Rutas solitarias, persecuciones aéreas y escenas absurdas sugieren que el fenómeno ovni podría responder menos a un intento de contacto que a una rutina de evaluación.
Durante décadas, una parte significativa de los encuentros más desconcertantes del fenómeno no ocurrió en grandes ciudades, bases estratégicas ni centros de poder, sino en escenarios marginales: rutas solitarias, regiones apenas habitadas. Lugares sin público, sin cámaras ni testigos múltiples. Espacios donde, en teoría, no había nada que observar.
Y sin embargo, algo ocurrió allí.
Algo no cierra
A comienzos de la década de 1970, Valeriano Verdugo recoge a un autoestopista en una ruta solitaria de La Pampa argentina. El hombre viste de forma inapropiada, no pestañea, responde lo justo y parece conocer el terreno mejor que los locales. Apenas sube al camión, tres ovnis aparecen y lo siguen durante kilómetros. El extraño adivina pensamientos, datos técnicos, pesos de carga. Pide que lo bajen en medio de la nada. Los ovnis desaparecen.
En 2019, durante los incendios forestales en Bolivia, Paúl Parada, médico y rescatista, atiende a un extranjero en una posta improvisada para emergencias. El hombre lleva un traje extraño, se comunica telepáticamente, pide calma y advierte que no hay que asustarse. Afuera, bajo la luz de la luna, lo esperan dos pequeños seres y una nave silenciosa que, por su aspecto, sugeriría una tecnología capaz de asistir al herido. Sin embargo, la escena exige cuarenta minutos de sutura bajo miedo extremo
.
Hay algo aquí que no cierra, al menos desde una lógica humana elemental.
Si admitimos que los objetos voladores tienen una relación directa con estos extraños, no necesitan un camión para recorrer un tramo de ruta que no lleva a ninguna parte, ni asistencia médica en una posta rural. El encuentro sugiere otra finalidad.
Escenarios de ensayo
Ambos casos presentan algo en común: los extraños parecen estar siendo observados. El testigo no es el centro de la escena ni el objetivo final, pero permite al “alienígena” demostrar capacidades como telepatía, control emocional y precisión. ¿Por qué asustar al testigo exhibiendo estas habilidades? Resulta absurdo, a menos que la exhibición no esté dirigida a él.
En este marco, lo que solemos llamar “encuentro” empieza a parecer otra cosa: una secuencia de tareas ejecutadas bajo observación. El escenario es el adecuado para poner a prueba control mental, adaptación social, manejo del estrés y precisión operativa. No del testigo, sino del intruso.
Visto así, muchos capítulos clásicos del fenómeno pueden leerse bajo otra luz.
El fenómeno como ejercicio
Las persecuciones aéreas, por ejemplo, rara vez se comportan como intentos de contacto o confrontación. Los objetos no atacan, no huyen del todo, no se dejan interceptar. Ejecutan maniobras evasivas, cambios bruscos de velocidad, ascensos imposibles. Obligan al piloto humano a reaccionar. En más de una ocasión, parecen permanecer incólumes ante intentos de ataque de la artillería humana.
El patrón se repite en reportes militares contemporáneos —como el caso del USS Nimitz en 2004— y en episodios históricos como el aterrizaje de Polanco en Argentina. No hay comunicación. No hay advertencia. Solo movimiento, respuesta y corrección.
En la aviación humana, ese comportamiento tiene un nombre: ejercicio táctico.
Se vuela para medir tiempos de reacción, toma de decisiones, tolerancia al estrés y límites operativos. El objetivo no es el avión observado, sino el desempeño del que vuela.
Visto así, estas “persecuciones” se parecen demasiado a maniobras de entrenamiento como para ignorarlo.
Ausencia de impacto verificable
Algo similar ocurre con las interferencias en sistemas nucleares. No advierten ni amenazan: a veces desactivan misiles, otras veces los encienden. Las interpretaciones humanas son múltiples, pero hay un dato indiscutible: la precisión impecable del agente externo.
El otro lado del escenario
Nada apunta a una visita. Ni siquiera a un mensaje intimidatorio: esa es una interpretación humana. Todo sugiere una rutina. Una rutina larga, repetitiva, metódica. El humano la observa desde su propia perspectiva, pero pocas veces —si alguna— desde la óptica del visitante.
Quizás por eso el fenómeno está siempre cerca y nunca se define. ¿Parece absurdo? Solo para nosotros que, muy probablemente, no somos los únicos que miramos
No se puede afirmar que esta lógica explique todo el fenómeno.
Pero permite mirarlo desde un ángulo que corre el antropocentrismo y muestra a nuestro mundo como un campo de entrenamiento y de prueba.
Cambiar el punto de vista no resuelve el enigma, pero amplía el espectro de lo que creemos estar observando.
Fuentes