesco, aunque los testigos coinciden en que se movían de forma perfectamente sincronizada, casi mecánica.
Los hombres aparecen después de un supuesto avistaje de un ovni en las inmediaciones del hotel Sheraton del Niágara. Ese mismo año se estrenaba Men in Black 3.
Los testigos los describen con piel extremadamente pálida, sin vello facial y con ojos enormes, azules, hipnóticos. El video se volvió viral y admite explicaciones triviales: una campaña publicitaria, una broma interna, promoción del hotel o simple desinformación dentro del propio ambiente ufológico.

Pero en el improbable caso de que se tratara de auténticos Hombres de Negro, el episodio demuestra algo inquietante. La estrategia de los años cincuenta no sólo persiste, sino que sigue siendo eficaz.
Se tolera que un testigo reporte un avistaje, mejor si se lo llama UAP. Pero es intolerable que un mito antiguo reaparezca como algo potencialmente real. Aun así, existen casos modernos, incluso en Hollywood, donde el mito no pudo ser desacreditado.

In the Zone

El caso de Dan Aykroyd introduce una grieta inesperada. En 2002, mientras producía para el canal Sci-Fi la serie Out There, dedicada a fenómenos paranormales y ovnis, Aykroyd salió a la calle para atender una llamada telefónica. Del otro lado estaba Britney Spears, interesada en participar del programa.
Mientras hablaba, Aykroyd notó un automóvil oscuro estacionado frente a él. Dentro, dos hombres altos, pálidos, vestidos de negro, lo observaban fijamente, sin expresión. La sensación de amenaza fue inmediata.
Al regresar al estudio, minutos después, Out There había sido cancelado de manera abrupta, sin explicación alguna. 
Aykroyd es, además de actor y productor, ufólogo aficionado y testigo de múltiples avistamientos. Aunque la serie ya estaba en marcha, el interés de Britney introducía una variable imposible de controlar. La audiencia sin dudas escalaría a niveles inimaginables. El efecto que Britney hubiera provocado quedó claro cuando ella publicó su autobiografía, que se agotó en un solo día y resultó la más vendida en la historia. Es imposible que alguien no haya visto el potencial de su aparición. Entonces, ¿qué fue lo que realmente ocurrió?

Según el canal, la cancelación respondió a desacuerdos creativos. Aykroyd sostiene que fue inmediata, el mismo día en que planeaba entrevistar a Steve Bassett y James Gilliland. La conexión que hace Aykroyd no es infundada, ya que Bassett es un infatigable activista por la desclasificación ovni y una figura molesta para ciertos círculos de poder. Sin embargo no fue Bassett quien llamó; fue Britney. Y esto refuerza la contradicción porque el canal quería darle a la serie un estilo de entretenimiento y Aykroyd un enfoque documental. No hace falta decir en cuál categoría entra Britney. Y pese a que docenas de episodios fueron grabados, jamás se emitió ninguno, como si pesara sobre la serie una prohibición.

Si faltaba alguna razón para amar a Britney, aquí está. En un terreno donde tantos investigadores fueron desacreditados, Britney produjo algo nuevo. Los Hombres de Negro se vieron obligados a cancelar el programa al no poder cancelar a Britney. Porque el poder de Britney Spears no está en su inmensa popularidad ni en la devoción de sus fans. Está en que el público le cree. En una maniobra extrema, hicieron desaparecer el escenario antes de que se encendieran las luces.

La advertencia artúrica

En The Real Men in Black, Nick Redfern documenta un caso perturbador. Colin Perks, investigador independiente, cree haber localizado la tumba del rey Arturo.
Antes de hacer pública su investigación, recibe en su propio domicilio la visita de una mujer, de belleza extraordinaria, que se presenta como Sara Key. Ella afirma representar a una élite gubernamental y le advierte que está a punto de abrir una puerta hacia otro mundo, del que podrían emerger pesadillas capaces de traer desgracia a las islas británicas y quizá al planeta entero.
Antes de irse, le deja una advertencia: “En esta ocasión vine yo. Pero si usted insiste, vendrá otro. Y créame, usted no quiere encontrarse con él”.
Perks continúa. Tiempo después, es acechado en una autopista por una entidad que identifica como el Mothman. El ser se comunica telepáticamente y le dice: Te dije que iba a venir. Poco después, Perks muere de un ataque al corazón.

Policías en acción…imposible 

En agosto de 1981, la investigadora Jenny Randles documenta el caso de.Jim Wilson, quien observa una luz extraña en el cielo. Días después recibe la visita de dos hombres trajeados que exhiben credenciales del Ministerio de Defensa y le explican que vio un satélite ruso y le conviene olvidar el asunto.
En las noches siguientes, un automóvil negro comienza a vigilar su casa. La policía interviene. La patente resulta falsa. Dos agentes se acercan al vehículo y, cuando están a punto de golpear la ventanilla, el auto desaparece. No acelera. No huye. Simplemente deja de estar.
No se redacta ningún informe, como era de esperar. Los autos no se evaporan en el aire. Los Hombres de Negro no existen. No tiene sentido escribir lo que nadie va a creer. Y esto tendría que terminar acá.

