La evidencia sugiere que la existencia de sociedades tecnológicas divergentes es imposible, pero a los infiltrados no parece importarles
Asalto a la lógica
“Un banco en Blackpool fue asaltado, a plena luz del día, el sábado, en circunstancias misteriosas”, informa el London Daily Telegraph del 7 de agosto de 1926. En la sucursal del Banco Midland, ante la mirada de veinticinco clientes y el portero, una gran bolsa con 800 libras se desvaneció del mostrador. Horas después, la bolsa apareció en una calle cercana. Como la policía no pudo abrir la cerradura, debieron llamar a un funcionario del banco, que abrió la bolsa y la encontró completamente vacía.
Charles Fort, que comenta la noticia en su obra de 1932 Wild Talents, sospechaba que alguien había descubierto “el secreto de la teletransportación” y la estaba poniendo a prueba con fines criminales. El optimismo de Fort es comprensible. En 1926 John Baird realizaba la primera transmisión oficial de televisión en el Reino Unido; era una época de inventos asombrosos y todo parecía posible.
Un siglo después hemos logrado teleportar información cuántica, pero el desplazamiento instantáneo de materia macroscópica sigue siendo un sueño lejano. Supone dificultades imposibles de salvar con la tecnología actual. Aun así, treinta años después del robo de Blackpool, alguien utilizaba una técnica igualmente imposible para exactamente el mismo fin: teletransportar dinero.
Una ayudita para los amigos
Un contingente autodenominado W56 llegó a la Tierra en 1956 y se puso en contacto con un grupo de amigos que buscaba un tesoro en la zona de Pescara, Italia. Así comenzó una relación que se conoció como Amicizia (“amistad”), mantenida en secreto durante más de veinte años.
Los visitantes —hombres y mujeres indistinguibles de nosotros, salvo por un gigante de tres metros— vivían en grandes bases subterráneas a lo largo de la costa adriática. La colaboración incluía logística, provisión de materiales, intercambio de información y entrenamiento de pilotos humanos en naves de factura no humana. Al menos una mujer terrestre se casó con uno de ellos y se fue a vivir con su grupo.
Los Amici (amigos) utilizaban la teleportación para enviar a sus bases las provisiones reunidas por sus colaboradores terrestres: toneladas de frutas y minerales desaparecían de camiones cargados junto al mar. También recuperaban dinero “extraviado” para aliviar gastos de sus aliados humanos.
Los Amici advertían que estaban inmersos en una guerra fría contra los CTR (“Contrarios”), descritos como una inteligencia hostil. Finalmente, los Amici fueron derrotados en un enfrentamiento submarino y abandonaron la Tierra —aunque algunos testigos cuestionan si la retirada fue total. Timothy Good recoge el testimonio de uno de los involucrados, un empresario del sector de telecomunicaciones de Córdoba, Argentina, quien declara que la colaboración era voluntaria y él se apartó porque “no se puede tener una vida normal y al mismo tiempo andar encontrándose con extraterrestres”. Asimismo pone en duda que los Amici hayan abandonado definitivamente nuestro planeta. Esta historia puede sonar demasiado fantástica para ser auténtica, pero lo cierto es que Stefano Breccia, en Contattismi di massa, recopila los testimonios de alrededor de doscientos testigos.
Alienígenas en apuros financieros
Si bien los extraterrestres de Amicizia muestran hábitos curiosamente humanos —beben whisky, fuman, bromean—, su relación con el mundo financiero no es menos sorprendente. Fabricaban diamantes, por ejemplo, con los que pretendían financiar a sus colaboradores, pero eran tan perfectos que resultaban imposibles de introducir en el mercado sin levantar sospechas.
Lo llamativo aquí no es que fueran capaces de producir diamantes, sino su aparente incapacidad para simular imperfecciones. Cabe preguntarse si su objetivo era realmente venderlos o estudiar el comportamiento del mercado humano.
La mención de una máquina capaz de “recoger todo el dinero perdido de Europa” remite inevitablemente al episodio de Blackpool. Si tal “aspiradora” existe, es inevitable preguntarse quién y cómo fija los límites éticos de su uso. El costo de la clandestinidad ha de ser alto, y posiblemente mayor que sus beneficios. Esta dependencia de estructuras económicas humanas vuelve a estas inteligencias inquietantemente familiares.
