Un recorrido fascinante por los saltos temporales menos conocidos alrededor del mundo
La mujer entró junto a su hija a una pequeña sala, atraída por el interior del local, de aspecto futurista. Al menos, eso parecía Instant Tatt para los estándares de 2010. Eligió un diseño, apoyó el brazo y en segundos obtuvo su tatuaje sin agujas, sin demora ni dolor. Pagó con tarjeta, se retiró satisfecha y continuó su día.
La sorpresa vino después. Al volver con su hija para que también se tatuara, la casa ya no estaba. No es que hubiera cerrado: nunca había existido. Recién entonces revisó su cuenta bancaria. La transacción figuraba claramente, a nombre de Instant Tatt. Veinticuatro horas más tarde, el tatuaje desapareció.
En 2013, a poca distancia de lai inexistente casa de tatuajes, una adolescente eligió ropa de bebé para su hermana que acababa de dar a luz. La calidad era excelente y los precios absurdamente bajos. Intentó pagar con tarjeta, pero tuvo que devolver las prendas. La empleada no sabía qué era una tarjeta de crédito. Tampoco la dueña. De vuelta en casa, la joven le contó lo ocurrido a su madre, quien le dijo que era imposible, ya que la tienda donde entró había cerrado en la década de 1980. Ella lo sabía muy bien, porque en ese lugar se levantaba ahora una sucursal del banco HSBC, donde tenía una cuenta.
Esto podría parecer un relato de ciencia ficción, pero no lo es. Es Bold Street, en Liverpool. Un lugar donde estas cosas pasan.
Siguiendo la pista del dinero
Estos relatos no son exclusivos de Liverpool. Los hay diseminados por todo el mundo y, aunque nadie puede poner las manos en el fuego por su autenticidad, presentan patrones llamativos. Uno de los más persistentes es el dinero.
En 1969, el ventrílocuo Ray Alan, de gira por Chesterfield, entró a una tienda antigua y compró cigarrillos. El comerciante aceptó el pago examinando los billetes con curiosidad. Ray, por su parte, recibió una moneda antigua como parte del cambio. A la mañana siguiente, la tienda había desaparecido. Conservó la moneda como amuleto y evidencia de su extraordinario encuentro.
En Montélimar, Francia, dos parejas de turistas pagaron 19 francos —una suma irrisoria incluso para 1979— por una noche de hotel que incluía cena y desayuno. No solo el mobiliario parecía del siglo XIX, sino también el personal, vestido con trajes color ciruela típicos de la época. El caso resulta particularmente interesante por estar bien documentado y narrado por sus protagonistas. Lo llamativo es que el automóvil de los huéspedes no despertara sospechas y que el dinero moderno fuera aceptado sin discusión. Como prueba, el grupo conservó fotografías del hotel; sin embargo, a diferencia del resto del rollo, estas aparecieron completamente veladas.

En 1980, un turista en Manhattan entró a un quiosco cerca de Times Square para comprar un periódico. El vendedor, vestido con ropa de los años cuarenta, le vendió un ejemplar del New York Times por cinco centavos. El turista pagó con una moneda moderna que el hombre tomó como “un cambio raro”. El periódico llevaba titulares de 1945, sobre el fin de la Segunda Guerra Mundial. Confundido, regresó unas cuadras para reclamar, pero el quiosco había sido reemplazado por una cafetería, y el empleado aseguró que allí no había funcionado un puesto de diarios desde la década de 1970. Horas después, el periódico se desintegró en sus manos, dejando solo polvo.
Un hombre australiano entró en 1995 a una peluquería en el suburbio de Bondi para un corte rápido. El local parecía detenido en los años sesenta: sillas de vinilo, revistas antiguas y un peluquero con peinado pompadour. Pagó dos dólares australianos —un precio irrisorio— y notó que la radio transmitía noticias de la Guerra de Vietnam como si fueran actuales. Al salir, todo volvió a la normalidad. Cuando regresó con un amigo, en lugar de la peluquería había una lavandería que operaba desde 1980. No se menciona que el corte de pelo desapareciera, pero el testigo reportó un zumbido persistente en la cabeza durante varios días.
