
De como la política convirtió la ufología en espectáculo
En febrero de 2026, durante una entrevista con el comentarista digital Brian Tyler Cohen, el expresidente Barack Obama volvió a deslizarse por una de sus madrigueras de conejo predilectas —los extraterrestres— con la misma alegría con la que, quizás, se arrojaba de niño a un tobogán que era, en realidad, una máquina del tiempo. Una máquina que a veces lo teleportaba a Marte. Y lo hizo con la naturalidad de quien ya conoce el camino y sabe dónde están las cámaras. Entre sus compañeros de ese extraño juego había una niña que llegaría, como él, a ocupar una posición descollante en las esferas del poder, y otro niño que, ya convertido en abogado respetado, contaría para nuestro asombro los entretelones de esta increíble historia.
“Son reales”, respondió Obama. “Pero no los he visto. Y no están siendo guardados en… ¿cómo se llama? Área 51. No hay ninguna instalación subterránea, a menos que exista una enorme conspiración y se la hayan ocultado al presidente de los Estados Unidos.”
Es la respuesta perfecta: niega sin negar, afirma sin afirmar y, sobre todo, entretiene. En el universo ovni, el secreto absoluto resulta sospechoso; la negación total, poco rentable, ahora que el negocio escéptico fue sepultado por el más lucrativo de las desclasificaciones.
Obama aprendió la regla de oro del género: jamás cerrar del todo la puerta. Siempre puede haber una conspiración. Siempre puede haber un nivel superior del cual uno mismo no fue informado. Siempre puede haber merchandising.
A cualquiera que se haya internado en el laberinto ovni le sucede lo mismo: empieza buscando pruebas y termina encontrando estructuras de poder, archivos clasificados y alguna que otra audiencia pública donde se admite, con sobriedad institucional, que sí, algo se ocultó. No todo. Sólo lo suficiente. Y que si entre tanto archivo abierto se cuela alguna descarada mentira, será en nombre de la seguridad nacional, el shock ontológico o el género humano, aunque no se especifica si eso incluye a los chinos.
En 2020, en The Late Show with Stephen Colbert, Obama contó que al asumir en 2009 preguntó si existía un laboratorio secreto con especímenes alienígenas. La respuesta fue no. Pero el dato verdaderamente interesante no es la negativa, sino la pregunta. El interés de Obama por el fenómeno parece genuino.
Años antes, también en tono humorístico, había dicho que “los aliens tienen control total sobre nosotros”. En política, el humor es un simulador de vuelo: permite ensayar aterrizajes en pistas peligrosas. El primer ministro ruso hizo algo similar en 2012 al sugerir que, para entender a los visitantes de otros mundos, bastaba con ver Hombres de Negro 3. La pedagogía geopolítica nunca fue tan cinematográfica.
Entre los proyectos figura una adaptación del célebre caso de abducción de Betty y Barney Hill, ocurrido en 1961. El episodio es considerado el acta de nacimiento de las abducciones modernas y contiene los elementos comunes a las que vendrian después. Inaugura el uso de hipnosis regresiva, que casi invariablemente resulta en exámenes médicos interestelares, traumas persistentes y, en el caso de los Hill, un mapa estelar dibujado bajo trance.
Aquel mapa señalaba a Z Reticuli como posible origen de los visitantes. Carl Sagan lo examinó y sostuvo, con prudencia científica, que la interpretación era ambigua. Pero la ambigüedad es el combustible del fenómeno. Desde entonces, los “grises” se volvieron reticulianos y Betty Hill adoptó el título de “abuela de los abducidos”. No todos pueden presumir de fundar una tradición.
Sin embargo, hay un elemento menos cósmico y más terrestre en esta historia: Betty y Barney eran un matrimonio interracial en un país donde esas uniones todavía resultaban incómodas y, en muchos estados, ilegales hasta 1967. Mientras algunos miraban las estrellas, otros vigilaban los registros civiles.
