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Mecánica Popular, febrero de 1967



¿Qué causó el apagón,  Platillos Voladores?

Por John G. Fuller
Dibujo por Gil Evans

Hace poco más de un año la región nororiental de los Estados Unidos se sumió en la oscuridad. Por varias semanas antes se vieron extrañas naves volando sobre New Hampshire. ¿Tuvieron algo que ver con el misterioso apagón?

Este apagón causado por una falla de la Estación de Fuerza del Noreste el 9 de noviembre de 1965 dio origen a uno de los misterios más grandes de nuestros tiempos. Treinta y seis millones de personas se vieron sumidas súbitamente en la oscuridad más absoluta.
Casi 800.000 personas quedaron atrapadas en ascensores, trenes subterráneos y trenes suburbanos. En vano revoletearon cientos de aviones sobre los aeropuertos, tratando de aterrizar.

El 11 de noviembre informaba el periódico New York Times que todo estaba volviendo a la normalidad, pero que aún no se sabía cuál era la causa del corte de luz y fuerza. Las autoridades confesaron que no estaban seguras de que no ocurriría lo mismo de nuevo.

Fue extraño que no se produjeran daños físicos. Sólo se descompusieron unos cuantos generadores. Las compañías eléctricas pudieron reanudar su servicio con el mismo equipo.
De haber ocurrido un incendio o un cortocircuito o de haberse caído una torre, la causa se habría averiguado con rapidez. Poco después de comenzar el apagón se creyó que la falla se debía a la rotura de unos cables cerca de las Cataratas del Niágara. Pero se realizó una rápida comprobación que desvirtuó esto.

A las 10 de la noche se dio a conocer la noticia de que la dificultad se debía a una avería en la subestación de control remoto en Clay, New York, 16 kilómetros al norte de Syracuse. Los cables de alta tensión sobre Clay forman parte de la "autopista" de distribución de fuerza que se extiende hacia las Cataratas del Niágara para luego seguir hacia el este, hasta Utica, y de allí al sur, hasta la ciudad de Nueva York.
Los reparadores que se dirigieron a Clay no encontraron ningún desperfecto en la subestación.

Enorme bola roja

Sucedió otra cosa fuera de Syracuse que recibió poca atención en la prensa. Weldon Ross, un piloto particular, se estaba aproximando al aeropuerto de Hancock Field, en Syracuse. Era casi el momento exacto en que ocurrió el apagón. Mientras echaba un vistazo hacia abajo, por encima de los cables eléctricos cerca de la subestación de Clay, apareció una gigantesca bola de color rojo. Tenía un diámetro de aproximadamente 30 metros. Robert C. Walsh, subcomisionado de la Agencia Federal de Aviación en Syracuse, dijo que vio el mismo fenómeno.

El fotógrafo Arthur Rickerby tomó una impresionante foto de Nueva York justamente después del apagón. En el lado oeste del firmamento hay un objeto brillante, de color plateado, que nadie hasta ahora sabe lo que es. Apareció esta foto en la edición de la revista Time del 19 de noviembre de 1965.

Hasta ahora no ha habido una explicación satisfactoria de lo que dio lugar a ese gran apagón. Se le ha echado la culpa a una avería en la estación generadora de Sir Adam Beck, en Queenston, Ontario. Pero se comprobó después que no existía ningún desperfecto en el relevador. Volvió a funcionar de manera normal cuando se reanudó la corriente eléctrica. La línea de fuerza que protegía no había sufrido daño alguno.

Aun en su edición del 4 de enero de 1966 se preguntaba el New York Times si se habían tomado las medidas necesarias para evitar apagones semejantes en el futuro. Decía así el periódico:

"Estas preguntas se relacionan más o menos con la causa, aún no totalmente explicada, del apagón del mes de noviembre pasado." Las palabras en bastardilla son nuestras.