En 2008, un oficinista japonés entró a una cafetería en el distrito de Shibuya que parecía una postal de los años setenta. La música tenía una calidez extraña: provenía de viejos vinilos. Pidió un café y un onigiri, y pagó un precio sorprendentemente bajo con monedas que el barista aceptó sin objeciones, aunque las examinó con extrañeza. Al salir se sintió desorientado y regresó al local para pedir indicaciones, pero la cafetería había desaparecido, reemplazada por un konbini moderno. Una cafetería similar había cerrado en ese mismo lugar en 1985.
En 2012, en México, una mujer que buscaba herramientas en el centro histórico entró a una ferretería antigua, con estantes de madera y un dependiente vestido con un overol propio de los años cincuenta. Compró clavos y un martillo por una suma muy baja. El comerciante aceptó el efectivo murmurando algo sobre “esas raras monedas nuevas”. Al día siguiente regresó para devolver un artículo, pero en su lugar encontró una taquería moderna, cuyos dueños aseguraron llevar allí veinte años. Los clavos se oxidaron inexplicablemente de la noche a la mañana, como si fueran mucho más antiguos.
A mediados de agosto de 2014, en Las Vegas, un programador hizo su pedido en un McDonald’s alternativo al que llegó tras recibir una descarga estática mientras conducía, momento en que la autopista se volvió luminiscente. Según su propio relato, Intentó pagar con tarjeta, pero el empleado la rechazó y le ofreció un lector de huellas digitales. Optó por pagar en efectivo. El empleado aceptó, le entregó la comida junto con un voucher por la diferencia y lo saludó educadamente, aunque comenzó a tartamudear, como si se estuviera quedando sin batería. Una nueva descarga devolvió al testigo a la realidad ordinaria. Tanto la caja de comida como el voucher habían desaparecido. También el billete de veinte dólares que le entregó al empleado.
Estos casos sugieren que el intercambio comercial entre épocas es posible, aunque funcione como un idioma mal interpretado o deficientemente traducido. La transacción ocurre, pero la satisfacción no siempre está garantizada.
Maldito Tarantino
Alguien que puede hacernos pasar un buen rato con sus geniales películas pero arruinar un salto en el tiempo es Quentin Tarantino.
Un estudiante de la UCLA en el otoño de 2018 caminaba por el centro de Westwood (un barrio en Los Ángeles, California) hacia su comercio habitual de boba (una bebida taiwanesa con perlas de tapioca, muy popular en esa zona) pero en su lugar encontró una agencia de viajes de estilo retro. Intrigado, recorrió los alrededores y no sin sorpresa observó que los autos en la calle eran de finales de los años 60, y había máquinas expendedoras de periódicos antiguos con ediciones de 1968. Se asustó, pensando que había sido transportado a otra época, cuando un individuo le gritó que no podía caminar por allí. Todo el bloque de Weyburn Avenue, entre Westwood y Broxton, había sido convertido en un set de filmación para la película "Once Upon a Time in Hollywood”.
Esta anécdota, entretenida y banal, pone de relieve una diferencia sustancial con los “auténticos” deslizamientos temporales: nunca parecen ocurrir en un ambiente controlado.
Del capitalismo mágico al tiempo sacralizado
Relatos de deslices temporales aparecen en distintas regiones del mundo, donde el pasado parece resurgir de manera fugaz y localizada. La conocida experiencia de las profesoras inglesas de visita en Versalles es un ejemplo. Parecen estar viendo una película y la interacción es limitada.
