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Hombres de Negro: la secuela real


En el artículo anterior analizamos la aparente retirada de los Hombres de Negro. En esta ocasión veremos cómo el "software" obsoleto que utilizan permite que a veces sean engañados, cómo los casos son producidos por ellos para sembrar ruido en la estadística y cómo el propósito no es —o no era, en realidad — despistar a los investigadores sino ocultarse de una amenaza mucho más peligrosa que el ser humano.


La saga de Hollywood ha introducido la noción de que los Hombres de Negro son agentes que protegen a la humanidad de una amenaza extraterrestre. Exactamente lo contrario de lo que, durante más de siete décadas, ha documentado la casuística ufológica, donde aparecen para amenazar a testigos que, o bien han visto una luz extraña en el cielo, o investigan un caso relacionado con el fenómeno ovni —hoy UAP—.

Tras el análisis de esta casuística, resulta evidente que, si el propósito era desviar la atención, los HDN a menudo logran el efecto contrario: visibilizan casos en los que el testigo ni siquiera tenía pensado hablar.

Esto admite dos lecturas: o bien son completamente inútiles para el fin que fueron diseñados o, muy por el contrario, “fabrican” deliberadamente los casos con un objetivo que sólo sus creadores conocen.

Agentes especializados… o auténticos idiotas

A continuación, dos casos en los que se los ve actuar como agentes altamente especializados o como auténticos incompetentes.

En Thule, Groenlandia, tras un avistamiento masivo de ovnis en la década de 1960, personal civil reportó la llegada de hombres que no pertenecían ni a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos ni a las autoridades danesas. Aparecían en medio de tormentas de nieve en las que ningún avión o helicóptero podía aterrizar. Vestían ropa de abrigo negra sin etiquetas de marca ni rastros de nieve o hielo, a pesar de caminar por la tundra. Su función era confiscar las cintas de radar que habían registrado velocidades imposibles para los objetos detectados.

Podría decirse que en Groenlandia fueron extremadamente eficientes, sorteando sistemas de máxima seguridad. Pero ¿cómo explicar que se dejaran engañar por un aficionado a la fotografía de Rosario, Argentina?

En 1980, el testigo captó una serie de luces realizando maniobras sobre el Monumento a la Bandera. Presintiendo que “alguien” podría ir a buscarlo —ya conocía los rumores sobre los HDN—, hizo un duplicado rudimentario de los negativos y escondió los originales dentro de una vieja radio a transistores, en el compartimento de las pilas. En el sobre rotulado como “fotos” dejó imágenes de un paisaje familiar.

Cuando dos hombres de traje oscuro se presentaron en su puerta —sin que él hubiera reportado aún el caso—, le exigieron “el material del Monumento”. El testigo, fingiendo un miedo extremo (que en parte era real), les entregó el sobre con las fotos falsas. Los HDN lo tomaron sin siquiera abrirlo y se marcharon.

El límite del programa

La “viveza criolla” no parece suficiente para explicar este episodio. Un caso ocurrido en Lavalleja, Uruguay, puede darnos una pista.

Un peón de campo, hombre de pocas palabras y nulo conocimiento del fenómeno, tuvo un encuentro cercano. Un HDN lo interceptó mientras arreaba ganado, hablándole de manera autoritaria sobre “el peligro de lo que había visto” y la necesidad de “guardar el secreto para evitar problemas legales”. El peón, que no comprendía los términos técnicos ni se sentía intimidado por alguien ajeno al lenguaje del campo, simplemente lo ignoró.

—No sé de qué me habla, señor. Yo tengo que llevar las vacas al corral antes de que llueva.

Según el testigo, el hombre de traje quedó en silencio, sus movimientos se volvieron erráticos y, tras un momento de confusión, dio media vuelta y se fue.

Estos casos en los que los HDN fueron burlados sugieren que actúan en base a un programa obsoleto —como ya analizamos en otro artículo de esta serie—, incapaz de procesar variables inesperadas.

No dejan huellas

Podría decirse que el único talento real de estos sujetos es no dejar huellas de su existencia.

En la Unión Soviética, tras el famoso aterrizaje en un parque de Voronezh (1989), varios niños y testigos adultos recibieron visitas. Los hombres se presentaban con documentos que parecían credenciales oficiales de la KGB, pero contenían errores tipográficos absurdos o sellos de departamentos inexistentes.

Un científico soviético reportó que uno de estos “agentes” intentó confiscar muestras de suelo; cuando el científico solicitó una orden escrita, el individuo simplemente atravesó caminando una estructura metálica cerrada, dejando al testigo en estado de shock.

En Uruguay las huellas también se desvanecen, pero en la credencial. Investigadores como el coronel (R) Ariel Sánchez, ex jefe de CRIDOVNI, han mencionado que, en la casuística de su país, a veces estos seres entregan documentación o tarjetas personales.

Se han reportado casos en los que el HDN entrega una tarjeta o un documento con instrucciones. Cuando el testigo lo guarda y vuelve a mirarlo minutos después, el papel está completamente en blanco o el texto ha desaparecido, como si nunca hubiera estado allí. Incluso la textura del material cambia, asemejándose más a un plástico o a una fibra desconocida.

Los HDN como productores del fenómeno

Como ya hemos señalado, los HDN hacen todo lo contrario a silenciar los casos: más bien los amplifican. ¿Parece esta una idea gratuita? No tanto si recordamos lo ocurrido en Gales en 2002, donde la “base de datos” del Hombre de Negro sufrió un fallo de sincronización monumental, dejando expuesto el mecanismo.

Un investigador de la zona del llamado Triángulo de Broad Haven reportó que un HDN le exigió documentos de un caso que aún no había ocurrido. Esto refuerza la sospecha de que los episodios en los que intervienen los HDN están previamente programados.

Si los HDN producían los casos, es muy probable que la intención fuera contaminar la estadística: sembrar señuelos que luego los investigadores seguirían, conduciendo inevitablemente a un punto muerto.

Sin embargo, creer que estas pistas falsas estaban destinadas a despistar a los investigadores humanos sería caer, una vez más, en la emboscada antropocéntrica. Resulta mucho más probable que su objetivo fuese engañar a un enemigo tecnológicamente superior al terrícola. Operadores capaces de crear artilugios como automóviles imposibles o robots biológicos que atraviesan paredes difícilmente considerarían a nuestra civilización como una amenaza real.

Y si la casuística está contaminada de este modo, surge una pregunta incómoda: ¿son las llamadas “zonas calientes” del fenómeno —muchas de ellas convertidas hoy en destinos turísticos— una trampa adicional?

Si el fenómeno ovni sigue siendo un enigma después de ochenta años, no es por falta de datos, sino porque alguien —o algo— se ocupó de que esos datos fueran inservibles.

En esa tarea, los Hombres de Negro no son los villanos principales. Son apenas los operarios visibles de una maquinaria más antigua… y posiblemente abandonada.

Los HDN repiten una coreografía de intimidación porque es lo único que saben hacer. Somos testigos de una maquinaria de censura que continúa funcionando por inercia en un mundo que ya aprendió a reírse de sus trajes negros. La pregunta ya no es quiénes son ellos, sino quién se olvidó de apagarlos.

Como veremos en el próximo artículo, desempolvar viejos libros en los que a los UAP aún se los llamaba —aunque con cierta sorna— platos voladores nos proporcionará datos valiosos para intentar comprender qué significa el proceso de degradación de los Hombres de Negro y qué papel juega el ser humano en esta confrontación dramática que se nos quiere vender como “mitología”.

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