El caso que el FBI no pudo resolver
En marzo de 1953, Jim Phelan, periodista de Los Angeles, recibió la visita de un individuo que afirmaba proceder de Venus. Buscaba publicidad, “para mutuo beneficio nuestro y de la Tierra”.
Antes de despacharlo como habitualmente se hacía en la redacción con otros fabuladores y excéntricos, Phelan notó un extraño tinte azulado en la piel del visitante. De casi dos metros, orejas puntiagudas “como las de algunos perros asiáticos” y manos carentes, al parecer, de articulaciones, el venusino vestía de forma chapucera, con ropa claramente de segunda mano, posiblemente adquirida en una tienda para marineros.
“¿Cómo llegó hasta nuestro planeta?” preguntó Phelan. El sujeto respondió que había aterrizado su platillo volante en el desierto de Mojave, y de allí viajado a San Bernardino haciendo autoestop. Phelan preguntó cuál era el propósito de su visita a la Tierra. “Queremos estudiar sus mentes y costumbres” respondió el venusino.
Phelan le explicó que buscar publicidad podría ser contraproducente y conducirlo a ser encerrado en un manicomio, o peor aún, capturado por las autoridades. El venusino lo entendió. “Por favor no nos haga esa clase de publicidad “.
La conversación continuó amigablemente, aunque el visitante guardó silencio cuando se le preguntó dónde estaba su nave. En cambio, afirmó que el clima de Los Ángeles era demasiado caluroso para su especie, “incluso en invierno”.
“Esto debe implicar que no viene realmente de Venus, ya que por su proximidad al sol, debería tener dos o más veces la temperatura terrestre” observa Harold T. Wilkins, a quien le fue enviado este relato y lo incluyó en su magnífico Flying saucers uncensored, publicado en 1955.
Aunque Wilkins especula con otros posibles orígenes de los visitantes, este comentario, cuando la cultura ufológica de la época aceptaba queVenus podía ser un planeta habitable, echa por tierra la imagen estereotipada del autor.
A menudo se lo ha querido presentar como un fanático sensacionalista aficionado a las conspiraciones. La realidad, no obstante, es que su libro trae ideas sorprendentemente “modernas”: la presunta naturaleza interdimensional del fenómeno, la contaminación de los relatos por desarrollos militares secretos e incluso la posibilidad de que los "discos" fueran pilotadas por control mental. Wilkins trata sus fuentes con escepticismo pero no las condena de antemano. Sugiere que los visitantes poiían proceder del "doble etérico" de Venus, una idea muy en boga en la época: más que por un discutible comentario astronómico, Wilkins asombra por un claro ejercicio de racionalidad. Tampoco puede pasarse por alto la ironía del venusino, que debía conocer, mejor que nadie, lo que realmente tendría que ser un calor infernal.
El periodista preguntó al venusino si podía ofrecer una prueba de su origen no terrestre. El extranjero rasguñó un pesado escritorio de madera robusta, provocando un surco profundo. ”¿Le parece suficiente como prueba?“ preguntó el extraño. “De lo contrario puedo arrojar el escritorio por la ventana”. Phelan se mostró convencido y le pidió que lo volviera a llamar al día siguiente, seguro de que su interlocutor no regresaría.
Pero se equivocaba. A la mañana siguiente el extraño se presentó con un acompañante de similar altura y tinte azulado en la piel. Phelan hizo arreglos para conseguirles trabajo en una oficina municipal, donde el dúo mostró sus habilidades para dejar surcos profundos rasguñando superficies, esta vez no de madera sino de acero. También revelaron facultades de rastreo sobrehumanas: resolvían casos de personas extraviadas en dos horas y media, que a los mejores detectives les tomaba casi un mes. Pero cuando el F.B.I. decidió investigar, los "venusinos" se desvanecieron, aparentemente anticipándose a los acontecimientos.
¿Tecnología exótica o truco de laboratorio?
Las muescas profundas dejadas sobre el acero fueron analizadas y en ellas aparecieron catorce elementos extraños, según el informe. Pero en lugar de presentar esto como una prueba definitiva de origen extraterrestre, Wilkins sugiere que este “milagro” podría ser el resultado de ingeniería de materiales avanzada o manipulación química.
Es un ejercicio notable de escepticismo dentro de su propio campo. Wilkins parece advertir que, si el contacto fuera real, el fraude también podría serlo. Y que el conocimiento de nuevos materiales —como los plásticos utilizados en radares militares— podían ser la clave para fabricar pruebas aparentemente imposibles.
¿Ingeniería de la desinformación?