A pesar de que vivo justamente en las afueras de Nueva York, no hubo un corte de luz en mi vecindario. Por casualidad me encontraba en Exeter, New Hampshire, una apacible población de Nueva Inglaterra habitada por 6.500 personas, 19 kilómetros al suroeste de Portsmouth. A pesar de que quedaron en la oscuridad todas las regiones en su derredor, Exeter siguió con luz. Yo no podía creer las noticias que se transmitían por radio.

Había estado en Exeter repetidas veces durante las últimas tres semanas, investigando por cuenta propia una fantástica serie de informes sobre la aparición de platillos voladores en esa región.

Oí por primera vez de estas apariciones cuando, a las 2:24 de la madrugada del 3 de septiembre de 1965, Norman Muscarello, quien iba a ingresar a la Marina tres semanas después, llegó visiblemente alterado a la estación de policía de Exeter.

Había estado esperando a que lo recogiera un coche en la Carretera 150. Había poco tránsito y se vio obligado a caminar. Cerca de un despejado entre dos casas, la "Cosa", como lo llamó Muscarello, bajó del cielo para dirigirse hacia él. Tenía un diámetro de 24 a 30 metros y llevaba brillantes luces rojas que lanzaban destellos alrededor de un aro. No salía ningún ruido de él. Cuando pareció que el objeto iba a arremeter contra él, Muscarello se echó de bruces sobre el borde del camino. Luego el objeto pareció revolotear sobre una de las casas. Finalmente retrocedió para desaparecer.

—Mire usted —le gritó Muscarello al policía Reginald Toland, quien se hallaba de guardia en la estación—, sé que no me cree. Pero tiene que mandar a alguien que vaya conmigo a ese lugar.
El agente Toland conectó su radio policíaco y llamó al coche de patrullaje No. 21. A los cinco minutos llegó el agente Eugene Bertrand a la estación. Bertrand, un veterano de la Fuerza Aérea, dio a conocer una extraña coincidencia. Como una hora antes, mientras se hallaba manejando cerca del puente en la Carretera 101, se encontró con un auto estacionado. Había una mujer sola ante el manubrio. Dijo que un enorme y silencioso objeto en el aire la había estado siguiendo desde Epping, a una distancia de 19 kilómetros. Tenía luces rojas y brillantes que echaban destellos. Cuando llegó ella al puente, el objeto salió corriendo a una increíble velocidad para desaparecer.

Toland se volvió hacia Muscarello:
—¿Suena esto a la cosa que vio usted?
—Exactamente —contestó Muscarello.

Regreso al campo

Eran casi las 3 de la madrugada cuando el agente Bertrand, todavía tratando de sosegar a Muscarello, llegó al campo junto a la Carretera 150. La noche era cálida y clara, aunque sin luna. La visibilidad era perfecta. No soplaba el viento y las estrellas brillaban con gran claridad. Recogió el micrófono de su aparato de radio para decirle a Toland que no veía nada anormal, pero que el joven que lo acompañaba todavía se encontraba tan nervioso que iba a caminar un poco por el campo con él.

—Estaré fuera del coche por unos cuantos minutos —dijo él—, si no recibes una respuesta mía por radio, no te preocupes.

Bertrand y Muscarello caminaron por el campo inclinado mientras el primero alumbraba los árboles a la distancia con su linterna. A unos 100 metros del camino había un corral donde se guardaban caballos de la finca de Carl Dining. Cuando llegaron a la cerca sin haber visto nada todavía, Bertrand trató de tranquilizar al muchacho explicándole que posiblemente había visto un helicóptero. Sin embargo, Muscarello insistía que se hallaba familiarizado con todos los tipos de naves aéreas que hay. Súbitamente los caballos en el corral de Dining comenzaron a patear y a relinchar. Los perros en las casas cercanas empezaron a aullar. Muscarello lanzó un grito.

—Lo estoy viendo ahora —exclamó.