El territorio liminar

El patrón es claro.
Los Hombres de Negro no parecen habitar nuestra realidad, sino su borde. Un territorio liminar donde los autos pueden desaparecer, los visitantes desvanecerse y los proyectos ser cancelados sin dejar huella.
Los Hombres de Negro no pueden ser perseguidos. Por eso nadie sabe de dónde vienen. El control nunca falla.

Unidades descartables

Torpeza social, comportamiento mecánico, fallas de energía y puestas en escena mal ensayadas son una marca de fábrica de los HDN imposible de ignorar. Parece uno de esos elementos “absurdos” que los ufólogos suelen aceptar con resignación. 
Pero si se invierte la lógica, sin embargo, esta característica aparece como un diseño extremadamente bien planificado: funciona en cualquier época, permite unidades descartables y, sobre todo, logra un objetivo supremo: desacreditar a los testigos.
Un mundo capaz de controlar estrictamente sus límites no necesita agentes perfectos ni mucho menos creíbles. Solo necesita que nadie pueda demostrar nada.
Y en eso, hasta ahora, los Hombres de Negro han sido extraordinariamente eficientes.

Y si bien todos esperábamos lo peor de los Hombres de Negro, lo cierto es que nadie esperaba su retirada









domingo, 4 de enero de 2026

Revisitado: El caso de la escuela Ariel

El episodio de Ruwa


El caso de la escuela Ariel, ocurrido en septiembre de 1994 en Ruwa, Zimbabue, es uno de los más singulares y mejor documentados dentro de la casuística ufológica contemporánea. No por la espectacularidad del relato, sino por la coherencia interna de los testimonios, la edad de los testigos y la rápida intervención de observadores externos con credenciales académicas.

Durante el recreo de la mañana, más de sesenta niños afirmaron haber visto descender uno o más objetos metálicos cerca del predio escolar. De ellos, habrían descendido figuras pequeñas, de aspecto no humano, que se desplazaban con movimientos torpes pero deliberados. Varios niños coincidieron en un elemento central: una experiencia de comunicación no verbal, una suerte de transmisión directa de ideas o imágenes, asociadas a una advertencia sobre el uso irresponsable de la tecnología y el daño al planeta.

Lo notable del episodio no es solo la convergencia del relato entre decenas de menores que no estaban juntos en el momento inicial, sino la persistencia del recuerdo. Años después, ya adultos, muchos de ellos mantuvieron la misma versión esencial, incluso cuando el costo social de sostenerla era mayor que el beneficio. Este punto fue subrayado por periodistas de la BBC y por investigadores independientes que regresaron al caso con el paso del tiempo.

John Mack y la validación incómoda


Entre quienes tomaron el episodio con seriedad destacó el psiquiatra John E. Mack, profesor de la Universidad de Harvard y ganador del Premio Pulitzer. Mack entrevistó a los niños poco después del evento, evitando preguntas sugestivas y priorizando la reconstrucción espontánea de los recuerdos. Su conclusión fue prudente pero incómoda para el paradigma dominante: algo había ocurrido, y reducirlo a una fantasía compartida no hacía justicia a la evidencia psicológica.

Mack no afirmaba saber qué eran las entidades descritas, pero sostenía que la experiencia subjetiva era real y transformadora. Esta postura le valió un proceso interno en Harvard, que finalmente lo absolvió, pero dejó en claro que el fenómeno tocaba fibras sensibles del establishment académico y de seguridad. 

Mack, las abducciones y el Pentágono

En paralelo, Mack mantuvo diálogos formales e informales con organismos vinculados a la defensa estadounidense, incluido el Pentágono. No se trató solo de intercambios académicos: diversas fuentes señalan que, a mediados de los años noventa, su experiencia clínica con personas que reportaban abducciones fue considerada útil para evaluar un fenómeno que comenzaba a aparecer de manera recurrente en informes de inteligencia. La preocupación no era tanto el origen de las experiencias, sino su impacto psicológico, su consistencia transversal y el hecho de que muchos relatos emergieran en contextos sensibles, incluidos entornos militares. Ese vínculo, real pero poco publicitado, alimentó suspicacias tanto entre escépticos como entre investigadores del fenómeno.

La muerte de John Mack en 2004, atropellado por un conductor ebrio en Londres, fue oficialmente un accidente. Sin embargo, al observar retrospectivamente su trayectoria, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto su trabajo lo había colocado en una zona de fricción real con estructuras de poder? Si su rol hubiera sido simplemente el de un académico excéntrico, difícilmente habría despertado mayor atención. Pero si fue convocado para evaluar abducciones como un fenómeno estratégico —no en términos de visitantes, sino de interferencias no identificadas en la experiencia humana—, entonces su figura adquiere otro peso. 



