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El visitante de otro mundo y el enigma de la embajada



En el mes de agosto de 1969 un extraño se presentó en la embajada de Ecuador en Lima, Perú, y pidió hablar con el embajador. Se identificó como Banyú, “comandante de una flota de ovnis” y para demostrarlo sugirió a los presentes —la secretaria, el cónsul y el agregado cultural— que se acercaran a la ventana, a través de la cual pudieron observar un disco luminoso, que flotaba por encima del edificio. El embajador prefirió no involucrarse y le cedió la tarea de tratar con el extraño al agregado cultural, Alberto Ávila Machuca, quien sería a la postre el encargado de relatar, varios años después, esta extraordinaria historia al ufólogo ecuatoriano Jaime Rodríguez. Un relato pormenorizado puede obtenerse en el libro Diplomacia Extraterrestre, disponible para descargar gratuitamente en la web del autor y a través de una entrevista subida a su canal de YouTube.

Las visitas del comandante se prolongaron durante seis meses, tiempo en que hizo varias predicciones notables, como la fecha de ascenso al poder de Pinochet en Chile y del terremoto que sacudió a Yungay en Perú en mayo de 1970. Pero la presencia de Banyú en la sede diplomática fue más allá de la demostración de su capacidad predictiva. En una ocasión entregó una foto satelital del armamento adquirido por Perú a Checoslovaquia, junto con otros documentos que a los servicios de inteligencia ecuatorianos les había sido imposible obtener. Esta documentación tenía un altísimo valor estratégico en el contexto de una fricción entre ambos países por una disputa limítrofe de larga data. El conflicto involucraba la soberanía y la libre navegación en los ríos amazónicos y la delimitación exacta en zonas de selva alta donde los mapas coloniales y republicanos chocaban.

La trastienda de la diplomacia

La situación de Alberto Ávila como interlocutor de su informante estelar era incómoda. Puesto que siempre había sido un escéptico en temas ufológicos, llegando a considerar ignorantes a quienes creían en tales cosas, intentaba averiguar las verdaderas intenciones del comandante. Banyú respondía que lo suyo era puro altruismo y pretendía ayudar a una civilización que estaba mil años atrasada —suponemos— con respecto a la suya. Al mismo tiempo Ávila debía informar de todo lo que ocurría a sus superiores en Cancillería, los cuales, al tenor de la calidad de la información que Banyú proporcionaba, le ofrecieron un presupuesto ilimitado para tareas de inteligencia, propuesta que Ávila, hombre profundamente religioso y de moral incuestionable, rechazó. Aún así Ávila fue condecorado —es hilarante cómo, durante la entrevista, Jaime Rodríguez le recuerda a su amigo que obtuvo la medalla gracias a Banyú— y el director de inteligencia insistió en conocer la fuente de informaciones tan valiosas. Tras algunas vacilaciones se hicieron arreglos para que Banyú se presentara ante el director.

Se desprende claramente del relato de Ávila que hasta el último momento mantuvo sus dudas con respecto a las intenciones del visitante. En lo que sería la última visita de Banyú, Ávila preguntó qué pasaría si lo hacía detener. El comandante lo condujo afuera del recinto y sacó un escapulario que tenía colgado en el cuello, una especie de dado multicámara donde cada una de las caras mostraba una vista diferente. En una de estas se veía a ambos y por encima de ellos unas “láminas” metálicas que según Banyú, eran las naves que le daban protección. Ávila había sido invitado a subir a una de esas naves, junto a otros miembros de la embajada, el día que Banyú se presentó, pero la invitación fue declinada. Podemos especular qué hubiese ocurrido si uno o más miembros de la diplomacia aceptaban y no se los volvía ver ni en la embajada ni en ningún otro lugar del planeta. Quizás nunca hubiésemos llegado a conocer esta historia, del mismo modo que las embajadas de Chile y Guatemala nada dijeron jamás sobre las visitas que Banyú les hizo, sin demasiado éxito, según asegura Alberto Ávila.

El fantasma de la Guerra Fría

Es interesante que cuando se le pregunta al agregado cultural si piensa que Banyú contribuyó a evitar una guerra, prefiere no comentar. Este silencio es significativo. Es lógico suponer que las autoridades ecuatorianas, en posesión de información relevante sobre los planes del otro país en conflicto, no se iba a quedar de brazos cruzados; y posiblemente hicieron saber a las autoridades peruanas, de modo discreto o indirecto, que poseían esta información. Si bien el conflicto no se resolvió hasta muchos años después, efectivamente una guerra entre ambos países no ocurrió. Con toda probabilidad los libros de historia no mencionarán a Banyú, salvo como una apostilla a pie de página, considerándolo una leyenda urbana o un agente de inteligencia encubierto. Pero, ¿acaso lo era?

Está plenamente documentado que la inteligencia estadounidense, particularmente la CIA, utilizó las creencias alrededor de los ovnis para camuflar sus operaciones. Una de estas agencias, la AFOSI, que realiza tareas de contrainteligencia para la Fuerza Aérea de Estados Unidos, invirtió ingentes recursos tecnológicos y humanos entre las décadas de 1970 y 1980 para hacerle creer a Paul Bennewitz, ingeniero y ufólogo, que las señales de radio detectadas en la base militar vecina eran en realidad comunicaciones entre extraterrestres invasores, lo cual dio inicio a toda la saga sobre la base de Dulce y los reptilianos. 