Objeto redondo y brillante

Bertrand miró hacia los árboles. Se estaba alzando lentamente por detrás de dos altos pinos: un objeto redondo y brillante que no emitía ningún ruido. Se aproximó a ellos como si fuera una hoja llevada por el viento. Toda el área se iluminó con una luz roja. Los lados blancos de la casa de Carl Dining parecían teñidos de pintura roja. La casa de los Russell, a una distancia de 100 metros, había adquirido el mismo color.
Bertrand echó mano a su pistola, pero la volvió a meter en su funda. Muscarello quedó inmóvil. Bertrand, temeroso de radiaciones o de rayos infrarrojos, cogió al muchacho del brazo y se lo llevó al coche. En la estación de policía de Exeter, el oficial Toland por poco salta de su asiento cuando recibió la llamada por radio de Bertrand.

—Dios mío, si lo estoy viendo yo mismo —le dijo este.
Bertrand y Muscarello vieron el objeto revolotear a unos 30 metros por encima de ellos, aunque a cierta distancia. Se estaba meciendo de un lado a otro, en el más absoluto silencio. Las luces rojas de destello parecían atenuarse de izquierda a derecha, y luego de derecha a izquierda. Era difícil ver la forma que tenía debido a la intensidad de esas luces.

—Era como tratar de describir un auto que se le aproxima a uno por delante con los faros delanteros encendidos —dice Bertrand.
Permaneció suspendido en el aire durante unos cuantos minutos. Luego, de manera lenta, comenzó a apartarse hacia el este, en dirección de Hampton. Su movimiento era errático. "Como el de un dardo", declaró Bertrand. En ese momento llegó el agente David Hunt en su coche de patrullaje No. 20. Había escuchado las conversaciones por radio entre Bertrand y Toland.

—Vi ese movimiento ondulante —dice Hunt—. Iba de izquierda a derecha, entre las copas de dos grandes árboles. Podía ver esas luces pulsativas en el establo. Los perros estaban aullando fuertemente. Luego comenzó a moverse lentamente por encima de los árboles. Se estaba meciendo. Los aviones no hacen eso. Después de desaparecer en dirección del mar, esperamos por cierto tiempo. Apareció un B-47 de la Base Pease de la Fuerza Aérea en Portsmouth. Podía uno notar la diferencia entre los dos.

Escribí mil palabras sobre la experiencia de Muscarello para mi columna en la revista Saturday Review. Me cayó encima una verdadera lluvia de cartas escritas por personas inteligentes, muchas de las cuales decían haber visto cosas semejantes. Decidí viajar a Exeter para averiguar más acerca de este incidente.

Llegué al Hotel Exeter Inn el 20 de octubre con dos grabadoras de cinta y una cámara Polaroid. Muscarello se hallaba cumpliendo el servicio en la Estación Naval de Great Lakes, pero hablé con su madre, quien también había visto un objeto semejante, así como con dos policías y con casi 60 otras personas que insistían haber visto cuerpos extraños en el firmamento.
Ninguno que escuche las horas enteras de entrevistas que grabé podrá dudar de la veracidad de las personas cuyas palabras recogí. Varios individuos que vieron objetos semejantes a poca altura sufrieron graves crisis nerviosas. Describieron los incidentes con tal convicción y naturalidad que era imposible que mintieran.

Una de las primeras cosas que noté era que casi todos decían que habían visto objetos extraños por encima o cerca de los cables eléctricos, por lo que decidí realizar investigaciones en torno a esto.
Una de las primeras personas que mencionó esto fue la Sra. Lillian Pearce, quien vio un platillo volador por primera vez en julio, y luego varios más, incluyendo uno la noche antes de hablar yo con ella. Se ofreció a enseñarme dónde los había visto. El primer lugar se hallaba a 3 o 4 kilómetros al oeste de Hampton, en las faldas de una colina bastante larga, donde los cables eléctricos atraviesan la carretera 101-C, extendiéndose por los bosques a cada lado del camino.

Lo han visto a menudo

—A menudo los hemos visto aparecer a lo largo de estos cables —dijo la señora Pearce—. Y aquí mismo, cerca de los postes, una de esas extrañas naves bajó para volar sobre mi auto, a un metro y medio del suelo. Podía uno notar las luces anaranjadas, rojas y blancas que llevaba.

