Un museo de grandes novedades
Veo al futuro repetir el pasado. Veo un museo de grandes novedades. Cazuza, O tempo não para.
Hubo una época en que la ufología estadounidense llamaba a las cosas por su nombre: al pan pan, al vino vino, a los UAP platos voladores y a los NHI marcianos. Y como en las viejas tradiciones del oeste, todo se arreglaba a los tiros, especialmente si los marcianos elegían como escenario para sus acrobacias una base de la fuerza aérea. Aunque parezca improbable, un enfrentamiento de esta naturaleza aparentemente ocurrió y quedan registros para la casuística y el asombro. El escenario, hay que decirlo, está reciclado; es el mismo para la novela de H. G. Wells, la invasión de misteriosos drones de 2024 y el caso que nos ocupa: el infalible New Jersey.
Pero, antes de entrar en tema, sería una omisión imperdonable no señalar que La guerra de los mundos apareció en 1897, el mismo año en que se estrelló una nave alienígena contra el molino del juez Proctor, en medio de una de las primeras oleadas de objetos voladores no identificados registradas por la prensa. También es justo decir que la nave no se estrelló en New Jersey sino en Texas y que, salvo por algunos pocos alienígenas inadaptados, la interacción con los humanos fue pacífica. Pero esto, desde luego, no iba a durar demasiado.
A los tiros contra el marciano
Durante la madrugada del 18 de enero de 1978, los ovnis sobrevolaron dos bases militares contiguas, Fort Dix y la Base Aérea McGuire. Esta última permitió el acceso de la policía estatal de Nueva Jersey, que había perdido algo. Algo que no era de este mundo, según informó la policía estatal al sargento Jeff Morse, uno de los aviadores de servicio y principal testigo del caso. Según llegó a saber Morse, un policía militar de Fort Dix estaba persiguiendo un objeto que volaba a baja altura y había sobrevolado su coche, cuando un ser pequeño con cabeza grande y cuerpo delgado apareció frente a su vehículo. El policía militar entró en pánico y disparó varias veces al extraterrestre con una pistola automática calibre 45. El ser huyó por encima de la valla que separa las dos bases, antes de caer y morir en la pista de aterrizaje desierta.
Morse y sus compañeros encontraron el cuerpo tendido en la pista. Siguiendo el procedimiento habitual y acordonando la zona, otros miembros de las fuerzas especiales, desconocidos para Morse y sus compañeros, tomaron el relevo. Morse pudo observar desde la distancia lo que sucedía.
Más tarde ese mismo día, un equipo de la Base Aérea Wright-Patterson llegó en un avión de carga C-141, embaló el cuerpo, lo cargó a bordo y despegó. Morse y sus compañeros fueron advertidos de que no debían hablar del incidente o serían sometidos a consejo de guerra.
El salón de los espejos
Este sorprendente caso fue investigado por Leonard Stringfield, un ufólogo respetado a quien se suele recordar por una contribución mayor: desde fines de la década de 1970 hasta su muerte en 1994, redactó “informes de situación” sobre la supuesta recuperación de ovnis estrellados y su custodia por parte del complejo militar industrial. Debido a su seriedad, discreción y contactos —entre ellos el mayor Donald Keyhoe y el doctor Allen Hynek—, se ganó la confianza de testigos de primera y segunda mano, y logró reunir no sólo numerosos casos de recuperación de naves estrelladas, sino detallados informes sobre la biología de los pilotos no humanos, a quienes ya no llamaban marcianos sino EBE (Extraterrestrial Biological Entity). Hacia mediados de la década de 1990 contaba con una cantidad de testimonios tan impresionante como la ausencia de una evidencia definitiva, y así lo refleja el título de su trabajo final: Búsqueda de pruebas en un Salón de Espejos (Search for Proof in a Hall of Mirrors).
“Si ven un ovni no disparen”
Stringfield parece haber chocado contra un muro que aún no ha sido derribado por completo, como tampoco es seguro que los terrícolas hayan podido derribar naves alienígenas y se hayan apoderado de los restos. Pero no cabe ninguna duda de que esto se intentó, a veces con consecuencias catastróficas. El 9 de septiembre de 2025, el periodista George Knapp declaró ante la cámara de representantes lo que sabía acerca los ovnis, en particular sobre el capítulo ruso: “Sokolov y sus archivos documentaron encuentros sumamente alarmantes, similares a los que ha experimentado nuestro propio ejército. Me dijo, ante las cámaras, que había habido 40 incidentes en los que aviones de combate rusos fueron enviados a interceptar naves desconocidas.
