En Realidades descartables, analizamos cómo los saltos temporales ocurren en escenarios no controlados. Los Hombres de Negro parecen operar en el borde de la realidad, custodiando un territorio infranqueable.
Desaparecen al doblar la esqouina. Visten de negro impecable pero a veces rompen la regla que los nombra. Si uno te pide la moneda que está en tu bolsillo, y se la das, esta puede derretirse en su mano. De la misma forma —te advierte— se derretirá tu corazón de insistir en investigar cosas prohibidas. Este blog es un claro ejemplo de lo que deberías evitar, ya que podrías estar haciendo algo útil. Eso lo digo yo, no ellos. Saben más de lo debido y nunca explican de dónde vienen ni hacia dónde van, mucho menos qué quieren, salvo el silencio del testigo.
Al menos, eso es lo que cuentan quienes tuvieron el dudoso privilegio de ser visitados, hostigados e inciluso silenciados por ellos.
La primera visita
A esta altura todos sabemos que los Hombres de Negro son un terreno minado. Casos repetidos, anécdotas recicladas, sospecha permanente de exageración o fraude. Y, sin embargo, algo persiste. Algo que no termina de encajar ni siquiera cuando se lo intenta reducir a folclore.
Se ha procurado rastrear su origen en la mitología, del mismo modo que Jacques Vallée relaciona el fenómeno ovni con hadas y elfos, o Jung con arquetipos ancestrales. Puede haber algún fundamento en ello, aunque dudo que les importe. Lo cierto es que aparecen, en la crónica del siglo XX, casi al mismo tiempo y ante el mismo testigo que inaugura la era moderna de la ufología.
Tres días antes de que Kenneth Arnold avistara nueve objetos voladores no identificados sobre el monte Rainier, el 24 de junio de 1947, los Hombres de Negro se presentaron ante Harold Dahl, testigo de otro episodio anómalo, en la isla de Mauri. Arnold fue convocado por Ray Palmer —editor de Fate Magazine y figura clave del primer circuito ufológico— para entrevistar a Dahl, quien confirmó la visita de un hombre vestido de negro que le exigió silencio.
El caso suele considerarse una falsificación. Sin embargo, los dos oficiales contratados por Arnold para investigar el episodio murieron al estrellarse el avión en el que supuestamente transportaban fragmentos expulsados por el objeto. Desde el inicio, el “mito” queda asociado no sólo al encubrimiento, sino a un costo difícil de explicar.
HDNs versión 1.0
Durante décadas, una descripción se repite con obstinación. Aunque no se les puede adjudicar un grupo étnico determinado, se dice que tienen rasgos orientales, piel aceitunada, extrañamente pálida o bronceada en exceso; carecen de vello facial y cejas, el cabello escaso o una peluca mal disimulada. Son de baja estatura y sus movimientos son rígidos, casi robóticos, al igual que su manera de hablar. Jamás pestañean.
No saben utilizar cubiertos, aunque insisten en sentarse en restaurantes y pedir comida. No se los ha visto fumar, ni sonreír, ni cantar, pero sí intentar beber mientras el líquido cae a borbotones por la comisura de sus labios.
No parecen extranjeros. Y desde su irrupción pública en la década de 1950, estaba claro para quien quisiera verlo que no eran completamente humanos, sino una mala imitación. Como si hubieran salido de la casa matriz antes de tiempo, en una versión de prueba lanzada al mercado por alguna urgencia inexplicable.
Esta caracterización alcanza su punto más alto hacia fines de los años sesenta, especialmente en los relatos recopilados por John Keel durante el período del Mothman. Luego, algo cambia.
Más de cincuenta años después, nuestra tecnología logró construir androides sofisticados. Son capaces de movimientos precisos, se utilizan en cirugías complejas, hablan con voces indistinguibles de la humana y mantienen conversaciones fluidas mediante inteligencia artificial. Solo hay una cosa que no pueden hacer mejor —ni peor— que aquella burda primera generación de Hombres de Negro: desaparecer sin dejar rastro.