Barney Hill era un hombre negro. Obama fue el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. La primera pareja de abducidos era, en sí misma, una anomalía social. Si hay alguien capaz de entender lo que eso significa, ¿quién mejor calificado que Obama?.No se puede negar que sería una interesante perspectiva. No quisiera sembrar falsas expectativas, pero si por casualidad en el documental confesara que fue teleportado a Marte, podría ser reelegido indefinidamente como productor de temas alienigenas.
Barry, el niño que viajaba a Marte
El abogado Andrew Basiago sostiene que participó en un programa secreto de viajes temporales llamado “Project Pegasus” y que un joven Obama —“Barry Soetoro”— fue uno de los niños reclutados.
Está documentado que durante su niñez en Indonesia Obama utilizaba el diminutivo “Barry” y que en registros escolares aparece como “Barry Soetoro”, apellido de su padrastro. Ese es el único punto en el que la historia pisa suelo firme. Todo lo demás despega verticalmente.
Conviene recordar que Obama entró en el relato de Basiago cuando ya ocupaba el Despacho Oval. Aunque, para ser justos, Basiago no afirmó que Obama sería presidente; solo que fue teleportado a Marte. Una cosa es predecir el futuro, otra modificar el pasado, basándose en información clasificada.
En 2012, cuando la historia comenzó a circular con insistencia, la Casa Blanca respondió que el presidente no había estado en el planeta rojo “salvo que se cuente haber visto a Marvin el Marciano”. La frase fue ingeniosa. También reveladora: cuando el poder se ve obligado a desmentir viajes interplanetarios infantiles, algo interesante está ocurriendo en la cultura.
Basiago incluso se presentó a las elecciones presidenciales de 2016 con la promesa de desclasificar la tecnología de viaje en el tiempo. No ganó. La democracia, al parecer, aún no está lista para debates sobre cronología retroactiva.
Si se deja de lado el detalle menor de utilizar niños para experimentos espaciotemporales, el Proyecto Pegasus resulta casi ejemplar en términos de diversidad: habría reclutado a un futuro presidente afroamericano y promovido con décadas de anticipación a quien sería la primera mujer en dirigir DARPA, Regina Dugan. No todas las conspiraciones pueden presumir de semejante sensibilidad institucional.
Si esa hipótesis fuera cierta —y esto ya es especulación personal— el objetivo podría haber sido más sofisticado que desacreditar testigos. Tal vez se trataba de algo más pedagógico: convertir a una pareja interracial en advertencia, insinuar que ciertos cruces sociales podían terminar bajo luces brillantes y mesas de examen extraterrestres.
La ironía es que, si ese era el plan, fracasó por completo. Hoy la abducción es inclusiva. Cualquiera puede ser examinado por seres de grandes ojos, sin distinción de raza, credo o clase social. El castigo dejó de ser ejemplar y pasó a ser universal.
Quizás el verdadero error fue suponer que incluso los extraterrestres compartirían prejuicios racistas.
Truman optó por la negación elegante. Puerta cerrada, asunto terminado. Eso no impidió que las teorías conspirativas lo incluyeran en su panteón. Pero su estrategia era clara: el misterio no necesitaba ser teatralizado. Sobre todo si ponía en entredicho la autoridad. O peor aun, sembraba dudas sobre quién manejaba el planeta.
Obama, en cambio, entendió que el misterio no puede ser eliminado y que, como Roswell, siempre renace de sus cenizas. Es adaptativo. No necesita fe, sólo audiencia.
El encubrimiento cambió de formato: ya no se archiva en hangares, se procesa en streaming.
Entre la vaca violeta y el marciano de dibujos animados, la ufología dejó de ser un secreto de Estado para convertirse en género. Y cuando finalmente llegue la revelación —si llega— no irrumpirá en cadena nacional.
Tendrá tráiler.
Y plan premium.