En la mayoría de esos casos, los ovnis se alejaron a toda velocidad antes de que los pilotos pudieran disparar contra ellos, pero en tres casos en los que los MiG sí dispararon, los aviones cayeron del cielo.
Dos de esos pilotos murieron.
Después de aquello, la orden permanente cambió: cuando veas un ovni, cambia de rumbo y aléjate…[...] Pude obtener información adicional sobre esta política cuando regresé a Moscú en 1996 y entrevisté al general Igor Maltsev, quien había emitido aquella orden permanente. Explicó que se les dijo a los pilotos que dejaran tranquilos a los ovnis porque, cito, ‘podían tener capacidades increíbles de represalia’ ”.
De Frank Scully al moderno denunciante
La idea de que Estados Unidos habría recuperado tecnología no humana, introduciéndola en la industria privada para su estudio sin tener que rendir cuentas ante el congreso no es nueva. Se repite desde Stringfield en 1998 hasta Grusch en 2023, y la expuso como testigo directo Philip Corso en The Day After Roswell, publicado en 1997. Sin embargo esta cronología ignora el antecedente de 1950 con la publicación de Behind the Flying Saucers por Frank Scully, donde se relata el supuesto estrellamiento de una nave extraterrestre en Aztec, Nuevo Mexico, en marzo de 1948. La historia carga con la ignominia de haber sido pergeñada aparentemente por dos estafadores que no sólo engañaron a Scully, sino a varios empresarios petroleros a quienes intentaron vender fragmentos de material alienígena, entre otras baratijas como instrumental radiestésico. La mayoría de los investigadores serios descartan el episodio de Aztec como una farsa, aunque Stringfield lo da por bueno y en tiempo reciente ha sido revisitado porque presenta algunos elementos que parecen auténticos. A decir verdad contiene prácticamente todos los elementos del folklore ufológico moderno: el estrellamiento de naves en el desierto, el hallazgo de entidades biológicas no humanas (16 cuerpos carbonizados de pequeña estatura), una operación de recuperación y encubrimiento (los restos son transportados a una instalación secreta para su posterior estudio), el hostigamiento y la amenaza a los testigos y la filtración a partir de un informante (en el relato, el “doctor Gee”). Si bien Aztec ocurre un año después de Roswell, la estructura narrativa precede en más de dos décadas al “redescubrimiento” de Roswell en el ocaso de la década de 1970.
Las confesiones de Philip Corso
El relato de Corso no cuenta, por lo tanto, algo en lo que nadie hubiera pensado. Afirma haber gestionado los materiales recuperados del supuesto accidente de Roswell: determinados componentes fueron distribuidos de manera compartimentada entre empresas contratistas para intentar determinar cómo funcionaban.
El libro dividió las aguas entre los investigadores. Del lado de los escépticos se plantó Stanton Friedman, profundo conocedor del caso Roswell; entre los ex militares mediáticos, John Alexander adoptó una posición intermedia, con su declaración críptica de que “Corso no mentía pero la historia no era cierta”, lo cual fue interpretado como una mezcla de información real y ficción, probablemente para saltarse la censura o los cargos por revelar información confidencial.
Por su parte, el periodista George Knapp se mostró benévolo y decidió promocionar la historia, aunque hubiera perdido la pulseada por la publicación del libro. Durante ese período tuvo ocasión de oír del propio Corso algunas confesiones sorprendentes: mientras conducía por White Sands, aseguró, se topó con un extraterrestre telepático en una cueva. Fue a buscar su arma y el extraterrestre le ofreció "Un nuevo mundo si podía aceptarlo" a cambio de que Corso lo dejara escapar apagando los radares de la base, cosa que hizo. Algo que la ufología nunca pudo explicar es por qué los alienígenas no escarmientan e insisten en meterse en problemas tras haber comprobado cómo se comportan los terrícolas después de Roswell.