El agente a cargo del operativo, el tristemente célebre Richard Doty, hizo llegar a Bennewitz un programa informático hábilmente diseñado para simular un lenguaje alienígena codificado, a través de la complicidad de quien fuera amigo de Bennewitz, el ufólogo William Moore, coautor junto a Charles Berlitz del libro que reabrió el debate sobre el olvidado caso de Roswell. Los agentes habían convencido a Moore de participar en el engaño a cambio de proporcionarle documentos “auténticos" sobre el caso Roswell. Finalmente William Moore confesó ante una atónita audiencia lo que había hecho, lo cual sepultó su carrera profesional para siempre. Por su parte Paul Bennewitz, la víctima, sufrió un colapso nervioso y terminó internado por algún tiempo en una institución psiquiátrica.

Llegados a este punto debemos preguntarnos: si el comandante Banyú realmente era un agente realizando una operación encubierta, ¿cuál era su misión? Examinar el contexto histórico de Perú en este periodo puede darnos una idea. El 3 de octubre de 1968, un golpe de Estado liderado por el general Juan Velasco Alvarado derrocó al presidente constitucional Fernando Belaúnde Terry. Lejos de ser la típica dictadura militar latinoamericana de derecha alineada con los intereses de Washington, el régimen de Velasco se definió como un gobierno militar nacionalista, de izquierda moderada; nacionalizó los recursos estratégicos (expropió la International Petroleum Company, entre otros), y rompió con el molde tradicional de la Guerra Fría al buscar relaciones comerciales y diplomáticas con el bloque soviético y los países no alineados. En el marco de esta política de autonomía y modernización militar, el gobierno de Velasco comenzó a rearmar masivamente a las Fuerzas Armadas peruanas. Es aquí donde encaja el dato clave que manejaba Banyú: la adquisición de material bélico pesado de origen soviético a través del bloque del Este, incluidos los tanques comprados a Checoslovaquia que se encontraban apostados o ingresando por el puerto del Callao. Para Washington y los países vecinos, ver a un régimen militar de izquierda con un poder de fuego tan superior al tradicional encendía todas las alarmas regionales.

El muro de las predicciones: entre la inteligencia humana y la anomalía

Si bien parece un tanto sospechoso un autoproclamado embajador no humano ayudando a uno de los bandos, o visto de otro modo neutralizando los planes del bando no alineado con Washington, esta posibilidad de ningún modo explica los vaticinios de Banyú sobre el golpe militar en Chile “con la fecha exacta” y el devastador terremoto de Yungay. Esto contradice las normas básicas de los manuales de inteligencia, donde una operación se protege mediante la ambigüedad. Un ejemplo moderno lo tenemos en Luis Elizondo, el ex agente de inteligencia supuestamente arrepentido que cobró notoriedad en el proceso actual de desclasificación UAP, cuando en 2022 declaró: “consíganse un pasatiempo por cinco años y entonces todo quedará claro”. Aunque algunos de sus colegas han mencionado expresamente 2027 como una fecha clave, nadie se arriesgó a precisar un día o una hora; ni siquiera se sabe qué es lo que debería pasar.

Como bien señala Jaime Rodríguez, la predicción del terremoto de Yungay conecta con otro caso aún más dramático: el del ingeniero y contactado Vlado Kapetanovic, quién recibió de sus amigos extraterrestres los “apunianos” la fecha exacta en que ocurriría la tragedia con siete años de anticipación. Kapetanovic acudió al juez de paz para prevenirlo, pero fue ignorado. Según refiere Ricardo González, otro contactado que conoció a Kapetanovic, durante una de sus conferencias y ante varios testigos uno de los asistentes se presentó como el hijo del juez de paz, que se salvó por encontrarse en Lima, y confirmó la historia. Es comprensible y muy apropiada la pregunta que Jaime Rodríguez le hace a Alberto Ávila: en algún momento, ¿Banyú mencionó Apu o los apunianos? La respuesta fue negativa.

La verdadera incógnita 

Si los hechos son tal como se cuentan y descartamos que Banyú fuese un agente terrestre infiltrado, entonces nos enfrentamos a un problema mucho más inquietante. ¿Cómo explicar que alguien con conocimiento de acontecimientos futuros eligiera advertir precisamente a quienes, por su investidura diplomática, estaban obligados al silencio, o a un ciudadano común al que nadie iba a creer? Si el propósito era evitar una tragedia, el método parece sorprendentemente ineficaz; si el objetivo era otro, apenas alcanzamos a entreverlo. Pero quizás estas preguntas no sean las realmente importantes. La verdadera incógnita que deja el caso Banyú es otra. ¿Qué clase de ética y moral —si acaso la tienen— guía a estas inteligencias capaces de intervenir en los asuntos humanos sin asumir la responsabilidad de sus actos? ¿Cómo debemos interpretar y confrontar a una inteligencia que actúa de esa manera? La incógnita que plantea Banyú no es sobre él sino sobre nosotros mismos. Porque, más allá de que el visitante fuera un agente secreto, un impostor o el representante de una civilización desconocida, su incómoda presencia nos obliga a preguntarnos cuál debería ser nuestra actitud si, algún día, alguien volviera a llamar a la puerta de una embajada con una oferta semejante.

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