El cambio de máscara
La descripción se modifica cuando, en 1968, Timothy Green Beckley fotografía uno en Nueva York. El HDN es alto, de porte normal. El segundo registro fotográfico lo obtiene Allen Greenfield al año siguiente, durante un encuentro sobre ovnis celebrado en Virginia Occidental.
Al ver que un hombre vestido de negro con gafas oscuras parecía vigilar al grupo cerca de la puerta, Greenfield decidió confrontarlo. Se puso de pie y le exigió explicaciones. El hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse con movimientos rígidos, robóticos. Greenfield lo siguió y, ya lejos de la multitud, lo enfrentó nuevamente.
—¿Quién es usted?
—Soy un Hombre de Negro en etapa de entrenamiento.
Greenfield le respondió que entonces no le importaría ser fotografiado y accionó la cámara. Lo que ocurrió después fue tan insólito que decidió guardar en secreto la imagen durante años. Según le relató a Nick Redfern, el hombre dobló una esquina y, cuando él hizo lo mismo apenas dos segundos después, había desaparecido. No había puertas, pasajes ni salidas posibles.
El caso del hotel
En 2012, un video registra a dos hombres corpulentos, vestidos de negro, ingresando a un hotel con maletines. Nada en ellos es torpe ni caricaturesco, aunque los testigos coinciden en que se movían de forma perfectamente sincronizada, casi mecánica.
Los hombres aparecen después de un supuesto avistaje de un ovni en las inmediaciones del hotel Sheraton del Niágara. Ese mismo año se estrenaba Men in Black 3.
Los testigos los describen con piel extremadamente pálida, sin vello facial y con ojos enormes, azules, hipnóticos. El video se volvió viral y admite explicaciones triviales: una campaña publicitaria, una broma interna, promoción del hotel o simple desinformación dentro del propio ambiente ufológico.
Pero en el improbable caso de que se tratara de auténticos Hombres de Negro, el episodio demuestra algo inquietante. La estrategia de los años cincuenta no sólo persiste, sino que sigue siendo eficaz.
Se tolera que un testigo reporte un avistaje, mejor si se lo llama UAP. Pero es intolerable que un mito antiguo reaparezca como algo potencialmente real. Aun así, existen casos modernos, incluso en Hollywood, donde el mito no pudo ser desacreditado.
In the Zone
El caso de Dan Aykroyd introduce una grieta inesperada. En 2002, mientras producía para el canal Sci-Fi la serie Out There, dedicada a fenómenos paranormales y ovnis, Aykroyd salió a la calle para atender una llamada telefónica. Del otro lado estaba Britney Spears, interesada en participar del programa.
Mientras hablaba, Aykroyd notó un automóvil oscuro estacionado frente a él. Dentro, dos hombres altos, pálidos, vestidos de negro, lo observaban fijamente, sin expresión. La sensación de amenaza fue inmediata.
Al regresar al estudio, minutos después, Out There había sido cancelado de manera abrupta, sin explicación alguna.
Aykroyd es, además de actor y productor, ufólogo aficionado y testigo de múltiples avistamientos. Aunque la serie ya estaba en marcha, el interés de Britney introducía una variable imposible de controlar. La audiencia sin dudas escalaría a niveles inimaginables. El efecto que Britney hubiera provocado quedó claro cuando ella publicó su autobiografía, que se agotó en un solo día y resultó la más vendida en la historia. Es imposible que alguien no haya visto el potencial de su aparición. Entonces, ¿qué fue lo que realmente ocurrió?
