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Apogeo y ocaso del Yeti argentino

Crónica de una criatura que no debía existir

Durante décadas, el Yeti fue presentado como una rareza confinada a los valles del Himalaya y al folclore de las grandes expediciones del siglo XX. Descrito como un bípedo de gran tamaño, silencioso, inteligente y extraordinariamente esquivo, dejaba tras de sí huellas desproporcionadas, campamentos alterados sin violencia directa y, como una firma, la imposibilidad de obtener una prueba definitiva.

A medida que avanzaba el siglo, estas fugaces apariciones comenzaron a mezclarse con reportes de objetos aéreos no identificados. Este maridaje entre el Yeti y los ovnis, contrariamente a lo que se podría suponer, no nació de la afiebrada imaginación de John Keel en los setenta. Surgió en la década de los cincuenta a través de la observación directa de múltiples testigos.

A miles de kilómetros del Himalaya, en las alturas y nevados del noroeste argentino, la escena parecía repetirse apenas coloreada por la mitología local. En una sucesión de hechos poco conocidos, que por un tiempo inquietaron por igual a expedicionarios, cazadores y autoridades, el abominable fenómeno se dejó ver e incluso fotografiar, ante la imperturbable indiferencia de los escasos pobladores. Para ellos la anomalía era algo curiosamente familiar.

Algo se estrella contra el Macón

A fines de 1955, en la zona de Tolar Grande —donde en 2009 un equipo del CONICET descubrió microorganismos raros, los estromatolitos, que hace millones de años intervinieron en la formación del oxígeno— un estruendo violento sacudió la región. Los pobladores lo atribuyeron al impacto de una nave contra el cerro Macón. No era una ocurrencia aislada: desde hacía tiempo denunciaban el sobrevuelo de objetos extraños. Poco después, fueron hallados restos metálicos en las laderas del cerro.

El 13 de abril de 1956, los avistamientos se repitieron sobre el Salar de Arizaro en distintos horarios del día. En medio del salar, el Cono de Arita —una formación volcánica incompleta, cuya simetría casi perfecta inspiró no pocas leyendas— ha servido muchas veces como explicación tranquilizadora para quienes prefieren hablar de sugestión o espejismos.

Esta vez, sin embargo, hubo testigos calificados, entre ellos personal de Vialidad Nacional y efectivos de Gendarmería, que emitieron un comunicado oficial describiendo aeronaves de dimensiones colosales, sin alas ni superficies de control, capaces de realizar maniobras incompatibles con la tecnología conocida. Eran otros tiempos y aún la perversión lingüística no había degenerado en términos como “uap” o “fani”. El temor al ridículo aún no imperaba sobre la objetividad. Pero tras bambalinas alguien ya sabía qué recortar. Se tomaron fotografías, aunque sólo una, borrosa, llegó a difundirse.

Meses más tarde, una expedición científica encabezada por el Dr. José Cerato halló, en la cima del Macón, marcas compatibles con el aterrizaje de máquinas muy pesadas, de base plana. No eran huellas biológicas sino rastros mecánicos. Pero la historia no terminó ahí.

Huellas en la altura 

En julio de 1956, el geólogo polaco Claudio Level Spitch, autoridad reconocida en el estudio de minerales radioactivos, descubrió en la cumbre del nevado Macón, a más de 5.700 metros de altura, huellas de un ser bípedo de aproximadamente cuarenta centímetros de longitud. El hallazgo se produjo durante una misión científica oficial.

Spitch destacó públicamente la similitud de esas marcas con las atribuidas al Yeti tibetano y descartó por completo cualquier origen humano. Lo notable es que estas huellas aparecieron en el mismo escenario donde, antes y después, se denunciaron aterrizajes, despegues y maniobras aéreas imposibles. Para los testigos, no había contradicción. La extraña criatura y las naves coexistían.


Un habitante que tenía nombre

En esos mismos meses, arrieros y mineros comenzaron a relatar encuentros directos con un ser cubierto de espeso pelambre, de silueta humana y comportamiento agresivo sólo al verse descubierto. Ernesto Sanitolay afirmó haberle disparado en una quebrada, provocando su huida. Benigno Hoyo, sorprendido por una tormenta de nieve, aseguró haber enfrentado en una caverna a una criatura de gran tamaño, comparable con un oso.

Los pobladores locales no parecían sorprendidos. Tenían un nombre para la criatura: Ukamar Zupai o Ucumar.