Uno de los aspectos más interesantes del relato es la sospecha de Wilkins sobre quiénes podían estar construyendo estas historias. Identifica un curioso dúo que operaba en Santa Mónica, compuesto por un escritor de ciencia ficción "de imaginación exuberante" y un trabajador de una fábrica de plásticos vinculada a tecnología de radar. Para Wilkins, ellos no serían los “venusinos”, sino los artesanos del mito. El trabajador aportaría materiales extraños o muestras aparentemente inexplicables gracias a su acceso a nuevos compuestos industriales. El escritor transformaría esas pruebas en una historia épica, mezclándolas con Atlántida, Lemuria y visiones espirituales.
Si esto fuera cierto, el fenómeno ovni de los años cincuenta no sería solo un misterio cósmico, sino también un laboratorio cultural donde tecnología real y mitología moderna se contaminaban mutuamente
El problema del testigo colectivo
Sin embargo, esta explicación tiene un problema. Según el relato, los dos individuos no se limitaron a impresionar a un periodista. Llegaron a trabajar en una oficina municipal, interactuando con múltiples empleados y resolviendo casos con habilidades extraordinarias.
Eso cambia completamente la escala del enigma. Mantener un fraude durante días o semanas dentro de una oficina pública requeriría una logística considerable. Si todo fue un engaño, entonces caben pocas posibilidades: una complicidad colectiva dentro de la oficina; un experimento controlado del propio gobierno, o una puesta en escena con objetivos desconocidos.
En 1953, organizar algo así no estaba al alcance de un par de bromistas. ¿O sí?
La sombra del FBI
El detalle más intrigante es la aparición del Federal Bureau of Investigation. Si se trataba de un par de bromistas excéntricos, lo más probable es que hubieran sido ignorados por las autoridades. Sin embargo, según Wilkins, la agencia mostró un gran interés en el asunto. Esto abre otra posibilidad. Quizá el FBI no investigaba si venían de Venus. Dos individuos capaces de resolver casos complejos en pocas horas podrían haber despertado interés por motivos mucho más prácticos. Para la incipiente paranoia de la época, daba igual si se trataba de venusinos, rusos o dotados psíquicos: las habilidades paranormales eran un bien muy codiciado, y no tenían tan mala prensa como ahora.
De los hombres azules a los objetos en radar
El contraste con los relatos de la ufología actual es notable. En los años cincuenta el fenómeno se presentaba como profundamente humano. Los visitantes caminaban, hablaban, se equivocaban, sentían frío o calor. A veces incluso buscaban trabajo. Era un fenómeno social, no solo tecnológico.
Hoy la discusión gira casi exclusivamente en torno a sensores: se habla de firmas infrarrojas, velocidades hipersónicas, objetos “transmedio”, como si esas características no se vinieran registrando desde hace unas ocho décadas o incluso antes. No se trata de que el método sea incorrecto; se ofrece como algo novedoso un enfoque que no ha conducido a ninguna parte.
El misterio ha pasado de “quiénes son” a “qué es eso que aparece en la pantalla”.
El valor de una historia improbable
Incluso si el relato de Wilkins fuera exagerado o ficticio, conserva un valor enorme como documento cultural. En 1953, imaginar extraterrestres infiltrándose silenciosamente en la vida cotidiana tenía un significado particular. No eran invasores espectaculares como en La guerra de los mundos, sino figuras ambiguas que podían aparecer en cualquier lugar. Incluso en una oficina municipal. Tal vez por eso esta historia sigue siendo tan fascinante: sugiere que el fenómeno no siempre se manifiesta como luces en el cielo.
Y sin embargo, hay un detalle que vuelve difícil archivar el caso como simple folclore. Si los visitantes eran impostores, su desaparición fue extraordinariamente limpia. No hubo detenciones, ni retractaciones públicas, ni bromistas confesando décadas después, como suele ocurrir con casi todos los fraudes famosos.
Y hay otro detalle. El periodista mencionado en la historia —Jim Phelan, de Los Angeles— existió de verdad. Lo curioso es que no era un creyente en platillos voladores. Era un periodista especializado en desenmascarar fraudes. Si un auténtico no humano quería provocar una grieta en el escepticismo, no pudo haber elegido a un mejor testigo.
Pero también se puede sospechar algo más terrenal. Wilkins cita entre sus fuentes ---aunque no para este caso particular--- a Gray Barker (de quien dice ser amigo) y a Jim Moseley. Ambos eran, además de aficionados a la ufología, sofisticados bromistas, que llegaron a utilizar papeles membretados oficiales para premiar a Adamsky, en nombre del gobierno, por su contribución a la causa extraterrestre.
La década de 1950 no tenía redes sociales, pero algunos ya parecían comprender cómo construir una historia viral que perdurase en el tiempo.