El embajador de otro mundo
El caso italiano no es el único donde múltiples testigos interactúan con algo aparentemente humano, pero dotado de tecnología imposible. En 1969 (o alrededor de 1972 según algunas versiones), un individuo que se presentó como Banyú, comandante de una flota de ovnis, ingresó a la embajada de Ecuador en Lima mientras un disco plateado flotaba sobre el edificio.
Sin que nadie se lo solicitara, entregó información militar sensible: una foto aérea cartografiada del armamento adquirido por Perú a Checoslovaquia y una “carta de guerra” estratégica, en el contexto de una disputa limítrofe que escalaba peligrosamente. Según el ufólogo Jaime Rodríguez y el ex agregado militar Alberto Ávila Machuca, estos documentos se conservan en el Ministerio de Defensa de Ecuador, aunque permanecen inaccesibles.
Banyú mostró además el uso de un dispositivo, al que llamaba “pizarra de tiempo”, capaz de proyectar acontecimientos futuros, entre ellos terremotos y eventos políticos que ocurrieron tal como habían sido anticipados. No queda claro si pronosticó el devastador terremoto de Áncash de 1970, que causó decenas de miles de muertes.
Resulta ingenuo suponer que Banyú visitara durante meses una embajada sólo para impresionar al personal. Cuando alguien se presenta en una sede diplomática demostrando control del espacio aéreo, acceso a información estratégica y conocimiento anticipado de catástrofes, es legítimo preguntarse a qué viene. Supuestamente quería ayudar —y quizás lo hizo, al exponer la ventaja peruana—. Según se cuenta, visitó también las embajadas de Chile y Guatemala. Si fue una gira internacional, comparar visitas podría revelar más sobre sus intenciones. La historia secreta de la diplomacia humana podría ser una auténtica caja de Pandora.
En una ocasión, los diplomáticos decidieron seguir a Banyú. A pocas cuadras de la embajada, se desvaneció sin dejar rastro. Una vez más, la teleportación —algo imposible, y sin embargo sucede— reaparece como solución operativa.
Los dioses piden agua
La interacción a veces involucra a toda una comunidad y no requiere estructuras institucionales. El antropólogo Eirik Saethre convivió dos años con los Warlpiri en Australia central y documentó creencias sobre entidades que no se presentan como conquistadores ni benefactores, pero establecen una relación de convivencia que los nativos interpretan como un pacto necesario. Ofrecen “protección” —o la promesa de no atacar— a cambio del acceso a un recurso elemental: agua de lluvia recolectada en estanques, que periódicamente “vacían”.
El trato parece absurdo para entidades poderosas que podrían obtener agua de cualquier otro lugar; pero tiene sentido como demarcación territorial, dentro de un sistema de control mayor. Incluso la insistencia de los Warlpiri en acompañar al antropólogo “por su seguridad” puede leerse como supervisión: quien controla el acceso controla el relato.
Sin el andamiaje retórico de la desclasificación occidental (seguridad nacional, choque ontológico), los nativos no necesitan que nadie les “confirme” una presencia con la que conviven. Los dioses que en el pasado entregaron el fuego aquí mendigan agua, lejos de la civilización, como si quisieran ocultar su decadencia.
Conclusión
Lo que une estos casos es un patrón persistente: contacto limitado, asimetría tecnológica, ambigüedad social y una dependencia inesperada de recursos humanos. En un siglo desde Blackpool al presente, una tecnología que nos aventaja se ha hecho visible a través de personajes que parecen humanos —demasiado humanos—, lo cual encaja en la idea de una civilización divergente, desarrollada en paralelo, con trayectorias tecnológicas y culturales propias. Autores como Graham Hancock, Robert Schoch, Richard Dolan y Mac Tonnies, cada cual desde su perspectiva, han sugerido posibilidades similares.
La objeción de la ciencia —la imposibilidad de civilizaciones tecnológicas antiguas que no dejan rastros— es razonable. La aparición del homo sapiens hace unos trescientos mil años casi al mismo tiempo que las primeras manifestaciones culturales, si bien precarias y esporádicas, dejan muy poco margen para especulaciones. Al mismo tiempo, la explicación de por qué tuvo que transcurrir tanto tiempo para el arranque de la civilización, que en menos de diez mil años nos llevó de la edad de Piedra a la era espacial, no es en absoluto convincente.