Mientras tanto, continuaban los reportes de ovnis. Se informaba de aterrizajes, despegues verticales, vuelos en espiral, formaciones múltiples. En al menos un caso, una testigo describió la apertura de una compuerta y la emisión de un potente haz de luz, mientras sobre la superficie del objeto se desplazaban manchas oscuras. Tras los avistajes aparecieron animales muertos, nidos saqueados y, durante una expedición universitaria, los restos parcialmente devorados de una cabra de morfología anómala.

Los registros muestran algo difícil de ignorar: donde se denunciaban maniobras aéreas imposibles, también aparecían huellas gigantescas y encuentros con la criatura. En los primeros informes, ambos fenómenos convivían sin fundirse ni perder autonomía.

Figuras de umbral

Para los pueblos andinos, el Ucumar y Coquena no son animales desconocidos ni monstruos exóticos. Son figuras de umbral. El Ucumar es un guardián de zonas vedadas, asociado a quebradas y alturas extremas. Coquena es el cuidador de los animales silvestres, regulador del equilibrio que aparece cuando algo se altera.

Ucumar (siendo Uco el macho y Uca la hembra) coincide notablemente con la descripción del Yeti asiático: es un bípedo peludo, de cabeza puntiaguda, cuyo desplazamiento es humano al caminar y animal al correr, emite chillidos agudos y lamentos casi humanos al ser descubierto. Según la leyenda, los ucos solían secuestrar mujeres y las ucas hombres, llevándolos a sus cuevas y, tras una severa golpiza, eran “invitados” a perpetuar la especie.

Tanto Ucumar como Coquena comparten un rasgo decisivo: no habitan el mundo humano de manera estable, pero pueden irrumpir en él. Para la mentalidad andina originaria es inconcebible capturarlos o perseguirlos. Se acepta que está en su naturaleza aparecer y desaparecer.

Desde esta perspectiva, los episodios registrados en Salta durante los años cincuenta no introducen una anomalía nueva: actualizan una figura preexistente.

La desaparición de las huellas 

Hacia fines de la década del cincuenta, los reportes de objetos aéreos no identificados no sólo continuaron; se multiplicaron y ganaron centralidad. Los encuentros con el Ucumar, en cambio, comenzaron a espaciarse, luego a fragmentarse y finalmente a desaparecer de la casuística.

No hubo desmentidas oficiales ni explicaciones alternativas convincentes. Simplemente dejaron de informarse nuevos casos. Las huellas gigantescas pasaron a interpretarse como efectos secundarios de aterrizajes; los aullidos se convirtieron en zumbido. Los pocos episodios posteriores —Chaco en 1964, Formosa en 1972— aparecen ya subordinados al relato ovni: el ser es visto cerca de un avistamiento, nunca fuera o lejos de él.

Algunos investigadores contemporáneos al fenómeno tardío pensaban que la criatura era transportada por los ovnis y dejada caer, aunque no explicaban el comportamiento errático ni la búsqueda de alimento en un entorno hostil. Sin embargo, la coincidencia sistemática entre actividad aérea anómala y el Ucumar no se puede ignorar.

Aquí las explicaciones lógicas fracasan, a menos que admitamos que la aparición de los abominables objetos aéreos sea un indicio de alteridad. La criatura irrumpe en nuestro mundo y abre una puerta. Cuando algo cruza el umbral, puede manifestarse como luz en el cielo, huella en la nieve o presencia en una quebrada.

A partir de los años sesenta, el fenómeno no se extingue; se reorganiza. Los ovnis permanecen. La criatura no. Pero no desaparece del territorio, sino del lenguaje que la nombra. Todo lo inexplicable se concentra en una sola categoría.

Así, el Ucumar no fue refutado ni explicado. Fue desplazado. Reclasificado hasta volverse innombrable. Tal vez por eso.la pregunta final no sea si el Yeti argentino existió, sino si alguna vez dejó de estar ahí.

Sin embargo, si apartamos por un momento la abominable costumbre de ignorar la evidencia más cercana, hay que decir que los encuentros más dramáticos estuvieron acompañados de persecuciones, intentos de captura y disparos certeros. El Ucumar no era una metáfora para quienes lo enfrentaron en una quebrada o en una caverna. Era un cuerpo herido retorciéndose a la distancia. Los espeluznantes lamentos que helaban la sangre de los testigos no eran alucinaciones, sino estertores de dolor. Tal vez hizo lo que cualquier criatura inteligente haría frente a una especie que dispara primero y pregunta después: huyó. Probablemente sigue oculto, a la espera de mejores épocas.



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