Esperamos varios minutos, pero nada sucedió. Me interesó, sin embargo, notar que el extraño objeto había aparecido cerca de los cables eléctricos. Muchos de los informes mencionaban al merendero conocido como "Bessie's Lunch", cerca de Fremont, 24 kilómetros al oeste de Exeter. Se hallaba próximo al lugar donde los cables eléctricos cruzan la Carretera 107. Oí hablar de ese restaurante a un señor llamado Heselton, dueño de un garaje, quien me contó antes de un amigo suyo cuya sierra motriz dejó de funcionar cuando un platillo volador pasó por encima de su casa.

—¿Y qué opina usted de esas apariciones cerca de "Bessie's Lunch"? —le pregunté.
—Pues bien, como le dije, hay allí una línea de fuerza a unos cuantos cientos de metros de distancia. Algunas noches puede haber hasta 50 autos allí. Solo hace unas cuantas noches otras personas lo vieron a lo largo de otro tramo de la línea de fuerza. Dicen que puede uno verlo por unos cuantos segundos y que luego desaparece. Alguien que conozco permaneció allí semanas enteras junto a los cables eléctricos, solo para verlo por un instante.

Me hallaba ansioso de averiguar algo de esto directamente de los dueños del merendero "Bessie's Lunch". El señor Heselton me advirtió que para encontrar dicho merendero no debía ir más allá de los cables eléctricos.

Visita al merendero

Descubrí el "Bessie's Lunch" en un lugar despejado en medio del bosque, no lejos de la aldea. Sus clientes eran camioneros, turistas y residentes locales. Un hombre alto tras el mostrador resultó ser el señor Healy, el marido de Bessie. El señor Healy se mostró amable, pero parco en el hablar. Le pedí una taza de café y le confesé que andaba en busca de informes sobre platillos voladores y que posiblemente él podría ayudarme.

—Conocí aquí a una pareja —dijo el Sr. Healy— que vieron uno muy de cerca, junto a los cables eléctricos que pasan por aquí. Todos dan la misma descripción, y eso es lo que más me extraña. También conocí aquí a otro hombre que estaba manejando su coche por la carretera cuando de pronto vio aparecer esa cosa encima de los árboles. Su esposa también lo vio. Cerca de los cables eléctricos.

Se interrumpió nuestra conversación cuando Bessie, una sencilla mujer de honesta apariencia, entró en el restaurante.

—El primero que vi —dijo Bessie— bajó directamente detrás de los árboles. Era de color blanco, pero se volvió rojo oscuro. Antes de eso parecía tener un color verduzco. Había un avión tratando de volar alrededor de él. Lo vi dos noches seguidas. El martes pasado apareció muy de cerca. Se apartó de los cables eléctricos. Siempre parece hacer lo mismo: revolotear sobre esos cables eléctricos.

Otro cliente a corta distancia habló también; se llamaba Jim Burleigh. Mencionó que unas cuantas noches atrás lo llamó por teléfono su hermana pidiéndole que acudiera a su casa de inmediato. Vivía ella, dijo él, justamente al pie de las líneas eléctricas.

—Había un faro allí —declaró él— y el objeto se hallaba a una altura mayor que la del faro, moviéndose a una velocidad bastante grande. Justamente a lo largo de los cables eléctricos.
—¿Está usted seguro de que no era un avión?
—Por supuesto —me contestó él—. No era un avión. No producía ningún ruido, y ningún avión puede moverse a una velocidad tan lenta para acelerar tanto de manera tan repentina. Un helicóptero lo podría hacer, pero produciría una gran cantidad de ruido. Esta cosa de que le hablo se movía y luego se detenía.
Burleigh terminó de tomar su café y se comprometió a llevarme a casa de su hermana. Era una casa pequeña, a una distancia no mayor de 15 metros de los postes que sostenían los cables de alta tensión. Estos cables, que forman parte de la ahora famosa Estación del Noreste, permiten a las compañías eléctricas intercambiar fuerza cuando las demandas requieren "pedirla prestada" de otras comunidades.