Un caso menos conocido pero impresionante por la relevancia del protagonista involucra al psiquiatra suizo Carl Jung. A principios de la década de 1930 visitaba por segunda vez la tumba de Gaia Placidia en Rávena, Italia, junto a una amiga. Al entrar el lugar se llenó de una suave luz azul y, donde debían estar las ventanas que recordaba de su primera visita, vio cuatro mosaicos de gran belleza, que representaban el bautismo en el Jordán, el paso de los judíos por el mar Rojo, otro que no recuerda y el que mas lo conmovió: Jesús extendiendo la mano a Pedro que se hundía bajo las olas. Contemplaron los mosaicos durante veinte minutos y Jung, cautivado por un arte tan excelso, intentó comprar fotografías pero no encontró quien las vendiera. Años más tarde encargó a un amigo que visitaba Rávena que tomara fotos y se las enviara. El amigo aceptó el encargo, pero no pudo cumplir ya que los mosaicos no existían.
En la mayoría de estos casos, la gente asiste a reediciones del pasado como meros espectadores, aunque hay excepciones.
En la República Dominicana, cerca de la Cueva de las Maravillas, existen relatos de espeleólogos que han visto figuras taínas realizando rituales, para luego descubrir que el acceso a la cámara donde se internaron estaba sellado por rocas desde hacía cientos de años.
En Bold Street se ha observado que los deslices hacia el pasado rara vez superan los cincuenta años y nunca retroceden más allá de la construcción del ferrocarril.
Camioneros que recorren la Ruta Nacional 35, en La Pampa argentina, afirman ver ocasionalmente el pueblo de Naicó iluminado, con gente vestida de gala y el bullicio propio de una estación ferroviaria en pleno funcionamiento. La visión es tan hermosa como trágica: tras la desaparición del tren, Naicó fue abandonado y hoy apenas conserva una decena de habitantes.
Pese a la distancia, el ferrocarril parece unir el norte y el sur en un mismo fenómeno extraño.
El tiempo estancado
Una variedad poco frecuente de estos episodios no parece implicar viajes al pasado o al futuro, sino la entrada a un paisaje donde el tiempo queda estancado.
En 2017, en Canadá, un usuario llegó a un McDonald’s parcialmente bloqueado por botes de basura y casi vacío, salvo por un anciano que resolvía un crucigrama. El hombre pidió un café. Dos empleados detrás de la caja lo prepararon torpemente, como si no supieran usar la máquina. El local no parecía cerrado ni en refacción: simplemente detenido. Al salir, el estacionamiento estaba repentinamente lleno de autos, aunque sin personas en ellos. Un vehículo aguardaba en el autoservicio; el conductor miraba al vacío y nadie atendía la ventanilla. Al día siguiente, todo había vuelto a la normalidad y el dueño negó que algo inusual hubiera ocurrido.
En Cuba, el estancamiento del tiempo no sólo ocurre, sino que tiene un responsable. Quienes se encuentran con El Güije, criatura que habita ríos y lagunas, se deslizan hacia un tiempo detenido, como el agua de una charca.
Aquí el patrón se bifurca. En el norte, el estancamiento es inofensivo: una anomalía menor en el servicio de una cadena de comida rápida. En Latinoamérica, su equivalente acecha en aguas quietas y peligrosas. Mientras que en el modelo anglosajón el intercambio es predominantemente comercial —un error en la transacción—, al descender hacia el sur el “pago” deja de ser monetario y se vuelve ritual.
En las leyendas de las cuevas temporales de Puebla o en los encuentros con el Mohán en Colombia, el testigo entra en una cueva, bebe y fuma con “el Viejo” y, al salir, no ha perdido veinte dólares sino veinte años de su vida. El tiempo no se quiebra en un mostrador, sino en una geografía sagrada que exige tributo por el acceso a sus secretos.
El sistema no falla
En otros relatos, el foco ya no está en el dinero que desaparece, sino en la respuesta del sistema. Un hombre compra electrodomésticos y, al buscar el registro, la empleada le dice: “Lo siento, señor. Usted no existe”. En un autoservicio, el cajero informa a un cliente: “Usted ya pasó por la fila hace un rato”.
