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El fin del sueño americano

Los drones se presentan

A finales del año 2024, tras el avistamiento masivo de “drones” en Estados Unidos, el secretario de prensa del Pentágono, Brigadier General Patrick Ryder en conferencia de prensa declaró: “No sabemos qué son o de dónde vienen, pero sabemos que no son una amenaza”. 

La oleada de drones había inquietado no sólo a la opinión pública sino al departamento de defensa, ya que estos drones se paseaban impunemente sobre bases militares y áreas estratégicas donde se almacenaba arsenal nuclear. Fue tal el desconcierto de las autoridades que el FBI solicitó a los ciudadanos enviasen registros fílmicos para ayudar a descubrir el origen de los intrusos. Las cosas se empezaron a poner un poco raras cuando agentes del FBI asignados a la investigación denunciaron que los drones los habían seguido hasta sus domicilios particulares, permaneciendo suspendidos a baja altura durante horas.

Invisibles al infrarrojo y la radiofrecuencia

Estos drones no lucían exactamente como los drones militares. Los informes iban desde cuatro a 180 avistajes por noche. Hay casi tantas descripciones como testigos, pero algo en lo que la mayoría concuerda es que tenían hábitos nocturnos y el tamaño aproximado de un automóvil. Algunos eran silenciosos y otros emitían un ruido semejante al de un helicóptero. Un detalle mencionado a menudo y que podría dar cuenta de la multiplicidad descriptiva es que estos aparatos parecían transfigurarse en pleno vuelo. Los testigos podían ver lo que en principio era interpretado como un grupo de estrellas hasta que empezaban a moverse erráticamente y adoptaban una formación triangular como las luces de posición de un dron (rojas, verdes y blancas). Aunque los colores eran los correctos, estas luces a veces aparecían invertidas. En otros casos pasaban de ser un orbe que aumentaba de tamaño hasta convertirse en algo similar a un avión o helicóptero, siempre sin insignias ni identificación alguna. Solían permanecer inmóviles durante horas y escapaban a una velocidad estrepitosa cuando una patrulla oficial se acercaba para interceptarlos. Resultaban invisibles para los helicópteros equipados con cámaras infrarrojas y tampoco podían ser detectados por radiofrecuencia. Durante la oleada, que duró tres meses, ningún dron fue derribado, al menos oficialmente y aunque se los vio salir y sumergirse del océano, jamás pudo determinarse dónde se ocultaban o abastecían.


Los drones saludan a Trump

Semanas antes de asumir la presidencia, en plena fiebre de los avistamientos, Donald Trump aseguró que iría hasta el fondo del asunto y revelaría la verdad sobre los drones a sus electores. Los drones ya habían “saludado” a Trump el 4 de enero cuando, tal vez aprovechando la proximidad del Arsenal Picatinny -que sobrevolaron alegremente más de diez veces- se dejaron ver en el Nacional Trump Golf Club, propiedad del presidente electo.

En efecto el 28 de enero de 2025, ocho días después de asumir, Trump envió a la vocera presidencial Karoline Leavitt a comunicar la gran noticia: los drones habían sido “autorizados” por la FAA, la Administración Federal de Aviación, para realizar “investigaciones” no especificadas. Esta explicación provocó cierta inquietud en los más crédulos, la burla de los incrédulos y la ira de algunos gobernadores de los estados involucrados, siendo New Jersey el principal ya que las oleadas parecieron concentrarse allí durante el tiempo que duró la invasión.


No acatan las reglas pero les encanta el streaming

No era la primera vez que vehículos aéreos de origen desconocido sobrevolaban sin problemas instalaciones militares y áreas restringidas en diversos lugares del mundo. Lo habían hecho sobre Escandinavia en 1934 y también antes y después de la explosión de las bombas atómicas sobre Japón, sobrevolando las instalaciones secretas donde las bombas se fabricaban. Pero era la primera vez que la invasión del espacio aéreo de la mayor potencia bélica estaba siendo registrada y transmitida para todo el mundo, muchas veces en directo, gracias a la conectividad de internet, sin que nadie lo pudiera ocultar. Quedaba claro, para quien quisiera verlo, que por encima del máximo poder político, económico y armamentista del planeta había algo que ningún gobierno podía controlar. 

Algo que no tenía un rostro, pero se comportaba de modo inteligente y cuyas intenciones eran una incógnita, excepto por el hecho de que parecían haber querido dejar un mensaje extremadamente claro para los ciudadanos de la Tierra. 

Habían dejado en claro que existían, que no necesitaban el permiso de ninguna autoridad terrestre para volar por donde se les antojara y que, además de conocer bien nuestra cultura no carecían de cierto extraño sentido del humor.


Esta vez nadie se suicidó, ni siquiera el jefe de la Fuerza Aérea.

Los dioses habían vuelto recargados, y elegido como escenario para sus exhibiciones el mismo lugar donde aterrizaron los marcianos en la adaptación radiofónica de la novela de H. G. Wells: New Jersey. 

Ochenta y siete años después de aquella emisión nadie se acordó de La Guerra de los mundos cuando irrumpieron los drones, ni del pánico desatado aquella terrorífica víspera de Halloween de 1938. Esta vez nadie se suicidó, ni siquiera el jefe de la Fuerza Aérea.

El tiempo no había transcurrido en vano. Los terrícolas ya estaban en mejores condiciones para cuestionar la veracidad de los comunicados de prensa y, sobre todo, para aceptar la incómoda noción de que ya no eran la especie dominante del planeta. Porque, a fin de cuentas, nunca lo habían sido.

(Un año después, aproximadamente, de publicado este artículo, fueron obtenidos testimonios del personal policial a través del acta de libertad de información y publicados por The War Zone, demostrando que las autoridades se tomaron el asunto en serio y comprobaron en más de una ocasión que los "drones" podían anular sus equipos de comunicación y hacerse invisibles al radar).

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