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La partida anticipada

 Tras décadas de mantenerlo en secreto, un campeón de ajedrez le confiesa a otro su encuentro con un holograma que anticipó la partida 



Una noche en Solingen

Vasily Smyslov está en su habitación de hotel, analizando posibles movimientos de la partida que jugará al día siguiente, cuando deba enfrentar a Robert Hübner.

Es una noche fría de 1976, en Solingen, Alemania Occidental. ¿Importa que Smyslov, además de ajedrecista, sea barítono y guste de cantar mientras espera su turno en los torneos? ¿Es un mero detalle que Hübner, además de ajedrecista, sea papirólogo y se entretenga con jeroglíficos del antiguo Egipto en sus ratos libres?

Sí, importa. Porque lo que está a punto de jugarse no es —como todos creen— la final de la Copa de Clubes Europeos entre el Burevestnik Moscow y el Solingen SG. Lo que está a punto de disputarse, y que nadie verá, es una confrontación entre el pasado y el futuro. Una partida destinada a dar jaque mate a tres ideas tranquilizadoras: el azar, el determinismo y el libre albedrío.

El visitante imposible

Junto al tablero humea una taza de té. Smyslov se restriega los ojos. Al volver la mirada, piensa que ve una figura caprichosa formada por el vapor. Pero no: el humo se consolida en la silueta de un ser traslúcido, algo que hoy llamaríamos sin dudar un holograma.

La idea de un holograma no era popular en los años setenta, pero lo que hace esa figura a continuación no es una idea popular ni siquiera hoy. Sin hablar, se inclina sobre el tablero y empieza a mover las piezas. Las blancas. Luego las negras. Una secuencia completa.

Smyslov no comprende del todo lo que ocurre, pero logra dominar la sorpresa y anota las jugadas. No porque desconfíe de su memoria, sino porque algo le dice que ese registro será decisivo.

Ahí comienza el verdadero problema.

La paradoja del ajedrez perfecto

El ajedrez se basa en la anticipación, pero siempre hay un primer movimiento que inaugura el juego. Anticipar una partida entera no es una extensión natural de esa lógica: es su negación. Si la secuencia ya está fijada, el ajedrez deja de tener sentido como juego. A lo sumo, puede servir con fines pedagógicos.

Savielly Tartakower decía: «El movimiento está ahí, pero debes verlo». Una cosa es ver el movimiento correcto; otra muy distinta es que te muestren la partida completa.

Smyslov lo entendió de inmediato. Y entendió también que debía decidir. Podía ignorar lo ocurrido y jugar con normalidad, conservando su libre albedrío, pero renunciando para siempre a comprobar si aquello había sido real. O podía jugar exactamente la partida que le fue mostrada, sacrificando deliberadamente su libertad de elección para verificar la predicción.

La paradoja es evidente: la única forma de comprobar la profecía era obedecerla.

Smyslov eligió saber.

Tablas

Al día siguiente, la partida se desarrolló tal como había sido anticipada. Movimiento por movimiento. Sin desviaciones. El resultado fue tablas.

Nadie ganó. Nadie perdió.

El ajedrez, además de un juego, es una simulación estratégica: un modelo abstracto del conflicto. Un empate perfecto es una forma estable de resolución.

La confesión tardía

El mundo tuvo que esperar casi cincuenta años para que Smyslov —ya anciano— le confesara su experiencia a Kirsan Ilyumzhinov, quien durante años fue presidente de la Federación Internacional de Ajedrez.

La confesión dependía de una pregunta previa. Smyslov quiso saber si las experiencias de contacto con entidades no humanas que Ilyumzhinov había hecho públicas en los años noventa eran reales. «Sí, por supuesto», respondió Kirsan. Animado por esa respuesta, Smyslov relató su encuentro con el holograma que sabía demasiado.

Cuando Kirsan le preguntó por qué había guardado silencio durante tanto tiempo, Smyslov señaló a su esposa, Nadezhda, que estaba presente, y explicó que había seguido su consejo. Luego la miró y preguntó: «Entonces, ¿ahora podemos publicar los registros?»

Hasta hoy, nadie ha visto esos registros. La anécdota quedó preservada en una entrevista que Jesse Michels (American Alchemy) le realizó a Ilyumzhinov el 15 de diciembre de 2025.

Pasado fragmentario, futuro cerrado

Hay dos detalles que iluminan esta historia desde ángulos inesperados.

Smyslov era barítono y solía cantar durante los torneos. El canto no admite bifurcaciones: una obra se ejecuta de principio a fin. No se corrige sobre la marcha. Se interpreta una forma ya escrita. Para alguien habituado a ese tipo de ejecución, jugar una secuencia predeterminada no implica necesariamente sumisión, sino fidelidad.

Su rival, Robert Hübner, era especialista en textos antiguos fragmentarios: papiros, inscripciones, jeroglíficos. Su trabajo consistía en reconstruir sentido a partir de restos incompletos, en leer el pasado como ruina.

En el tablero se enfrentaron, entonces, el pasado incompleto y el futuro cerrado. El lector de fragmentos y el ejecutor de una partitura anticipada. El resultado no fue la victoria de uno sobre otro, sino el equilibrio.

El holograma y la historia

¿Por qué esta anécdota parece una imagen perfecta de la Guerra Fría, cuando se alcanzaba una paz relativa a costa de una destrucción mutua asegurada? ¿Quién —o qué— era el holograma que anticipó la partida? ¿Qué intentaba demostrar?

La lectura literal es inquietante: que la partida de la historia ya esté prefijada y que, para alcanzar el único resultado deseable —el equilibrio—, baste con mover las piezas según una partitura.

Pero el holograma se fue sin revelar el truco.

Tal vez el libre albedrío no consista en elegir el desenlace, sino en decidir si queremos conocerlo. Tal vez el determinismo no sea una cárcel, sino un tablero. Tal vez el azar no decida nada, y sólo sea el ruido de una moneda mientras cae.

Lo que parece sugerir el holograma que sabía demasiado es que el futuro no es inocuo, y que puede intervenir activamente en nuestras decisiones. Y que la humanidad nunca lo sabrá del todo hasta que consiga derribar un muro más alto que el que cayó en 1989.

El tiempo dirá.

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