Tras la pista del botín
Tras décadas de rumores y conspiraciones, entre 2007 y 2008 el escurridizo metal alienígena parecía haber sido localizado. Estaba guardado bajo siete llaves en un hangar de Lockheed y su propio vicepresidente, James Ryder, aseguró que quería desprenderse de la fantástica pieza porque los intentos de revertir la tecnología habían sido infructuosos. Quienes recogieron el guante fueron James Lacatski, un viejo conocido del Pentágono experto en defensa y Robert Bigelow, magnate de la industria aeroespacial. Ambos habían sido puestos en contacto por el senador Harry Reid, a la sazón un entusiasta de los ovnis y una especie de mago que sabía cómo tejer la trama de la financiación estatal: consiguió 22 millones de dólares para el proyecto que ponía a Lacatski como director de AAWSAP (Programa de Aplicaciones de Sistemas de Armas Aeroespaciales Avanzadas), quizás una tapadera para el verdadero propósito que era estudiar los restos del ovni que Lockheed cedería. La CIA se enteró y su departamento de ciencia y tecnología bloqueó la transferencia, dejando abierta a la interpretación la posibilidad de que Lockheed sólo fuera un depósito y no el propietario legal de lo que allí se almacenaba.
El Pentágono en el rancho maldito
Una vez más el metal alienígena se había evaporado y, como no tenían nada mejor que hacer, el grupo de AAWSAP se abocó de lleno al estudio de la casuística ovni y los fenómenos parapsicológicos del rancho Skinwalker, que Robert Bigelow había comprado en la década de 1990 y que James Lacatski visitaba junto a sus amigos del Pentágono.
El propio Lacatski ha contado que, durante su estadía en el rancho, mientras miraba fijamente una pared repleta de crucifijos, vio materializarse ante sus ojos un objeto idéntico al de la portada del álbum Tubular Bells. Otra vez los escenarios se reciclan, ahora incluyendo truca y partitura, si recordamos que la famosa melodía de ese disco musicalizó El exorcista.
Por su parte Eric Davis, otro visitante del rancho y de los podcast sobre ovnis y desclasificación, aseguró haber presenciado la materialización de algo —tal vez una entidad informe— que intentaba atravesar una suerte de agujero de gusano que se había abierto en la estancia. Como era de esperar, la presencia de estos individuos en una atmósfera tan surrealista no contribuyó a que el proyecto se tomara en serio por los contribuyentes cuando fue revelado por el New York Times en 2017. Los críticos convirtieron esta situación en un meme afirmando que el gobierno destinó 22 millones de dólares para financiar a gente que se dedicaba a cazar fantasmas.
Años más tarde, el mismísimo David Grusch intentaría justificar el monto en el podcast de Joe Rogan, aunque con una retórica tan enrevesada que dejaba la sensación de que ni él mismo sabía muy bien qué se compró con ese dinero.
Y de pronto nos volvemos a encontrar en un laberinto donde los burócratas del Pentágono persiguen melodías de terror en ranchos malditos, los senadores mueven los hilos desde la sombra y los contratistas privados retienen un botín del que ni siquiera son dueños. Finalmente y como de costumbre nos quedamos con nada, mirando las paredes vacías del salón de los espejos, a la espera de la prueba definitiva.
La puerta entreabierta
James Lacatski ha declarado que el gobierno de Estados Unidos posee al menos una nave de origen desconocido y se ha conseguido penetrar en el interior. El artefacto no tiene motor y en apariencia ningún sistema de propulsión discernible. Esta declaración no parece muy prometedora pero suena extrañamente coherente. Ya no son las nueve naves de Bob Lazar estacionadas en los hangares de S4; ahora hay “al menos una”. Ya no se trata de la tecnología inversa de Corso que hacía derivar todos los sorprendentes avances tecnológicos de la última mitad del siglo XX a partir del estudio de la nave de Roswell. Ahora, “hemos sido capaces de acceder al interior”. No quisiera terminar el artículo así pero no me queda más remedio: porque si tomamos la declaración textualmente, sólo se puede concluir que, después de ochenta años de intentarlo, finalmente han sido capaces de abrir la puerta.
