miércoles, 21 de enero de 2026

La retirada de los Hombres de Negro

En un artículo anterior sobre los Hombres de Negro  vimos algunas características sorprendentes de este fenómeno. Aquí veremos cómo lidiaron las autoridades con un "mito" y cómo esa solución derivó en lo que hoy se llama "desclasificación".


La retirada

2012 no fue un año más para los Hombres de Negro. Mientras Hollywood proponía por tercera vez su propia versión de la historia, los auténticos HDN hacían su última aparición pública en un hotel de Canadá y, al mismo tiempo, desaparecían para siempre de las estadísticas.

El momento elegido para la retirada no fue casual. Después de sesenta y cinco años de amedrentar testigos y escapar —siempre con éxito— de quienes intentaron echarles el guante, salían de escena con un timing preciso, justo cuando comenzaba el proceso extraoficial de “desclasificación” ovni en Rusia.

En diciembre de 2012, cinco años antes de la publicación del artículo del New York Times que inició la desclasificación en Occidente, el primer ministro ruso Dimitry Medvedev soltó una declaración explosiva cuando el micrófono quedó abierto tras una entrevista.

Dijo que al presidente se le entregaba, junto con los códigos nucleares, una carpeta con información acerca de los “alienígenas que visitaron nuestro planeta”. Y agregó, sin ruborizarse: “Información más detallada sobre este tema se puede obtener a partir de una película muy conocida llamada Hombres de Negro… No voy a decir cuántos de ellos están entre nosotros, ya que puede causar pánico”.

Sea cual fuere la razón detrás de esta aparente filtración, empezó a flotar la idea de que la era del silencio había terminado. Y como los Hombres de Negro no volvieron a aparecer después de 2012, para algunos esto significó el fin del misterio: habían sido agentes humanos encubiertos y ya no hacían falta. Para los ufólogos de la vieja escuela, en cambio, se extinguía un enigma antes de que pudiera resolverse. En cualquier caso, fue una salida limpia, airosa, como si nunca hubieran existido.

Una década después, ya nadie preguntaría por ellos, ni siquiera en las audiencias. Una verdadera lástima, porque si un informante llega tan lejos como afirmar que su gobierno posee naves y restos biológicos no humanos, tal vez también sepa por qué nunca pudieron atrapar a un Hombre de Negro, desarmarlo y practicarle ingeniería inversa.

Antes de que el cine abordara el tema, a principios de los noventa, se suponía que los HDN aparecían para silenciar a testigos que habían visto algo que no debían ver —un ovni, por ejemplo— o que estaban en posesión de algo que no deberían tener —restos de un estrellamiento—. Pero si retrocedemos un poco más en el tiempo, entre los años cincuenta y setenta, los Hombres de Negro parecían manifestarse cuando alguien se acercaba peligrosamente a la verdad.

¿Estaba demasiado cerca de la verdad el investigador brasileño Alberto do Carmo cuando en 1976 fue visitado por dos extraños sujetos, aparentemente interesados en sus estudios sobre los efectos electromagnéticos provocados por los ovnis? Los hombres, que parecían gemelos de piel cadavérica, se movían de un modo rígido y mecánico, con un leve retraso sincrónico: si uno cruzaba una pierna o se rascaba la barbilla, el otro hacía lo mismo segundos después. Mientras el investigador se preguntaba si no estaría frente a dos buenos actores, sus dudas se disiparon cuando uno de los HDN respondió en voz alta una pregunta que él había formulado solo en su mente. Le aconsejaron abandonar su investigación porque “podía perjudicar su salud” y se marcharon en un gran auto negro, tipo sedán, que flotaba unos centímetros sobre los adoquines y desapareció al doblar por una calle sin salida.

Esa extraña costumbre de desaparecer al doblar la esquina —con o sin vehículo—, sumada a la de presentarse para intimidar a testigos que aún no habían hecho pública su experiencia —como cuando interceptaron a un ufólogo del grupo Galenot de Bahía Blanca, recitándole las notas de la libreta que guardaba en su maletín cerrado—, o al hábito de caminar por el barro sin ensuciarse los zapatos —como ocurrió en Victoria, Entre Ríos—, o a la demencial irresponsabilidad de no usar lentes en la base Novolazarevskaya de la Antártida sin quedar ciegos, o a la curiosa capacidad de no sudar bajo el clima africano mientras sus trajes repelían el polvo rojo levantado por el viento tras el avistamiento masivo de la escuela Ariel, todas estas rarezas parecían dividir a los HDN en dos grandes categorías: los humanos y los que de ningún modo podían serlo. Esta última categoría es la que nos interesa y de la que nos vamos a ocupar.

Un programa abandonado

A comienzos de la década de 1990, algunos investigadores —que no creían que el fenómeno fuera solo un mito, pero tampoco aceptaban que pudiera explicarse únicamente por la acción de agentes humanos— comenzaron a identificar un patrón inquietante. En 1992, el número 39 de The Unexplained publicó el artículo “Agents of Dark”, donde se señalaba un rasgo común a la mayoría de los casos:


"Pero hay una característica común a prácticamente todos los informes de los Hombres de Negro, y que quizás contenga la clave del problema. Se trata de la posesión, por parte de los Hombres de Negro, de información que no deberían haber podido obtener: información restringida, no divulgada a la prensa, conocida quizás por algunos investigadores y funcionarios, pero no por el público, y a veces ni siquiera por ellos. Quien sí posee ese conocimiento es siempre la persona visitada. En otras palabras, los Hombres de Negro y sus víctimas comparten un conocimiento que quizás nadie más posee. [...] Se deduce que existe algún tipo de vínculo paranormal entre los Hombres de Negro y las personas que visitan”.