“Son reales”, respondió Obama. “Pero no los he visto. Y no están siendo guardados en… ¿cómo se llama? Área 51. No hay ninguna instalación subterránea, a menos que exista una enorme conspiración y se la hayan ocultado al presidente de los Estados Unidos.”
Es la respuesta perfecta: niega sin negar, afirma sin afirmar y, sobre todo, entretiene. En el universo ovni, el secreto absoluto resulta sospechoso; la negación total, poco rentable, ahora que el negocio escéptico fue sepultado por el más lucrativo de las desclasificaciones.
Obama aprendió la regla de oro del género: jamás cerrar del todo la puerta. Siempre puede haber una conspiración. Siempre puede haber un nivel superior del cual uno mismo no fue informado. Siempre puede haber merchandising.
A cualquiera que se haya internado en el laberinto ovni le sucede lo mismo: empieza buscando pruebas y termina encontrando estructuras de poder, archivos clasificados y alguna que otra audiencia pública donde se admite, con sobriedad institucional, que sí, algo se ocultó. No todo. Sólo lo suficiente. Y que si entre tanto archivo abierto se cuela alguna descarada mentira, será en nombre de la seguridad nacional, el shock ontológico o el género humano, aunque no se especifica si eso incluye a los chinos.
En 2020, en The Late Show with Stephen Colbert, Obama contó que al asumir en 2009 preguntó si existía un laboratorio secreto con especímenes alienígenas. La respuesta fue no. Pero el dato verdaderamente interesante no es la negativa, sino la pregunta. El interés de Obama por el fenómeno parece genuino.
Años antes, también en tono humorístico, había dicho que “los aliens tienen control total sobre nosotros”. En política, el humor es un simulador de vuelo: permite ensayar aterrizajes en pistas peligrosas. El primer ministro ruso hizo algo similar en 2012 al sugerir que, para entender a los visitantes de otros mundos, bastaba con ver Hombres de Negro 3. La pedagogía geopolítica nunca fue tan cinematográfica.
Obama y los Hill
El interés no quedó en declaraciones ingeniosas. Tras dejar la Casa Blanca, Barack y Michelle Obama fundaron Higher Ground Productions, asociada con Netflix.Entre los proyectos figura una adaptación del célebre caso de abducción de Betty y Barney Hill, ocurrido en 1961. El episodio es considerado el acta de nacimiento de las abducciones modernas y contiene los elementos comunes a las que vendrian después. Inaugura el uso de hipnosis regresiva, que casi invariablemente resulta en exámenes médicos interestelares, traumas persistentes y, en el caso de los Hill, un mapa estelar dibujado bajo trance.
Aquel mapa señalaba a Z Reticuli como posible origen de los visitantes. Carl Sagan lo examinó y sostuvo, con prudencia científica, que la interpretación era ambigua. Pero la ambigüedad es el combustible del fenómeno. Desde entonces, los “grises” se volvieron reticulianos y Betty Hill adoptó el título de “abuela de los abducidos”. No todos pueden presumir de fundar una tradición.
Sin embargo, hay un elemento menos cósmico y más terrestre en esta historia: Betty y Barney eran un matrimonio interracial en un país donde esas uniones todavía resultaban incómodas y, en muchos estados, ilegales hasta 1967. Mientras algunos miraban las estrellas, otros vigilaban los registros civiles.
Barney Hill era un hombre negro. Obama fue el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. La primera pareja de abducidos era, en sí misma, una anomalía social. Si hay alguien capaz de entender lo que eso significa, ¿quién mejor calificado que Obama?.No se puede negar que sería una interesante perspectiva. No quisiera sembrar falsas expectativas, pero si por casualidad en el documental confesara que fue teleportado a Marte, podría ser reelegido indefinidamente como productor de temas alienigenas.
Barry, el niño que viajaba a Marte
El abogado Andrew Basiago sostiene que participó en un programa secreto de viajes temporales llamado “Project Pegasus” y que un joven Obama —“Barry Soetoro”— fue uno de los niños reclutados.