El tribunal de la santa Inquisición de Harvard 

Cuando John Mack publicó su libro Abduction en 1994, la decanatura de la Facultad de Medicina de Harvard, bajo presión de otros académicos que sentían que el prestigio de la universidad estaba en juego, formó un comité secreto para investigar su trabajo.

No se le acusaba de mala praxis con sus pacientes, sino de haber "validado" sus experiencias como reales, lo cual, según sus críticos, se alejaba del rigor científico esperado de un profesor titular 

El proceso fue denunciado por Mack como "kafkiano". El comité no le informaba claramente de qué se lo acusaba ni quiénes eran sus denunciantes exactos, y se le prohibió inicialmente tener abogados presentes. 
Ralph Blumenthal, periodista del New York Times y biógrafo de Mack en su libro The Believer, documenta que durante la investigación, el comité interrogó a colegas cercanos de Mack.

En una de esas sesiones, se le preguntó directamente a un colega psiquiatra: "¿Cree usted que el Dr. Mack ha perdido el juicio?" La intención era determinar si sus conclusiones sobre el fenómeno "extraterrestre" eran fruto de un deterioro mental o una psicosis propia, más que de una investigación académica. El colega, afortunadamente, defendió la lucidez y el rigor profesional de Mack, aunque no compartiera sus conclusiones.

Tras casi un año de tensión y gracias a que Mack finalmente contrató a un abogado de alto perfil (Eric MacLeish) que amenazó con demandar a Harvard por violar la libertad académica, la universidad emitió un comunicado en 1995. Reafirmaron su estatus como profesor titular y le pidieron que fuera más cuidadoso en cómo presentaba sus investigaciones para no comprometer el nombre de la institución.

La intervención temprana y el patrón de encuadre


Antes de que la prensa internacional llegara a Ruwa, varios maestros y adultos del área reportaron la presencia de hombres en vehículos oscuros, que no pertenecían ni a la policía local ni al ejército de Zimbabue. Su interés no parecía ser investigar, sino encuadrar el relato.

Según estos testimonios, los hombres insistían en una explicación única: los niños habrían sufrido un episodio de histeria colectiva provocado por el calor y el estrés. (Curiosamente, el mismo diagnóstico que los escépticos sostienen hasta hoy). El argumento, más que débil, resultaba discordante con el contexto. Pero lo que más llamó la atención fue el contraste físico. Mientras docentes y vecinos transpiraban bajo el sol africano y el polvo rojo lo cubría todo, estos visitantes parecían ajenos al entorno. Vestían trajes oscuros impecables, que no se ensuciaban ni se arrugaban, y se comportaban con una frialdad que rozaba lo mecánico. 

Este patrón —desacreditar, simplificar, cerrar el caso antes de que madure— coincide con numerosos relatos históricos atribuidos a los llamados Hombres de Negro. No como figuras de ciencia ficción, sino como operadores cuya función principal sería neutralizar narrativas disruptivas, más allá de su origen. Ya hemos analizado a estos siniestros personajes en profundidad.

En el caso Ariel, su supuesta intervención no buscó borrar el evento, sino domesticarlo: convertirlo en una anécdota climática, psicológica y, sobre todo, inofensiva.

La desclasificación y la ambigüedad 


Este recorrido no es exclusivo de John Mack. La historia del fenómeno está jalonada por investigadores que, desde distintos campos, se aproximaron con rigor y terminaron ocupando un lugar ambiguo: tolerados, desacreditados, nunca plenamente refutados ni aceptados. J. Allen Hynek, astrónomo y consultor oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, pasó de ser un escéptico contratado para desmentir avistamientos a reconocer públicamente que algunos casos escapaban a cualquier explicación convencional. Jacques Vallée, con formación científica sólida y vínculos directos con proyectos tecnológicos avanzados, insistió durante décadas en que el fenómeno no encajaba en la hipótesis extraterrestre clásica, pero tampoco podía ser descartado como error humano. Ambos fueron escuchados, utilizados y, llegado cierto punto, cuidadosamente marginados.


El patrón se repite: acceso a información sensible, reconocimiento institucional inicial, y luego un progresivo corrimiento hacia los márgenes del discurso legítimo. No hay necesidad de refutar de manera contundente; basta con dejar la cuestión suspendida. En ese sentido, la experiencia de Mack resulta paradigmática. Su prestigio académico no alcanzó para cerrar el debate a su favor, pero sí para impedir que se lo descartara por completo. El resultado fue una zona gris cuidadosamente administrada.