Esta sensación de exclusión no es nueva, pero ha cambiado de forma. En 1819, Washington Irving nos presentó a Rip Van Winkle, quien despertó veinte años después en una nación que ya no lo reconocía. Entonces, el catalizador era un licor místico en una montaña sagrada. Hoy no hace falta dormir décadas para volverse extranjero: basta con un error en una base de datos interdimensional. El “usted no existe” de la cajera es el eco moderno del vacío que sintió Rip al ver el retrato de Washington donde antes colgaba el del rey Jorge.
En América Latina, el síndrome de exclusión adopta un matiz diferente y a menudo se manifiesta como visiones de futuros intimidantes. Los testigos insisten en que no se trata de alucinaciones, sino de desplazamientos súbitos hacia paisajes extraños. Afortunadamente, no todas estas visiones son de pesadilla.
Prismas del tiempo: Lince y otras visiones del futuro latinoamericano
No todos los deslices temporales miran hacia atrás. En el distrito de Lince, en Lima, la Avenida Canevaro actúa como un prisma inverso. Testigos afirman haber cruzado una frontera invisible donde el ruido de la capital desaparece. En su lugar surge una ciudad desolada, de edificios metálicos altísimos y sin ventanas, bajo un cielo carmesí o ceniciento. No hay árboles ni animales ni transeúntes, salvo raras excepciones.
En uno de los casos, un viandante entabla una breve conversación con el testigo; tiempo después, ese mismo conocido no recuerda el encuentro. En otro, un grupo de actores camina por la avenida alterada cuando un desconocido les entrega un sobre que, leído a trasluz, contiene una pregunta inquietante: “¿Ustedes creen en Dios?”. El peso teológico de la frase puede ocultar lo esencial: ¿no es esta una forma de indicar que “el otro lado” a veces también cruza hacia aquí?
Mientras el McDonald’s de Las Vegas mostraba un futuro distópico cercano y la casa de tatuajes de Liverpool uno tecnológico y eficiente, Lince ofrece una visión distinta: un paisaje urbano descartado, como si ya no fuera habitable. No se diferencia demasiado de una ciudad posterior a una deflagración atómica. Es la imagen de una modernidad fría que espera en el banquillo de las realidades posibles, manifestándose solo cuando el silencio de la calle se vuelve absoluto.
Sin embargo, en los entresijos del tiempo aparecen también construcciones luminosas.
Conductores nocturnos aseguran que en ciertos tramos de la carretera 116, cerca del valle de Las Lajas, en Puerto Rico, los cañaverales desaparecen y dan paso a un complejo industrial o ciudad de estructuras metálicas, iluminadas por luces blancas azuladas de gran intensidad. Un trayecto habitual de diez minutos parece estirarse indefinidamente. Al salir del bucle, los vehículos suelen presentar fallos electrónicos o magnetismo residual, un detalle incómodo para quienes atribuyen estos relatos a la imaginación.
A la de Puerto Rico pueden agregarse unas cuantas visiones de ciudades interdimensionales: la del Valle del Silencio en México, la “ciudad de Erks” en Córdoba, Argentina (hacia la cual se organizan tours desde Europa con tarifas siderales), la de Marcahuasi y las tres supuestamente descubiertas en 2025 en Salta, Argentina.
Pero la más intrigante de todas no es una ciudad sino una estación de subterráneo en Buenos Aires. La línea H se distingue por conectar transversalmente la ciudad, de norte a sur, y por su moderna ingeniería. Algunos pasajeros, en lo que suele clasificarse como leyenda urbana, aseguran ver a través del vidrio una estación inexistente, de estética futurista y carteles en una tipografía irreconocible. Al llegar a la siguiente parada, el reloj ha avanzado varios minutos sin explicación.
Lo que persiste
Los saltos en el tiempo no son un fenómeno nuevo ni exclusivamente local, pero tampoco están desligados de la geografía y la cultura donde se producen.
La imagen que dibujan no es la de una proliferación infinita de mundos, sino la de un proceso de selección: versiones de la realidad que se ensayan, se sostienen mientras funcionan y se descartan cuando dejan de ser útiles.
El problema aparece cuando alguien recuerda —o sigue viviendo— en una versión de la realidad que ya fue descartada.