Está documentado que durante su niñez en Indonesia Obama utilizaba el diminutivo “Barry” y que en registros escolares aparece como “Barry Soetoro”, apellido de su padrastro. Ese es el único punto en el que la historia pisa suelo firme. Todo lo demás despega verticalmente.
Conviene recordar que Obama entró en el relato de Basiago cuando ya ocupaba el Despacho Oval. Aunque, para ser justos, Basiago no afirmó que Obama sería presidente; solo que fue teleportado a Marte. Una cosa es predecir el futuro, otra modificar el pasado, basándose en información clasificada.
En 2012, cuando la historia comenzó a circular con insistencia, la Casa Blanca respondió que el presidente no había estado en el planeta rojo “salvo que se cuente haber visto a Marvin el Marciano”. La frase fue ingeniosa. También reveladora: cuando el poder se ve obligado a desmentir viajes interplanetarios infantiles, algo interesante está ocurriendo en la cultura.
Basiago incluso se presentó a las elecciones presidenciales de 2016 con la promesa de desclasificar la tecnología de viaje en el tiempo. No ganó. La democracia, al parecer, aún no está lista para debates sobre cronología retroactiva.
Si se deja de lado el detalle menor de utilizar niños para experimentos espaciotemporales, el Proyecto Pegasus resulta casi ejemplar en términos de diversidad: habría reclutado a un futuro presidente afroamericano y promovido con décadas de anticipación a quien sería la primera mujer en dirigir DARPA, Regina Dugan. No todas las conspiraciones pueden presumir de semejante sensibilidad institucional.
La hipótesis CIA
Algunos investigadores han sugerido que el caso Hill pudo haber sido una operación psicológica vinculada a la CIA, y la experiencia una alucinación inducida y programada con la participación del complejo militar.Si esa hipótesis fuera cierta —y esto ya es especulación personal— el objetivo podría haber sido más sofisticado que desacreditar testigos. Tal vez se trataba de algo más pedagógico: convertir a una pareja interracial en advertencia, insinuar que ciertos cruces sociales podían terminar bajo luces brillantes y mesas de examen extraterrestres.
La ironía es que, si ese era el plan, fracasó por completo. Hoy la abducción es inclusiva. Cualquiera puede ser examinado por seres de grandes ojos, sin distinción de raza, credo o clase social. El castigo dejó de ser ejemplar y pasó a ser universal.
Quizás el verdadero error fue suponer que incluso los extraterrestres compartirían prejuicios racistas.
Truman y la vaca violeta
Cuando el inolvidable Jim Moseley —uno de los bromistas y chismógrafos más singulares de la ufología— preguntó al expresidente Harry S. Truman por los platillos voladores, este respondió: “Nunca he visto una vaca violeta y tampoco quiero verla.” Con esa frase cerró la conversación y, por un instante, el caso Roswell.Truman optó por la negación elegante. Puerta cerrada, asunto terminado. Eso no impidió que las teorías conspirativas lo incluyeran en su panteón. Pero su estrategia era clara: el misterio no necesitaba ser teatralizado. Sobre todo si ponía en entredicho la autoridad. O peor aun, sembraba dudas sobre quién manejaba el planeta.
Obama, en cambio, entendió que el misterio no puede ser eliminado y que, como Roswell, siempre renace de sus cenizas. Es adaptativo. No necesita fe, sólo audiencia.
Epílogo
En 1947, Truman respondió con una vaca violeta mientras Roswell ardía en rumores. Décadas después, un primer ministro recomendaba cine para comprender a los “visitantes”. Y casi ochenta años más tarde, un expresidente convierte la abducción más célebre en contenido audiovisual.El encubrimiento cambió de formato: ya no se archiva en hangares, se procesa en streaming.
Entre la vaca violeta y el marciano de dibujos animados, la ufología dejó de ser un secreto de Estado para convertirse en género. Y cuando finalmente llegue la revelación —si llega— no irrumpirá en cadena nacional.
Tendrá tráiler.
Y plan premium.