Y es allí donde el caso de la escuela Ariel adquiere un valor especial. Decenas de testigos, un relato coherente a lo largo del tiempo, la intervención de periodistas serios y la validación metodológica de un psiquiatra de Harvard. En casi cualquier otro ámbito, ese conjunto de factores habría sido suficiente para, al menos, admitir que algo ocurrió. Sin embargo, el fenómeno permanece elusivo. No se lo confirma, pero tampoco se lo clausura.

Más curioso aún es que, pese a esa elusividad estructural, se insista una y otra vez en ponerlo en duda, como si el objetivo no fuera refutarlo, sino erosionarlo lentamente. La ambigüedad parece ser la estrategia central. No negar de forma absoluta, no afirmar jamás de manera definitiva. Mantener el fenómeno en un estado de indefinición permanente.

Este enfoque resulta particularmente visible en los procesos contemporáneos de "desclasificación". Documentos parciales, testimonios fragmentados, reconocimientos cuidadosamente acotados. Se admite que hay algo, pero se evita toda conclusión. Se legitima la pregunta, pero se invalida la respuesta. En ese juego de aperturas controladas y silencios persistentes, el caso Ariel no aparece como una anomalía, sino como una pieza más de un dispositivo mayor: uno que no busca revelar la verdad, sino administrar la incertidumbre.

El caso Ariel tres décadas después 


Tras más de una década de producción, Randall Nickerson estrenó el documental que es la pieza definitiva sobre el caso. 

Nickerson llevó a varios de los testigos (ya adultos de entre treinta y cuarenta años) de vuelta a la escuela. Lo impactante es ver cómo adultos funcionales (abogados, profesionales, madres de familia) se quiebran emocionalmente al volver al lugar. No es un recuerdo intelectual, es un trauma físico persistente.

Emily Trim se ha convertido en una de las voces más fuertes. Ella describe que, al estar frente a los seres, las imágenes que "recibió" no eran solo ecológicas, sino sobre una "fusión tecnológica" que parecía amenazar la esencia humana. Ella canaliza hoy su experiencia a través de la pintura abstracta, intentando plasmar lo que vio.

Gunter Hofer y las fotos "perdidas"

Gunter Hofer, un investigador que estuvo en la escuela días después, utilizó un detector de metales y otros instrumentos en el área donde aterrizó el objeto. Aunque los resultados fueron ambiguos en su momento, recientemente se han digitalizado fotos y bocetos originales de los niños que muestran detalles que Mack no enfatizó tanto: la presencia de "naves nodrizas" más grandes orbitando sobre la pequeña que descendió.

El "Efecto Rubin" 

Algunos escépticos actuales, como Brian Dunning, sostienen la teoría de la histeria colectiva basada en que, días antes, un cohete ruso (el Cosmos 2290) reingresó en la atmósfera sobre Zimbabue, creando un espectáculo de luces.

Este argumento no es nuevo pero el "establishment" lo sigue usando para "domesticar" el caso.

A tres décadas del evento, el caso Ariel ha pasado de ser una anomalía archivada a una pieza central en el rompecabezas de los Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP). El reciente documental Ariel Phenomenon (2022) ha permitido observar la maduración de este trauma: testigos como Emily Trim o Salma Siddick, hoy adultas, no solo mantienen su relato, sino que describen una 'descarga' de información que va más allá de la advertencia ecológica, tocando una inquietante simbiosis entre conciencia y tecnología. Lo que en 1994 se interpretó como un mensaje simple, hoy resuena con los informes de pilotos militares contemporáneos; la física de 'translocación' —ese parpadeo de los objetos que los niños describieron como si se teletransportaran— coincide punto por punto con los registros de radar captados por la Marina estadounidense décadas después. El caso ya no puede encapsularse como un mito local africano; se ha convertido en la prueba de que el fenómeno opera bajo una lógica de 'intrusión controlada', donde el impacto emocional en el testigo es tan deliberado como la tecnología que lo produce.


Fuentes 

Ariel Phenomenon (Sitio Oficial): Es el portal del documental de Randall Nickerson. Contiene fragmentos de entrevistas actuales y material de archivo inédito.

https://arielphenomenon.com/

The John E. Mack Institute: Para aquellos que quieran explorar los archivos originales del psiquiatra de Harvard, sus notas de campo y su metodología.

johnemackinstitute.org

Entrevista en "60 Minutes Australia": Un excelente recurso visual donde se ve a los testigos regresando a la escuela y confrontando su pasado.

Búsqueda en YouTube: "Zimbabwe UFO Child Witnesses 60 Minutes"

Skeptoid (La visión crítica): este artículo de Brian Dunning explora la hipótesis del reingreso del cohete ruso Cosmos 2290.

skeptoid.com/episodes/4760

Wiki del caso de la escuela Ariel 

El caso en 71 imágenes provisto por Reddit



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