Según el canal, la cancelación respondió a desacuerdos creativos. Aykroyd sostiene que fue inmediata, el mismo día en que planeaba entrevistar a Steve Bassett y James Gilliland. La conexión que hace Aykroyd no es infundada, ya que Bassett es un infatigable activista por la desclasificación ovni y una figura molesta para ciertos círculos de poder. Sin embargo no fue Bassett quien llamó; fue Britney. Y esto refuerza la contradicción porque el canal quería darle a la serie un estilo de entretenimiento y Aykroyd un enfoque documental. No hace falta decir en cuál categoría entra Britney. Y pese a que docenas de episodios fueron grabados, jamás se emitió ninguno, como si pesara sobre la serie una prohibición.
Si faltaba alguna razón para amar a Britney, aquí está. En un terreno donde tantos investigadores fueron desacreditados, Britney produjo algo nuevo. Los Hombres de Negro se vieron obligados a cancelar el programa al no poder cancelar a Britney. Porque el poder de Britney Spears no está en su inmensa popularidad ni en la devoción de sus fans. Está en que el público le cree. En una maniobra extrema, hicieron desaparecer el escenario antes de que se encendieran las luces.
La advertencia artúrica
En The Real Men in Black, Nick Redfern documenta un caso perturbador. Colin Perks, investigador independiente, cree haber localizado la tumba del rey Arturo.
Antes de hacer pública su investigación, recibe en su propio domicilio la visita de una mujer, de belleza extraordinaria, que se presenta como Sara Key. Ella afirma representar a una élite gubernamental y le advierte que está a punto de abrir una puerta hacia otro mundo, del que podrían emerger pesadillas capaces de traer desgracia a las islas británicas y quizá al planeta entero.
Antes de irse, le deja una advertencia: “En esta ocasión vine yo. Pero si usted insiste, vendrá otro. Y créame, usted no quiere encontrarse con él”.
Perks continúa. Tiempo después, es acechado en una autopista por una entidad que identifica como el Mothman. El ser se comunica telepáticamente y le dice: Te dije que iba a venir. Poco después, Perks muere de un ataque al corazón.
Policías en acción…imposible
En agosto de 1981, la investigadora Jenny Randles documenta el caso de.Jim Wilson, quien observa una luz extraña en el cielo. Días después recibe la visita de dos hombres trajeados que exhiben credenciales del Ministerio de Defensa y le explican que vio un satélite ruso y le conviene olvidar el asunto.
En las noches siguientes, un automóvil negro comienza a vigilar su casa. La policía interviene. La patente resulta falsa. Dos agentes se acercan al vehículo y, cuando están a punto de golpear la ventanilla, el auto desaparece. No acelera. No huye. Simplemente deja de estar.
No se redacta ningún informe, como era de esperar. Los autos no se evaporan en el aire. Los Hombres de Negro no existen. No tiene sentido escribir lo que nadie va a creer. Y esto tendría que terminar acá.
El territorio liminar
El patrón es claro.
Los Hombres de Negro no parecen habitar nuestra realidad, sino su borde. Un territorio liminar donde los autos pueden desaparecer, los visitantes desvanecerse y los proyectos ser cancelados sin dejar huella.
Los Hombres de Negro no pueden ser perseguidos. Por eso nadie sabe de dónde vienen. El control nunca falla.
Unidades descartables
Torpeza social, comportamiento mecánico, fallas de energía y puestas en escena mal ensayadas son una marca de fábrica de los HDN imposible de ignorar. Parece uno de esos elementos “absurdos” que los ufólogos suelen aceptar con resignación.
Pero si se invierte la lógica, sin embargo, esta característica aparece como un diseño extremadamente bien planificado: funciona en cualquier época, permite unidades descartables y, sobre todo, logra un objetivo supremo: desacreditar a los testigos.
Un mundo capaz de controlar estrictamente sus límites no necesita agentes perfectos ni mucho menos creíbles. Solo necesita que nadie pueda demostrar nada.
Y en eso, hasta ahora, los Hombres de Negro han sido extraordinariamente eficientes.
Y si bien todos esperábamos lo peor de los Hombres de Negro, lo cierto es que nadie esperaba su retirada