La observación encajaba perfectamente con la casuística si entendemos por “vínculo paranormal” la capacidad del Hombre de Negro de acceder a la mente del testigo. Sin embargo, su naturaleza no podía ser exclusivamente paranormal. Los HDN interactuaban —a menudo de manera torpe, pero innegable— con el mundo físico. Algo no cerraba.

Había, además, un rasgo que casi nadie parecía dispuesto a mirar de frente. Los Hombres de Negro se comportaban como un sistema congelado en el tiempo. Mientras el mundo cambiaba —la moda, el arte, la tecnología, incluso la forma de reportar avistamientos—, ellos permanecían idénticos: el mismo vestuario, los mismos modales forzados, las mismas técnicas rudimentarias de intimidación. No aprendían. No se adaptaban.

Los HDN actuaban como un programa obsoleto. Como si quienes lo habían diseñado y mantenido se hubieran visto obligados a abandonarlo de manera abrupta. Ya fuera porque los operadores se retiraron precipitadamente o porque fueron eliminados, estaba claro que algo había salido mal. Y esos HDN, a la deriva, ejecutando líneas de un código antiguo y desactualizado, eran la prueba más visible del fracaso de sus autores.

Un callejón sin salida

En la ufología moderna, la idea de que los grises sean robots biológicos no es nueva y está bastante difundida. Sin embargo, rara vez se aplica ese razonamiento a los Hombres de Negro, quizá porque los grises no se presentan ante los testigos con una apariencia humana. Pero trasladar esa hipótesis a los HDN conduce a un problema singular. La dificultad no reside en aceptar que sean entidades biológicas artificiales, sino en asumir que hacen cosas imposibles de replicar, comprender y, sobre todo, tolerar.

La noción de una máquina biológica dotada de telepatía resulta incómoda pero asumible. Mucho menos tolerable es aceptar que estas entidades puedan desaparecer al doblar una esquina, atravesar el espacio sin dejar rastro o simplemente esfumarse. En 1998, sin embargo, un ufólogo argentino —de identidad reservada, posiblemente vinculado a la FAO de Bahía Blanca— se topó con ese límite cuando decidió, casi sin darse cuenta, perseguir al perseguidor.

Estaba investigando un caso de huellas de aterrizaje en la zona de Ezeiza cuando advirtió que un vehículo oscuro, similar a un Ford Falcon impecable y sin insignias, lo seguía desde hacía tres días. El color negro era tan profundo que parecía absorber la luz.

En lugar de dirigirse a su casa, decidió conducir hacia la Avenida General Paz, buscando un entorno con tránsito denso donde el auto no pudiera desaparecer con facilidad. Aceleró bruscamente y comenzó a zigzaguear entre el tráfico pesado de la tarde. El vehículo negro lo seguía con una precisión matemática; no parecía haber un conductor humano al volante, sino que el auto se desplazaba como si estuviera atado al parachoques del investigador por un hilo invisible.

El testigo relató que, pese a la velocidad —cerca de 110 km/h— y a las irregularidades del asfalto, el auto negro no rebotaba ni se inclinaba en las curvas. Parecía deslizarse sobre una superficie perfectamente lisa.

En un embotellamiento cercano a la salida de la avenida Constituyentes, el investigador logró quedar a la par del vehículo. Bajó la ventanilla e intentó mirar hacia el interior. Los vidrios eran tan oscuros que no reflejaban nada, ni siquiera la luz del sol de frente.

Finalmente, el auto negro tomó una salida lateral hacia una calle colectora que terminaba en un callejón sin salida, flanqueado por los altos muros de una fábrica. El investigador lo siguió y bloqueó la única vía de escape con su propio vehículo, convencido de haber acorralado a su perseguidor.

Al bajar del auto, el callejón estaba vacío. No había puertas laterales, garajes ni espacio físico para que un vehículo de ese tamaño pudiera girar. El auto negro simplemente se había desvanecido en los pocos segundos que el investigador tardó en frenar y descender.

La solución 

Este episodio sugiere algo inquietante: aquello que un investigador civil pudo comprobar de manera fortuita seguramente había sido constatado, desde mucho tiempo atrás, por cualquier servicio de inteligencia interesado en seguirle la pista a los HDN.

Y también permite esbozar la actitud de los gobiernos frente a este problema. Si los Hombres de Negro eran una tecnología imposible de replicar, pero funcional, y si esa tecnología había sido abandonada, entonces su destino era previsible. Toda máquina depende de una fuente de energía, de mantenimiento y de algún tipo de supervisión. Sin eso, se degrada. Se vuelve errática. Finalmente, se apaga.

La decisión fue pragmática: no podían hacer nada, salvo esperar. Y mientras el público creyera que todo se trataba de un mito, mejor. El cine, como de costumbre, sería de gran ayuda.

Así, 2012 no marca solo una retirada, sino un colapso. Y es precisamente a partir de ese momento cuando los discursos oficiales, aún en voz baja, empiezan a cambiar. Cuando los políticos comienzan a decir cosas que antes eran impensables. No porque el misterio se haya resuelto, sino porque uno de los mecanismos de control más eficaces —que ni siquiera era nuestro— había dejado de funcionar. 

Sin embargo, los sistemas abandonados rara vez desaparecen de inmediato. A veces continúan funcionando durante un tiempo, de manera fragmentaria, ejecutando rutinas residuales. No como antes. No del todo. Pero lo suficiente como para recordar que algo, en algún punto, no terminó de apagarse.

Es cuando comieron la "secuela" real.


Hombres de Negro: la secuela real

En el artículo anterior analizamos la aparente retirada de los Hombres de Negro . En esta ocasión veremos cómo el "software" obso...