Cuando se erigen, se desmonta una amplia faja de terreno a los lados de los cables para evitar que estos se enreden con las ramas de los árboles. Esto crea anchas avenidas despejadas que se extienden a través de la campiña. Examiné los cables eléctricos. La faja de terreno desmontado ha debido medir más de 30 metros de ancho. Podía uno ver los cables extenderse por varios kilómetros en ambas direcciones. En lo alto había suspendidos de 10 a 12 cables gruesos.

La hermana de Burleigh, la Sra. Jerline Jalbert, viuda, tenía cuatro hijos: Joseph, de 16 años; Jerle, de 14; Kent, de 12; y un pequeñuelo de 4 años. A menudo la familia entera se reunía para observar el área alrededor de los cables eléctricos al ponerse el sol. La Sra. Jalbert me dijo lo que había visto la semana anterior.

—Tenía una forma muy extraña —dijo ella—. Muy difícil de describir. Vimos esta cosa brillante de color rojo en el cielo. Estaba muy cerca, porque se podía ver algo que colgaba de ella. No sé qué era.
—¿Puede usted describir su forma de manera más clara?
—Pues era grande y redonda. Como una luz que resplandecía.
La observaron por media hora
—¿Durante cuánto tiempo pudieron verla?
—Pues por media hora —contestó la Sra. Jalbert—. Y eso fue en una sola ocasión. La vemos con frecuencia por aquí. Siempre parece estar cerca de los cables eléctricos.
Luego habló Joseph:
—¿No te acuerdas, mamá, de hace tres o cuatro semanas? Kent y yo estábamos junto a los cables. Había siete u ocho personas allí con nosotros observando el cielo también. Apareció como a un cuarto para las once de la noche. Llegó desde muy lejos, por ese extremo de la línea de fuerza; se estaba moviendo a lo largo de los árboles. Hay allí un gran roble muerto. Cuando llegó a ese árbol, subió y lo pasó sin ningún ruido, solo una luz roja y dos luces blancas. No lo vimos más, pero Jerle, que estaba en la casa, lo vio por la ventana de atrás, y también vio una cosa azul saliendo de él.
Jim Burleigh intervino en la conversación:

—Preguntó usted a qué velocidad se mueve. Pues me hallaba en casa de mi suegra a unos cinco kilómetros de aquí, cuando me llamó mi hermana para decirme que habían visto esa cosa por encima de la línea de fuerza. No tuve tiempo de acudir a su casa, pero se estaba moviendo de manera tan lenta que pudieron verlo durante media hora.
Joseph alzó la mano como si estuviera en la escuela:

—Tengo una teoría sobre esto —dijo él—. Creo que se mueve sobre esos cables para volver a cargar sus acumuladores. Para tomar electricidad de los alambres.
—Pues es una teoría interesante —le dije yo.

Esa misma noche acudí a la casa del jefe de policía de Fremont para conversar con él. Estaba reunida allí toda la familia.
Suficiente para darle escalofríos
Meredith Bolduc, la nuera de 22 años de edad del jefe de policía, fue la primera en proporcionarme información.

—Créame usted —me dijo ella—. La experiencia que tuve fue suficiente para darle escalofríos a cualquiera. Vi esa cosa moviéndose por los cables eléctricos, en dirección al camino, sin detenerse. Ya no me atrevo a manejar sola de noche.
La Sra. Bolduc la interrumpió para decir lo siguiente:

—Uno de mis hijos me dijo que se posó sobre esta casa cierta noche.
—Es verdad —me dijo Meredith—, la noche que apagó la luz.
El jefe de policía Bolduc se puso muy serio:

—Tenemos una de esas luces automáticas en el establo. Tiene una celda fotoeléctrica. Se apaga cuando sale el sol. Mi mujer vio todo el dormitorio iluminarse con esa luz roja brillante. Poco después se apagó la luz en el establo, pero se volvió a prender cuando se fue el objeto.

—Le voy a decir lo siguiente —dijo el jefe desde su butaca—, eso tiene que ser algo muy especial.

A la mañana siguiente visité a la señora Gazda, la madre de Norman Muscarello.
—Cuando todo comenzó —me dijo ella— le dije a mi hijo que no le creía. Llegó a la casa como a las cuatro de la mañana. 

Me era difícil creer lo que me decía, pero cuando me contaron los dos policías la misma cosa, sabía que los tres no podían estar tomándome el pelo. Acostumbraba ir a ese mismo lugar con Norman y algunos amigos. Al principio no tuvimos suerte, pero dos de mis amigas estaban saliendo del Hospital Exeter cierta noche, y lo vieron justamente encima del hospital. Alguien llamó a la policía para decir que estaba interfiriendo con la electricidad del hospital. Cierta noche salí con estas amigas a la Carretera 88. No pasaron más de diez minutos cuando lo vimos salir por detrás de unos árboles, como si hubiera estado estacionado para luego subir. Tenía luces abajo de color rojo. Era muy brillante y muy bonito. Desde entonces lo he visto encima de mi propia casa.La Sra. Gazda se levantó para servirme otra taza de café.

—¿No le ha mencionado nadie que estas cosas parecen moverse siempre a lo largo de los cables eléctricos?

Le dije que eso era lo que estaba averiguando. Pasé varios días de la semana siguiente en Beaver County, Pennsylvania, al norte de Pittsburgh, hablando con el joven James Lucci, de 17 años de edad, quien había tomado una interesante fotografía de un platillo volador. Le pedí a James que me indicara el lugar exacto donde se hallaba el objeto cuando lo fotografió. Apuntó hacia la colina. Alcé la vista, siguiendo su dedo, y contuve la respiración. Inmediatamente por debajo de esa porción del cielo que señalaba él había cables eléctricos montados en un poste.
Regresé a New Hampshire el domingo 31 de octubre. El lunes al mediodía acudí a la planta de fuerza de Exeter, donde hablé con dos ingenieros de la Compañía Eléctrica de Exeter y Hampton. Habían oído muchos relatos sobre platillos voladores, pero no sabían que tantas personas alegaban haberlos visto cerca de las líneas de fuerza.

 Dijeron que los cables de alto voltaje crean un campo electromagnético, y que si un objeto de cualquier clase muestra alguna afinidad hacia los campos electromagnéticos, sería atraído por los cables.

Otro objeto luminoso de color rojo
El martes volví a hablar con el agente Bertrand. Me habló de cierta llamada que había recibido la policía de una mujer apellidada Sloane. Dijo haber visto un objeto brillante de color rojo iluminando su casa y el campo en derredor. Pero cuando llegó la policía ya había desaparecido el objeto. Notaron, sin embargo, que la casa de la señora Sloane se encontraba al lado de unos cables eléctricos de alta tensión. La cosa había estado revoloteando justamente encima de los cables. Decidí visitar a la Sra. Sloane. Los cables de transmisión no se hallaban a más de 15 metros de la casa.

En el camino noté que había un alambre suelto en mi grabadora de cinta, por lo que acudí a la Downer Appliance Company, donde Phillip McKnight se encargó de reparar la avería. Me dijo que la Sra. Parker Blodgett, de Shaw Hill, había visto un platillo volador de gran brillantez cerca de su casa. Hablé con la Sra. Blodgett, presidenta de la Asociación de Padres y Maestros de New Hampshire, en su atractiva residencia.

—Me estaba preparando para acostarme —me dijo ella— entre la 1:30 y las 2:00 de la mañana. Apagué las luces y súbitamente vi una bola de luz muy brillante encima de los árboles, como a una distancia de 100 metros.
—¿Hay acaso cables de alta tensión cerca de aquí? —le pregunté.
—¿Qué son, exactamente? —replicó ella.
—Pues son los postes o torres que sostienen cables eléctricos. No los postes comunes a lo largo de los caminos. Usualmente se instalan en el campo, a lo largo de un tramo despejado.
—Ahora que lo menciona usted —dijo ella—, creo que sí los hay. Muy cerca de esta carretera.

Salí y eché un vistazo a los alrededores. Como a unos 400 metros vi esos familiares postes con sus gruesos cables.

Cables de alta tensión

Desde Shaw Hill solo hay que manejar por una corta distancia para llegar al lugar en que Muscarello, Bertrand y Hunt observaron el objeto suspendido sobre ellos. Caminé por el campo y bajé por la pendiente, tal como lo hicieron Bertrand y Muscarello. Me quedé boquiabierto al ver lo que estaba buscando: una larga línea de postes con cables de transmisión.

El lunes siguiente, 8 de noviembre, regresé y volví a entrevistar a algunas de las personas con quienes había hablado anteriormente. Joseph Jalbert y su madre me dijeron que habían visto otro objeto extraño desde la última vez que hablaron conmigo. Joseph había notado un objeto rojizo con forma de cigarro en el cielo, por encima de los cables de fuerza. Permaneció suspendido allí durante varios minutos. Finalmente salió de él un disco de color rojo-anaranjado que comenzó a bajar lentamente hacia los cables eléctricos. Cuando el disco se hallaba a unos 400 metros de los cables, se niveló, luego se movió por encima de ellos, hasta llegar a un punto a varios cientos de metros de distancia.

A continuación bajó lentamente hasta quedar apenas a unos cuantos metros por encima de los cables. Luego descendió de la base del disco un objeto plateado con forma de tubo que hizo contacto con los cables, permaneciendo allí por un minuto, más o menos. El tubo luego se retrajo lentamente en el cuerpo del objeto, echándose este a volar a toda velocidad para llegar hasta el objeto con forma de cigarro y desaparecer en su interior.

La noche del martes, 9 de noviembre, era fría y clara, con una luna brillante en el firmamento. Cuando estaba saliendo de mi habitación, como a las cinco y media, noté que las luces titilaron y bajaron de intensidad durante unos cuantos segundos, para luego brillar normalmente de nuevo. La camarera que me trajo el menú me saludó con una sonrisa. Me había dado nombres de personas que habían visto platillos voladores, y se hallaba interesada en mi investigación.

—Supongo que todo esto es culpa suya —me dijo.
—¿De qué cosa me habla usted? —le contesté.
—¿Es que no lo sabe todavía? —me dijo.
—Pues dígame de qué se trata.
—Del apagón. Del corte de electricidad. Todo el Este se halla a oscuras.
—Me está tomando el pelo —le dije.
Las luces en Hampton estaban brillando con toda normalidad. Recordé, sin embargo, que titilaron cuando salí de mi cuarto.
—Acaban de dar la noticia por radio —dijo ella—. Nueva York, Albany, Boston, Providence y todo Massachusetts están totalmente a oscuras. No es ninguna broma mía, créame usted.Me levanté y regresé a mi habitación para conectar el televisor.

Palabras mencionadas 73 veces

Me sorprendió ver al personal de la estación televisora de la NBC transmitiendo a la luz de velas. El comentarista estaba confirmando lo que me había dicho la camarera. Lo primero que cruzó por mi mente fue la serie de informes sobre objetos extraños cerca de los cables eléctricos. Comencé a leer las 203 páginas de transcripciones de las cintas que había grabado. Las palabras "líneas de fuerza" o "líneas de transmisión" se mencionaban 73 veces.
Me senté ante el televisor sin quitar la vista de él. Los comentaristas estaban tan confundidos como todo el resto del público. Nadie parecía tener una idea de lo que había causado esto. Verificamos que el área de Portsmouth-Exeter era una de las pocas del Noreste en que no hubo apagón.

La relación entre los platillos voladores y las fallas de electricidad es enteramente circunstancial, claro está. Tanto los platillos voladores como ese gran apagón siguen siendo un misterio. Pero resulta aún más extraño el hecho de que la ciencia no haya podido dar una explicación correcta para ambos fenómenos. Y también desconcierta la actitud de la gran mayoría de los científicos, quienes se siguen burlando de un fenómeno que han presenciado cientos de técnicos, otros científicos, pilotos de aviones, militares, policías locales y estatales, así como ciudadanos honorables de cuya palabra no puede uno dudar.


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