En el variopinto zoológico de la desclasificación ovni hay de todo: militares solemnes, ex agentes de inteligencia con voz grave, denunciantes mesiánicos, “contactados” que parecen redactados por Netflix y hasta expertos que prometen revelaciones “inminentes” desde hace treinta años. Pero dentro de esa fauna hay un personaje particularmente singular: Eric Davis.
Y no porque grite más fuerte que los demás. Todo lo contrario. Davis suele hablar con la calma burocrática de alguien que comenta el clima o discute una tesis universitaria. Quizás por eso sus declaraciones recientes resultan tan extrañas… y tan fascinantes.
Según comentó en recientes intercambios y entrevistas difundidos ampliamente en la comunidad ufológica, el gobierno estadounidense poseería cerca de cuarenta objetos de origen no humano o extraterrestre, muchos de ellos relativamente intactos.
Hasta aquí, nada demasiado novedoso para quien siga el tema desde hace años. Lo verdaderamente interesante viene después.
La confesión
A diferencia de otros informantes que insisten en presentarnos una imagen casi omnipotente de los programas secretos —como si existiera una “Star Trek” clandestina operando bajo Nevada— Davis introduce una idea mucho más realista y, paradójicamente, mucho más inquietante:
La ingeniería inversa habría sido, en líneas generales, un fracaso.
Es decir: sí, tendrían objetos. Sí, los estudiarían desde hace décadas. Pero no entenderían casi nada.
Y aquí aparece el detalle más extraordinario de todos.
En uno de los relatos mencionados por Davis, técnicos que trabajaban sobre uno de estos artefactos comenzaron poco menos que a “manosear controles”, tocar botones y experimentar a ciegas… hasta que el aparato empezó a flotar.
Sí, literalmente.
Una escena que parece salida de una mezcla imposible entre 2001: Odisea del Espacio y un taller mecánico improvisado.
Lo maravilloso es que Davis lo cuenta con una naturalidad desarmante. Como quien recuerda que un técnico golpeó una vieja televisión y milagrosamente volvió la imagen.
Y según el relato, ahí quedó la nave: suspendida.
Uno imagina a un grupo de físicos con doctorados, ingenieros aeroespaciales y contratistas militares observando el objeto flotando en silencio absoluto mientras alguien murmura:
—Bueno… genial. Ahora mejor no toquemos nada más.
Y sin embargo… tiene sentido
Lo curioso es que, pese a lo absurdo de la escena, lo que dice Davis es perfectamente coherente.
Porque existe una tendencia muy humana a sobreestimar nuestras capacidades tecnológicas. Solemos imaginar que, si algo cae en nuestras manos, eventualmente podremos comprenderlo.
Pero ¿realmente es así?
Hagamos un experimento mental modesto.
Supongamos que un monje europeo del Renacimiento encuentra accidentalmente un teléfono móvil moderno. No uno roto: uno funcionando.
Desconcertado, convoca a las mayores mentes de su época:
Nicolaus Copernicus, Galileo Galilei, Isaac Newton, Leonardo da Vinci.
Todos ellos examinan el misterioso objeto.
Descubren que emite luz. Que responde al tacto. Que reproduce sonidos. Que parece contener imágenes vivas. Quizás incluso logren inferir que se trata de un dispositivo de comunicación extraordinariamente avanzado.
Pero ahí termina el asunto.
No podrían fabricar microchips. No comprenderían las redes digitales. No tendrían litografía ultravioleta, semiconductores, baterías de ion-litio, satélites, software, transistores ni infraestructura eléctrica global.
A lo sumo, con siglos de esfuerzo acumulativo, podrían intentar reproducir alguna función periférica. Tal vez idear un sistema eléctrico rudimentario para mantenerlo encendido un tiempo.
Pero pasarían aproximadamente quinientos años antes de alcanzar algo remotamente parecido.
Y estamos hablando apenas de una diferencia de cinco siglos.
Ahora imaginemos un objeto diseñado por una civilización que nos aventaja no quinientos años, sino cinco mil.
O cincuenta mil.
De pronto, la escena de los científicos tocando botones “a ver qué pasa” deja de parecer ridícula.
Empieza a parecer inevitable.
El científico incómodo
Eso es precisamente lo que vuelve tan interesantes las declaraciones de Davis.
Porque no vende omnipotencia.
No describe laboratorios secretos capaces de fabricar platillos voladores en serie.
Describe algo mucho más plausible: monos con doctorado intentando comprender tecnología imposible.
Y aquí conviene recordar quién es Davis.
Eric Davis no es un youtuber de madrugada ni un influencer paranormal. Es un físico teórico que trabajó junto a Harold Puthoff y estuvo vinculado a programas relacionados con fenómenos aeroespaciales avanzados y estudios financiados por organismos gubernamentales estadounidenses.
Participó además en iniciativas asociadas al polémico programa AATIP y durante años orbitó el pequeño pero influyente círculo de científicos y contratistas que aparecen recurrentemente alrededor del fenómeno UAP.
Precisamente por eso resulta tan llamativo el tono casi humorístico de algunas de sus descripciones.
No parece un hombre intentando construir una religión.
Parece alguien resignado a aceptar que el problema es muchísimo más grande de lo que el público imagina.
Entonces… ¿por qué hablar ahora?
Esa es la verdadera pregunta.
¿Por qué un científico acostumbrado al bajo perfil deslizaría este tipo de comentarios?
Las posibilidades son varias.
Tal vez se trate de una forma gradual de preparar al público para una admisión futura más explícita.
Tal vez ciertos sectores del establishment quieran instalar la idea de que, aunque existan estos objetos, Estados Unidos no controla realmente la situación.
O quizás —y esta opción es particularmente interesante— algunos investigadores estén intentando combatir una fantasía muy popular dentro de la ufología moderna: la idea de que ya existiría una civilización tecnológica secreta operando detrás de escena. Davis parece sugerir exactamente lo contrario.Que quizás tengan las reliquias. Pero no las llaves.
Conclusión
Y quizás ahí reside el verdadero núcleo del problema.
A todos nos gustaría que la realidad se pareciera a Encuentros cercanos del tercer tipo de Steven Spielberg: científicos emocionados, música celestial, comunicación entre mundos y un optimismo casi infantil respecto al lugar de la humanidad en el cosmos.
La idea reconfortante de que, tarde o temprano, el contacto culminará en un abrazo fraternal entre civilizaciones.
Pero tal vez la realidad se parezca más a El día de la independencia, cuando el presidente descubre finalmente la nave de Roswell y estalla de furia al enterarse de que, después de cincuenta años de estudios secretos, los mejores científicos del planeta apenas lograron mantenerla guardada bajo una lona sin comprender cómo funciona.
