David Bowie, ufólogo

 


Frente a los informes gubernamentales interminables que prometen develar secretos pero solo ofrecen títulos sensacionalistas, la mirada de Bowie rescata al fenómeno del pantano de la mera “filtración política” y lo devuelve a su verdadera dimensión: una experiencia de extrañamiento radical, una actitud de frontera  y una absoluta lucidez existencial. Decir que David Bowie jugaba a ser un alienígena es una obviedad. Pero asumir que todo era un disfraz escénico es ignorar el aspecto más genuino, inquietante y literal de su relación con el fenómeno ufológico.

Del barro a las estrellas

David Robert Jones nació el 8 de enero de 1947, el mismo día que Elvis Presley, pero una docena de años después. No solo eso: su mánager, Tony Defries, al frente de la agencia MainMan, solía jactarse de haber llegado a RCA Records —la misma discográfica que había consagrado a Elvis— con la firme promesa de sacudir un catálogo que consideraba estancado desde los años 50. Y vaya si lo sacudió.

La coincidencia va mucho más allá del calendario musical y corporativo: David Bowie llegó a nuestro planeta apenas unos meses antes del nacimiento oficial de la ufología moderna, con los avistamientos de Kenneth Arnold y el caso Roswell. No es una exageración afirmar que Bowie y los platos voladores llegaron juntos bajo el mismo cielo de posguerra.

Lejos aún del glamour de los escenarios multitudinarios, a finales de los años 60, un joven Bowie colaboraba de forma anónima en la edición de un boletín ufológico en Inglaterra, del cual solo se conserva su recuerdo. Poco después montaba guardias sistemáticas en un observatorio, registrando anomalías que aparecían con la precisión de un horario ferroviario, para una revista de ufología que decidió de común acuerdo entre sus colaboradores no publicar nada de lo que habían descubierto.

Podría parecer arriesgado sostener que la carrera musical de Bowie hubiera sido intrascendente sin el auxilio de la ufología. Sin embargo, su álbum debut homónimo de 1967 (David Bowie, lanzado por Deram Records) pasó sin pena ni gloria y no anunciaba de ninguna manera la genialidad cósmica que mostraría apenas dos años después con Space Oddity.

Este aparentemente inexplicable salto del barro a las estrellas se ilumina al examinar lo que hizo en 1968, cuando tenía 21 años. Según relató a Bruno Stein para la revista Creem, en una entrevista concertada en un hotel tras una gira en noviembre de 1974 y publicada en febrero de 1975, Bowie había trabajado para una revista ufológica durante aproximadamente un año. Parte de su trabajo consistía en pasar varias horas escudriñando el cielo desde un observatorio astronómico. Algunas fuentes sitúan estas observaciones en el área de Watford.

“Trabajé para dos tipos que publicaban una revista sobre ovnis en Inglaterra... Hace unos seis años. Y durante aproximadamente un año, cuando estuve en el observatorio, hice avistamientos seis o siete veces por noche.”

Al parecer el fenómeno no mostraba intenciones de ocultarse:

“Teníamos cruceros regulares que venían por aquí. Sabíamos que el de las 6:15 iba a llegar y se encontraría con otro. Se quedaban parados durante media hora, y después de comprobar lo que habían hecho ese día, zarpaban.”

Bowie le confió a Stein que nunca compartieron sus hallazgos, en parte porque conocían la maquinaria de los medios y cómo deformaban cualquier aproximación seria al misterio. Stein le preguntó entonces si tenía algo de metal en el cuerpo. Bowie respondió:

“Sí, tengo un alfiler”.

Y con ese alfiler, real o imaginario, clavó en su interlocutor una sentencia, silenciosa pero elocuente, de la que podría aprender la ufología:

“Si tengo un implante, es cosa mía y no te importa”.

El DJ y productor británico Jeff Dexter recordó que él, Bowie y la música Lesley Duncan —quien posteriormente cantaría con Pink Floyd y fue pareja de Bowie— participaban en sesiones de observación de ovnis alrededor de 1967 y 1968, y que tuvieron avistamientos.

Algunos críticos han querido despachar las experiencias de Bowie con lo extraño catalogándolas de puramente alucinatorias o lisérgicas. Pero hay algo que permanece: durante un período crucial de su juventud, Bowie se tomó el fenómeno lo suficientemente en serio como para salir a buscarlo.

Y entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Estaba Bowie estudiando a los ovnis, o el fenómeno lo estaba examinando a él de manera controlada?

La inversión del contacto

Entre las décadas de 1950 y 1970, la ufología popular estuvo dominada por el dogma optimista del “hermano mayor del espacio”. Los mensajes difundidos por figuras como George Adamski presentaban a las civilizaciones avanzadas como visitantes capaces de orientar a una humanidad extraviada.

La sensibilidad de Bowie —nutrida por sus experiencias de observación nocturna— fracturó en mil pedazos ese paradigma.

Si revisamos su obra, desde su protagonismo en The Man Who Fell to Earth de 1976 hasta himnos generacionales como Starman de 1972, el rol del extraterrestre cambia drásticamente de sentido.

Bowie no imagina al visitante como un enviado que trae un mensaje de paz y salvación para los humanos. Con frecuencia hace exactamente lo contrario: convierte al extraterrestre en el testigo de nuestra propia anomalía.

En The Man Who Fell to Earth, Thomas Jerome Newton llega a la Tierra buscando agua para salvar su planeta. Lo que encuentra no es una humanidad preparada para recibir a un visitante de las estrellas, sino un mundo capaz de apropiarse de él, explotarlo y finalmente destruir aquello que lo hacía diferente.

El peligro del contacto, en Bowie, puede leerse entonces de una manera diferente: el problema no es qué harán los extraterrestres cuando lleguen, sino qué hacemos nosotros cuando aparece algo que no encaja en nuestro mundo.

En Starman parece un poco más optimista: hay un hombre de las estrellas en el cielo que quiere venir a conocernos, pero "tiene miedo de volarnos la cabeza”. Un extraño resplandor ilumina la ventana. Se oyen extrañas interferencias en la radio y no es un efecto especial de un DJ. Un niño ha visto la nave. David no llama a MUFON para denunciar el avistaje, sino a un amigo para pedirle que encienda el canal 2,  “porque tal vez podremos verlo”. Y le aconseja al niño que ha visto la nave: “no se lo digas a tu papá o nos meterá en la cárcel”. 

El contraste de una época: Klaatu vs. Bowie

Esta ruptura radical en la forma de entender el contacto puede verse con particular claridad en 1976.

Mientras Bowie estrenaba la película de Nicolas Roeg interpretando al alienígena agónico y atrapado en nuestra decadencia, la enigmática banda canadiense Klaatu lanzaba su célebre y suntuoso tema Calling Occupants of Interplanetary Craft.

La canción representa casi exactamente la postura opuesta: una plegaria colectiva, sinfónica y optimista en la que la humanidad pide a los ocupantes de las naves que se manifiesten y acudan en nuestra ayuda.

Bowie, en cambio, no pedía que bajaran. No necesitaba que nos salvaran.Su extraterrestre ya estaba aquí. Nacido bajo una piedra.

Nacido bajo una piedra

Cuesta creer que alguien que pasó madrugadas enteras observando objetos anómalos en el cielo viera el misterio como un mero recurso estético.

En su madurez, Bowie abandonó buena parte de los disfraces estridentes, pero mantuvo una perspectiva lúcida sobre lo extraño. Para él, lo alienígena no era necesariamente un gris estereotipado de Zeta Reticuli, sino la textura secreta de una realidad que nos desborda.

En Born in a UFO, Bowie construye a su visitante mediante una sucesión de imágenes caleidoscópicas: 

“Ella era todo coraje, rostro geométrico, piel eléctrica, plástico y encaje. Cabello plateado, flancos trapezoidales. 

“Ella nació en un ovni.Yo nací bajo una piedra. Los dos nacimos con una sola voz”.

Lo que nace bajo una piedra no es precisamente un ser humano sino, según se deduce de la obra de Bowie, un lagarto lunar.

En Moonage Daydream (Ensoñación lunar), después de todo, Bowie ya lo había advertido:

“I'm an alligator”.

Y ese lagarto lunar posee formas de sintonizar y comunicarse con el mundo de las cuales los humanos poco y nada sabíamos.

Hasta ahora.

Epílogo

Es una verdadera tragedia para la ufología de nuestro tiempo que no se hayan conservado —o se hayan perdido irremisiblemente— las observaciones que Bowie hizo durante aquel período ufológico de 1968.

Sin embargo, una breve anécdota rescatada por el propio Bowie puede darnos una idea de hasta dónde llegaba su relación con lo extraño.

En un paraje rural de Missouri, donde no parecía haber nada más que un campo vacío, Bowie descubrió algo que hasta entonces parecía reservado a la ciencia ficción: un taller de reparación de ovnis. El taller estaba completamente equipado y en funcionamiento.

Algo con lo que ni siquiera el propio Bob Lazar soñó: un hangar clandestino donde naves exóticas averiadas esperaban asistencia, enclavado en un lugar al que podía acceder cualquiera, sin vallas de contención ni advertencias.

Hasta aquí, la historia ya sería extraordinaria.

Pero Bowie tenía cierta experiencia en la materia. Cierta vez, en la campiña inglesa, creyó estar viendo un ovni hasta que comprendió que no era un ovni sino un portal. No explicó cómo llegó a esa conclusión, pero sabía reconocer la diferencia.

El taller de reparaciones de Missouri sería uno de los casos más fascinantes de la ufología si nuestro testigo se hubiera dignado a documentarlo. Porque solo era visible a determinadas horas del día. En efecto: el taller de reparaciones de ovnis era de naturaleza interdimensional.


El legado 

El legado de Bowie para la ufología no está en los datos que pudo haber reunido sino en lo que decidió hacer con ellos.

Como cualquier investigador tradicional, se sumergió en el fenómeno, pasó noches enteras vigilando el cielo, registró observaciones y acumuló experiencias que consideró suficientemente significativas como para recordarlas décadas después. Pero allí termina la semejanza. A diferencia del ufólogo tradicional, Bowie decidió no compartir sus hallazgos con el mundo.

El alfiler ya lo había dejado claro. Si había algo dentro de su cuerpo, era asunto suyo. Y en Starman, cuando un niño presencia el aterrizaje de una nave alienígena, Bowie no le aconseja que denuncie el avistamiento: le recomienda que no se lo cuente a su padre. El fenómeno puede ser compartido como canción, como imagen, como ficción o como experiencia estética, pero la experiencia misma permanece bajo custodia de quien la vive.

Bowie hizo algo todavía más singular: no compartió sus datos, sino la transformación que aquellos datos produjeron en él.

Los ovnis aparecen en sus canciones, sus personajes, sus películas, sus imágenes y hasta en la forma en que construyó su propia identidad. El fenómeno que había observado de noche terminó convertido en materia artística. No necesitábamos conocer sus informes para saber que algo había ocurrido: bastaba con escuchar lo que hizo después.

Y quizá aquí resida la diferencia más profunda entre Bowie y buena parte de la ufología contemporánea. Mientras los nuevos denunciantes comparecen ante el público prometiendo una verdad extraordinaria que parece estar siempre a punto de ser revelada, pero cuyos detalles se pierden entre eufemismos, documentos clasificados y balbuceos institucionales, Bowie hizo exactamente lo contrario.

No prometió revelar el misterio. Lo convirtió en parte de sí mismo.

Tal vez esa sea la razón por la que, después de casi seis décadas, sus ovnis siguen siendo más interesantes que muchos de los que hoy aparecen en los titulares. Porque Bowie no necesitó decirnos qué había visto. Nos mostró en qué lo había convertido.

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