El caso Amicizia podría ofrecer una explicación alternativa, leído como una maqueta histórica, a escala reducida, de algo que en un pasado remoto no duró veinte años sino casi trescientos mil: la convivencia prolongada del homo sapiens con una civilización tecnológicamente superior. Los actores son, en esencia, los mismos. La diferencia crucial es que, a diferencia de la relación relativamente cordial documentada en Amicizia, aquella civilización antigua habría cubierto las necesidades básicas del sapiens al mismo tiempo que lo mantenía en una condición de servidumbre funcional. En ese marco, no había incentivo para desarrollar tecnología propia, organización compleja ni memoria histórica autónoma. La civilización humana emerge recién cuando ese vínculo se rompe: los “dioses” huyen o se retiran —forzados por una rebelión, un colapso o una catástrofe— y el sapiens queda súbitamente solo. Privado de tutela, debe arreglárselas por su cuenta, y ese abandono forzado marca el verdadero inicio de la civilización. Esta hipótesis, por extrema que parezca, encuentra un eco sorprendente en antiguos mitos babilónicos y ofrece una explicación coherente para el larguísimo período de aparente inactividad cultural previo al arranque abrupto de la historia humana.
¿Son aquellos dioses esclavizadores los que, después de un tiempo inconmensurable, ahora regresan? No podemos saberlo, porque ignoramos si hubo más de una civilización divergente. Lo que sí podemos reconocer en ellos es que no sólo su apariencia sino su conducta parece humana, demasiado humana.
Las visitas de estos emisarios furtivos parecen haber decrecido en la década de los ochenta, cuando los sistemas de vigilancia empezaron a expandirse. O bien consiguieron lo que buscaban, o bien aprendieron a ocultarse mejor, pero nada impide pensar que regresen. Si eso ocurre, podemos recordar lo que estos casos nos enseñan: que la convivencia pacífica con una cultura divergente es posible, y que esa convivencia no garantiza ningún progreso real.
Si alguna vez regresan —y el patrón sigue siendo el mismo—, el contacto volverá a ocurrir discretamente, y sólo llegará a ser conocido cuando alguien decida romper el silencio. Por más que los visitantes dejen huellas —fotos, videos, grabaciones de audio y muestras de escritura en Amicizia; cartografía bélica en la embajada—, esas huellas nunca conducen a sus autores. Lo único que queda, finalmente, es el relato de los testigos, que transmitirán aquello que los visitantes tenían para decir.
Quizá lo verdaderamente relevante no sea lo que vengan a decir, sino lo que su regreso diga de ellos.
Bibliografía y fuentes
Breccia, Stefano. Contattismi di massa (Mass Contacts). 2007 (edición italiana); 2009 (edición en inglés, AuthorHouse).
Breccia, Stefano. 50 Years of Amicizia (Friendship). 2013.
Fort, Charles. Wild Talents. 1932. (Edición hipertexto con extracto del caso Blackpool:
Good, Timothy. Earth: An Alien Enterprise. 2013.
Rodríguez, Jaime. “El caso del embajador extraterrestre” (Comandante Banjhú / Vanjhú / Banyú en la embajada de Ecuador). Espacio Misterio.
Saethre, Eirik. “Close Encounters: UFO Beliefs in a Remote Australian Aboriginal Community”. Journal of the Royal Anthropological Institute, 2007.
Tonnies, Mac. The Cryptoterrestrials: A Meditation on Indigenous Humanoids and the Aliens Among Us. 2010 (Anomalist Books).
Hancock, Graham. Fingerprints of the Gods: The Evidence of Earth's Lost Civilization. 1995 (Crown Publishers). Sitio oficial:
Hancock, Graham. Magicians of the Gods: The Forgotten Wisdom of Earth's Lost Civilization. 2015 (actualizado 2017, Thomas Dunne Books/St. Martin's Griffin).
Schoch, Robert M. Voices of the Rocks: A Scientist Looks at Catastrophes and Ancient Civilizations. 1999 (Harmony Books).
Schoch, Robert M. Forgotten Civilization: The Role of Solar Outbursts in Our Past and Future. 2012 (Inner Traditions).
Schoch, Robert M. y Bauval, Robert. Origins of the Sphinx: Celestial Guardian of Pre-Pharaonic Civilization. 2017 (Inner Traditions). (Incluye actualización de la hipótesis de erosión por agua en la Esfinge).
Sitio oficial de Robert Schoch (con publicaciones y papers sobre la Esfinge):
Videos relacionados
Entrevista relacionada con el caso Banjhú / Vanjhú (Jaime Rodríguez y testimonios):
Otro video sobre el caso o temas similares:
